2 historias cortas de Carlos Aponte Rodríguez

Hoy compartimos con los lectores de SEÑOR BREVE dos historias cortas del escritor venezolano, afincado en Almería, España: “El último amanecer de Sherida” y “Productos del mar”.

Ambas relatos cortos están incluidos en el que es el primer libro de Carlos Aponte: 14 relatos y pico 

Relato corto de Carlos Aponte Rodríguez: El último amanecer de Sherida

Sherida. Hacía más de cuatro mil doscientos años que no había vuelto a conocer a alguien que se llamara así. Igual que las persistentes y corrosivas olas del mar desbastan la aguda roca de la montaña hasta convertirla en arena y playa, el tiempo ha erosionado el recuerdo de los rostros de las incontables amantes que he tenido a lo largo de cuarenta y dos siglos de existencia. Pero los rasgos de Sherida perduran indemnes en mi memoria como un diamante al que el afanoso piélago, en su esfuerzo destructor, solo ha conseguido bruñir y embellecer.

Cuando un amor verdadero es frustrado, la impronta que deja en la memoria permanece indeleble a través de los siglos como la cicatriz de un miembro extirpado, imposible de recuperar. Así, su recuerdo es mucho más potente que el de cualquier romance peregrino llevado a término, más aún cuando se trata de tu primer y único amor.

Mi padre era un comerciante que transportaba oro y piedras preciosas de Tukriš a las principales ciudades del Imperio acadio para trocar por harina, cebada, aceite, telas e incluso animales; y yo, apenas dejé atrás la infancia, empecé a acompañarlo en esos periplos para aprender los secretos del oficio y cómo proteger de asaltantes nuestro valioso cargamento. Sobre todo llevaba lapislázuli a Sefarvaim, donde su gobernador, Gunguzzur, uno de los primos del rey Naram-Sim, quería construir un zigurat de ese mineral en honor al temido Adrammelech.

Como era costumbre, cuando alguien llegaba a una ciudad por primera vez, debía llevar una ofrenda a alguna de las deidades locales para obtener su protección. En mi primer viaje a Sefarvaim, con quince años, elegí rendir honor a Sherida, que tenía un pequeño templo construido dentro del recinto palaciego.

Entré por el oscuro pasillo que conducía al altar, con la cabeza gacha en señal de respeto. Mis ojos, acostumbrados a la intensa luz del exterior, tardaron unos segundos en adaptarse, de manera que estuve a punto de tropezar con el trono en el que se sentaba una sacerdotisa, representante de la diosa entre los mortales. Al ver sus albos pies descalzos me arrodillé y dejé junto a ellos medio [1] con topacios, jade y cornalina. Entonces, llevando un pie a mi mentón, me obligó a levantar la mirada. Vi a una mujer, radiante como el sol que nace, por lo menos cinco años mayor que yo. Vestía una larga túnica plisada de lino que dejaba un pecho al descubierto, sus extremidades estaban adornadas por brazaletes y tobilleras de oro de intrincado repujado floral. El pelo lo tenía recogido en un moño sujeto por un enmarañado tocado de hojas doradas y flores de lapislázuli. Lucía también vistosos pendientes a juego con un gran collar multicolor que le daba varias vueltas a su cuello de antílope. Han pasado más de cuatro milenios, pero la recuerdo como si fuera ayer.

En el momento en que me sonrió, supe que estaba enamorado. Pasé más de una hora hablando con ella. No llegó a decirme cuál era su verdadero nombre, ya que había adoptado el de la divinidad que encarnaba. Me contó que era hija de Gunguzzur, el gobernador de la ciudad y, por lo tanto, sobrina en segundo grado del rey Naram-Sim, a quien había visto solo una vez en su vida, ocupado como estaba en dirigir las campañas de conquista contra los reinos de Magan y Nippur en su afán por expandir el Imperio. También supe que mi amada era la esposa del rabsaces[2] de la ciudad y que al ser ella nadîtû[3] tenía prohibido concebir, labor para la cual su marido contaba con algunas esclavas.

Me dijo que Sherida era la consorte del poderoso Shamah, el gran Sol, y que a este debía su condición de hacedora de amaneceres, pero estaba enamorada en secreto de Adrammelech, de quien quería tener un hijo, y cuya cónyuge era Anammelech, una deidad lunar. Por eso, cuando esta ocultaba su argenteo disco al caer la noche, la diosa de la aurora teñía de sangre y fuego el firmamento, manifestando así sus celos y melancolía.

La sacerdotisa me convenció de que con mi complicidad podíamos ayudar a los dioses a encontrarse. Si yo estaba dispuesto a prestarle mi cuerpo a Adrammelech, en el siguiente interlunio, ocultos a la atenta mirada de sus esposos, los divinos amantes podrían unirse en cópula y engendrar el deseado hijo.

Así, instigado por el influjo de Sherida y ansioso como estaba de yacer con ella, me vi impelido a abrazar el culto al temible Adrammelech, prohibido en toda Acadia, con excepción de la ciudad donde me encontraba.

Para la ceremonia era requerido el sacrificio de un lactante, que mi amada ya había elegido. Se trataba del hijo recién nacido de su esposo y Lyari, su esclava predilecta. Yo debía raptarlo y reunirme con ella en una cueva que se encontraba en las faldas de los montes Zagros, a un día de camino. Me dio indicaciones precisas de cómo llegar al lugar. También me instruyó en detalle sobre la manera en la que debía hacerme con el bebé. Sería fácil, ya que ella se aseguraría de que cuando me presentara en su casa, guardias, concubinas y sirvientes se encontraran profundamente dormidos.

En efecto, no me resultó difícil. Me apersoné en la vivienda del rabsaces al amparo de la oscuridad de la noche. Encontré la puerta abierta como Sherida me había indicado y a sus flancos unos guardias dormidos. Cogí una lámpara de aceite que había encendida sobre una mesa para poder ver por dónde pisaba. Atravesé el patio interior en dirección a las escaleras, ya que en la planta superior se encontraban todas las estancias. Avanzaba acompañado por un danzante conjunto de sombras proyectadas en las paredes. Solo se oían mis pasos, el ronquido de los sirvientes y el movimiento de algunos animales. Localicé la habitación donde dormían las mujeres. Al lado de su madre estaba el niño dentro de una cesta, la cogí por las asas y salí con él.

Estaba a punto de bajar las escaleras cuando mi atención fue desviada hacia un vano en la pared cubierto por ricas telas. Posé la cesta en el suelo y me atreví a cruzarlo. Se trataba de una habitación más grande de lo usual, sencillamente decorada, para lo que entendemos hoy por lujo, pero suntuosa tomando en cuenta las posibilidades de la época. En ella dormía el rabsaces con una mujer desnuda a su lado. Sobre una mesa había un arca que abrí, estaba llena de joyas entre las que pude reconocer los brazaletes de oro que le había visto a Sherida hacía dos días. No tenía intención de regresar a Sefarvaim, por lo que llené unos sacos que llevaba conmigo con todas las alhajas y objetos de valor que encontré en la habitación. Antes de salir di unos pasos hacia la pareja durmiente, la débil luz del candil apenas conseguía dibujar el contorno de sus siluetas, pero estoy casi seguro de que ella me observaba.

Sin perder más tiempo bajé a la planta inferior para dirigirme al establo. En el camino descubrí un cuarto de armas donde me procuré un peto, un casco y un hacha. En caso de que alguien me descubriera, me confundiría con un soldado.

Al pasar por la despensa me aprovisioné de algo de grano, fruta, queso y salazón de pescado. Ya en el establo, llené un odre con leche de cabra y aparejé un onagro para que acarreara mi cargamento durante el viaje.

De este modo, me dispuse a salir de la ciudad. Temía la posibilidad de ser descubierto por los guardias que custodiaban la entrada, pero, para mi sorpresa, los encontré dormidos. No sé si también por industria de los hechizos de mi cómplice o por mi buena fortuna.

Me encontraba a unos treinta aslu[4] de la ciudad cuando la diosa de la aurora agradeció mi diligencia y compromiso regalándome el amanecer más bello que haya visto hasta el día de hoy.

Un rato después el bebé despertó y empezó a llorar, con toda probabilidad, de hambre. Pensé que seguramente ya me estarían buscando y temía que, debido a la exposición que imponía la estepa, su llanto pudiera ser escuchado y nuestra localización descubierta. Para que pudiera beber leche abrí un pequeño agujero en el odre, del que empezó a salir un finísimo hilo blanco. Se lo pegué a la boca y el instinto hizo el resto. Bebió hasta quedar saciado. Entonces sonrió extendiendo sus brazos hacia mí.

¿Cómo me había dejado arrastrar a la tesitura en la que me encontraba? ¿Iba a posibilitar el sacrificio de una criatura encantadora solo por yacer con una mujer hermosa? No lo podía permitir, pero tampoco podía dar marcha atrás, sabía que en el momento en el que pusiera un pie en Sefarvaim sería ejecutado. La única opción era continuar, encontrar a Sherida y convencerla de que no lo hiciese, al fin y al cabo, legítimamente se trataba de su hijo, la esclava solo había prestado el vientre para una labor que le estaba proscrita. Podríamos huir con el niño a otras tierras y empezar una nueva vida juntos.

Llegamos al punto acordado poco antes del anochecer. Amarré al animal a una higuera que se encontraba a pocos pasos de la cueva y cogí la cesta con el niño, cuyo nombre desconocía. La caverna estaba vacía, pero era evidente el uso al que estaba destinada por los restos óseos esparcidos por el suelo, vestigio de sacrificios realizados en ella, algunos eran fáciles de identificar como de animales, otros no estaba tan claro. La ausencia de Sherida no me sorprendió, era lógica porque no me había dado alcance en el camino, quizá había partido un bêru[5] después que yo. No tardaría en llegar.

Mientras la esperaba reuní hojas secas y unas cuantas ramas para encender una hoguera. El bebé dormía tranquilo dentro de la cesta. Debido a que el viaje había sido agotador, el sueño empezaba a vencerme y, según la noche alcanzaba su cénit, las esperanzas de que mi amada llegara se iban desvaneciendo. Algo o alguien tenía que haberla retenido.

Pasaríamos la noche resguardados allí y al día siguiente continuaríamos nuestro camino sin rumbo fijo.

De forma inesperada y sin saber por qué, la llama de mi modesta hoguera empezó a crecer hasta llegar al techo. Alarmado, cogí al niño entre mis brazos para huir, pero me encontré con que la boca de la caverna estaba bloqueada por una pulsante alfombra de serpientes entrelazadas que lanzaban dentelladas al aire.

Del fuego surgió una oscura figura que se presentó como Umunmutamkag, el enviado por los dioses para intermediar con los humanos en los ritos sacrificiales. Venía en nombre de Adrammelech para reclamar su ofrenda.

El niño se había despertado y lloraba asustado. Yo me negué a entregárselo, apretándolo contra mi pecho en un gesto protector, pero aquel demonio no estaba dispuesto a irse con las manos vacías.

Para evitar el sacrificio tuve que aceptar el trato que me propuso. Cuando muriera me convertiría en sirviente de Adrammelech y obedecería a todas sus demandas, sometido a un calor abrasador hasta el fin de los días. Pero me otorgaba una forma de postergar indefinidamente en el tiempo mi destino: el último biblu[6] de cada año debía ofrecerle una mujer en edad fértil a la que fecundar sirviéndose de mi cuerpo, permitiéndole así esparcir su nociva semilla por el mundo. En el momento de la cópula, el dios absorbería un año de vida de su víctima que sería insuflado en mi organismo, de manera que año tras año rejuvenecería lo que en ese mismo período había envejecido.

Pero el trato conllevaba dos condiciones truculentas: la primera consistía en que la capacidad de rejuvenecer anualmente no me convertía en inmortal. Durante un par de siglos viví atemorizado, imaginando que Ereshkigal[7] me esperaba detrás de cada esquina. Con el tiempo, pude comprobar que Adrammelech prefería mantenerme entre los vivos para continuar dejando descendencia, así que me volví descuidado, a veces, incluso imprudente. A lo largo de mi existencia he sobrevivido a naufragios, envenenamientos, epidemias, huracanes, hambrunas, inundaciones, atentados, accidentes aeronáuticos e incontables guerras, sobre todo guerras.

La segunda condición era que si a la mujer que le ofrecía anualmente, el destino le deparaba una muerte en fecha anterior al último interlunio del siguiente año, yo no contaría con los suficientes días de vida para alcanzarlo. No poseía el don de la clarividencia como para saber de antemano si la víctima elegida era la correcta, pero Adrammelech, en su inconmensurable crueldad, quiso que una vez consumado el ritual se me revelara la fecha de su muerte, de manera que pudiera saber qué tan cerca había estado de afrontar mi ineludible destino.

Sellamos el pacto con un baño de fuego del que salí transmutado en lo que para entonces era considerado un hombre mayor.

A la mañana siguiente dejé la cueva con Tulukhanda en su cesta. Nombré así al niño en honor a mi padre, a quien creía que no volvería a ver, y lo crie como si fuera mi hijo. Caminamos hacia el sur hasta encontrar una tribu amurrū[8]de nómadas, cuya lengua era similar a la nuestra. Tuvimos la suerte de que nos acogieran y los acompañamos durante algunos años. Se trataba de un grupo muy belicoso, acostumbrado a arrasar con las poblaciones que encontraba a su paso, donde saqueaban sus víveres, asesinaban a sus hombres y violaban a sus mujeres. Este hecho me permitió tener a mi disposición jóvenes sanas con las que cumplir con relativa facilidad mi parte del trato con Adrammelech.

He cometido muchos actos deplorables en mi vida de los que me avergüenzo, pero no hay que juzgar el pasado con la mirada del presente, sino contextualizarlos en el tiempo en el que ocurrieron. En aquel entonces, el rapto de mujeres como botín de guerra era visto como algo normal, parte de la supervivencia del grupo. Estoy seguro de que aquellos bárbaros se escandalizarían al ver algunos de nuestros comportamientos actuales.

Cuando Tulukhanda contaba ya con tres años, nos vimos trashumando frente a las murallas de Sefarvaim. Mi aspecto era el de un hombre al menos veinte años mayor que el del joven que había huido hacía apenas tres años y, en cuanto al niño, en ese tiempo había cambiado incluso más que yo, por lo que estaba seguro de que si entrábamos en ella nadie nos reconocería.

Lo primero que hice fue dirigirme al templo de Sherida, debía enfrentarla y pedirle explicaciones, por su culpa me había convertido en un monstruo.

Entré en aquel recinto con mi hijo cogido de la mano. Igual que la primera vez, mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la débil iluminación de su interior, pero a diferencia de entonces esta vez no entré humillado, sino con postura altiva. Yo también encarnaba a una deidad.

Descubrí que en el trono ya no se sentaba Sherida. Le pregunté a la sacerdotisa en qué templo estaba y me contestó que en el de Ninkasi, la que colmando la boca alegra el corazón, diosa de las bebidas fermentadas. Por ella supe que la anterior ocupante del templo fue acusada de conspirar en contra de su marido y ejecutada por él mismo.

Antes de marcharme, realicé una libación y deposité mi ofrenda en el suelo, a los pies de la sacerdotisa.

En mi camino pasé al lado de la vivienda del rabsaces. Dos guardias bien armados protegían su entrada, la piel se me erizó al recordar lo sucedido en aquel lugar. Tulukhanda jugaba alegre con un palo, ausente a mis sentimientos. Por un momento tuve la duda de si lo correcto era abandonarlo allí, para que lo acogiera su verdadera familia, pero no tenía ninguna garantía de que obraran de esa forma, además, yo me había encariñado con él y él conmigo.

Según andaba, noté que, al verme, algunas personas murmuraban cosas entre sí. Un transeúnte con el que me crucé me enfrentó y recriminó la poca vergüenza que mostraba volviendo a ese lugar después de lo que había hecho mi hijo. Entonces me di cuenta de que aparentaba una edad similar a la que tenía mi padre en aquel momento y era probable que mis rasgos fueran semejantes a los suyos, por lo que podrían estar confundiéndome con él. Así descubrí que por mi culpa le habían confiscado todo el cargamento con el que comerciaba para luego ser defenestrado de la ciudad.

Comprendí que mi presencia allí nos ponía en peligro y nos apresuramos en abandonar el lugar y en dejar atrás las terrosas murallas de Sefarvaim.

Los siguientes años los pasamos en compañía de la tribu amurrū a quienes guie sin que ellos los supieran por caminos que seguían el rastro de mi padre, en los que visitamos la esplendorosa ciudad de Ebla y las incipientes ciudades de Palmira y Khalpe[9], para entonces unos poblados que ni soñaban con la monumentalidad e importancia que llegarían a alcanzar en el futuro.

Mi hijo siguió creciendo y, pasados ya diez años, los miembros de nuestra comunidad empezaban a temerme por el hecho de que no envejeciera, entonces decidí que era momento de irme.

Que tuviera constancia, de mis ofrendas anuales a Adrammelech nacieron solo una hembra y un varón, por fortuna, eran pocas las veces en las que su semilla lograba germinar en el vientre de mis víctimas. Ambos vivían en la tribu con sus madres, quienes servían como esclavas de la mujer del patriarca. A esos niños no les mostré afecto alguno, consciente de que no eran hijos míos sino del demonio, por lo que no sentí ningún remordimiento en abandonarlos. Pero no fue así con Tulukhanda, alejarme de él me rompió el corazón, solo he llorado dos veces en mi vida adulta y esa fue una de ellas. No habría sido justo someterlo a la vida de vagabundeo y pillería que me esperaba, era feliz en la tribu y sabía que se harían cargo de él en mi ausencia. Pasamos el día pastoreando juntos y tallando animales en trozos de madera, él observaba maravillado cómo de una retorcida rama de olivo conseguía extraer una cabra. Después de cenar no tardó en dormirse, lo tapé con unas pieles, le di un beso en la frente y dejé la cabra de palo entre sus manos. Esa fue la última vez que lo vi, puedo recordar en detalle todo lo que hicimos ese día, mas ya no soy capaz de redibujar su rostro en mi memoria.

La siguiente ocasión en la que lloré fue cuando murió mi padre. Lo encontré pocos años después en Sidón, a orillas del mar superior, ahora llamado Mediterráneo. Había conseguido rehacer su vida entre los cananeos, un pueblo de comerciantes con quien compartía su pasión por ese oficio y donde no le costó encontrar su puesto. El rastro que seguía me condujo a un barrio de alfareros donde pude dar con su morada. Mi búsqueda había concluido, pero no sabía cómo abordarlo. Estuve de pie frente a la entrada hasta el final de la tarde. Habría seguido allí hasta el día siguiente de no ser porque una mujer que salió de la vivienda me preguntó quién era. Me presenté como un pariente y me dejó entrar a ver a mi padre, a quien encontré aquejado de una de las muchas enfermedades que en aquella época no tenían nombre.

Pasé una semana sin separarme de su lecho, aplicando ungüentos de hierbas sobre su pecho y orando a Nergal[10] para que no se lo llevara todavía. Debido a la fiebre, balbucía palabras inconexas entre las que de vez en cuando se colaban el nombre de mi madre, quien murió antes de que yo tuviera uso de razón, y el mío. En todo el tiempo que estuve a su lado no dio signos de reconocerme, su mirada parecía enfocar los objetos que se encontraban detrás de mí, traspasándome, como si no existiera. Pero en el momento de expirar su último aliento me miró a los ojos y estoy seguro de que me reconoció, por la forma en la que apretó mis manos y por el rictus de sorpresa que le quedaría después de que la vida lo abandonase.

Aún a día de hoy me pregunto si mi presencia le hizo dejar este mundo en paz o en amargura.

Desde entonces he recorrido sin descanso los cuatro puntos cardinales. He visto en pie las llamadas siete maravillas del mundo antiguo; fui a Hikuptah[11] cuando la gran pirámide todavía conservaba su refulgente revestimiento de piedra caliza blanca y el gran disco solar que la coronaba; participé en la construcción del primer templo de Salomón; sufrí el sitio de Alejandría en el que ardió la gran biblioteca; he luchado en la arena del Anfiteatro Flavio[12]. El papa Inocencio VIII publicó la bula Summis Desiderantes Affectibus[13] después de que la práctica de mis rituales llegara a sus oídos; hui de la Inquisición infiltrándome entre las huestes de Hernán Cortés, lo que me dio la oportunidad de llevar la semilla de Adrammelech al Nuevo Mundo. He habitado palacios y mendigado en las calles más sucias de las ciudades; vestido sedas, pieles y harapos. He tenido cientos de nombres, el más conocido entre ellos es el de Ahasvérus, dicen que el de Nazaret me sentenció a vagar eternamente sin rumbo cuando de camino al Gólgota le negué descanso, pero la verdad es que un dios verdadero ya me había condenado muchos siglos atrás.

Pero no te voy a aburrir con mis orgullos y vergüenzas. Esta noche es la del último interlunio del año y no tenía a nadie para ofrecerle al dios. Pero no porque fallara en conseguir candidata, te imaginarás que en más de cuatro mil años he aprendido y perfeccionado todas las técnicas de seducción existentes. Además, he acumulado una fortuna que me permite pagar para conseguir todo lo que quiera, hace siglos que no tengo que recurrir a la violencia. No la había buscado por falta de interés y cansancio, en esta era dominada por la tecnología me resulta cada vez más difícil mantener el anonimato. Pero llegaste tú. No esperaba encontrar a nadie en la terraza de este hotel de Singapur, una vez cerrados el bar y la piscina.

Estaba a punto de saltar al vacío cuando escuché el chapuzón. La curiosidad hizo que me diera la vuelta y descubrí el fluctuante contorno de tu silueta, distorsionada por los brillantes reflejos que la iluminación de la piscina proyectaba en las ondulaciones del agua. Nadabas hacia mí y el contraluz de los focos no me permitía confirmar si estabas desnuda. Atravesaste de un lado a otro y al asomarte por el bordillo de la piscina me preguntaste: «¿Cómo te llamas, yo soy Sherida?». Entonces supe una vez más que no era dueño de mi destino.

Acostados en la enorme cama de la suite del hotel donde él se alojaba, con vistas a la marina, el sempiterno personaje le relataba a Sherida sus vivencias mientras recorría con la yema de sus dedos las suaves llanuras, colinas y valles del cuerpo de la joven que lo escuchaba con incrédula fascinación.

—Es la primera vez que le cuento a alguien todo esto, pero tú eres distinta, eres tú quien me buscó, por eso no te puedo considerar una víctima y por eso te doy la oportunidad de saber, si así lo deseas, cuál será el día de tu muerte.

Movida por la curiosidad ella asintió a conocer su futuro.

 —Házmelo saber, pretendo disfrutar de cada amanecer como si fuera el último.

El cielo empezaba a clarear y un naciente sol naranja se reflejaba en los cristales de los rascacielos.

—Eso es precisamente lo que debes hacer, porque este amanecer será el último que veas.

Ella no lo habría tomado en serio de no ser por la lágrima que recorrió su mejilla.

—Es la tercera vez que lloras.

Se abrazaron. El amanecer fue tan esplendoroso como aquel que recordaba tras su salida de Sefarvaim y, por primera vez en más de cuatro mil doscientos años, el inmortal no sintió que después de realizar su ofrenda a Adrammelech su cuerpo se regenerara, por fin se supo un año más viejo.

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Cuento de Carlos Aponte Rodríguez: Productos del mar

Los sábados, como no tenía clases, acompañaba a mi novio en su ruta de reparto de pescado fresco a los principales restaurantes de la ciudad. Los viernes por la noche solía quedarme a dormir en su casa. Al día siguiente, salíamos muy temprano a cargar en el camión isotérmico el género que su jefe había comprado en la subasta de la lonja y que nos esperaba en su almacén refrigerado, en el puerto.

Sobre las nueve y media de la mañana comenzábamos con el itinerario. Ese verano, a aquella hora, el sol ya había alcanzado cierta altura y empezaba a calentar con sus rayos inclementes. Por ello, nunca podré olvidar aquel día de agosto en el que, estando a mitad de jornada, se estropeó el aire acondicionado del vehículo. Dentro de la cabina, un termómetro en el salpicadero marcaba cuarenta y dos grados. Por fortuna, la caja isotérmica del camión contaba con un aparato refrigerador independiente, de manera que la estabilidad de su temperatura no se vio afectada por la avería.

A eso de las doce del mediodía aún nos quedaban un par de pedidos por entregar, pero, con el sol cercano a su cénit, ya no soportábamos más el calor.

Aparcamos al final del paseo marítimo para hacer un descanso. Sudábamos como gorrinos y decidimos pasar a la nevera del camión para refrescarnos un poco. A pesar de los dos grados que hacía en su interior, mi primer impulso fue abrirme la blusa. Al verme, mi novio también desabotonó su camisa.

—Creo que lo mejor es que nos las quitemos —dijo—, están empapadas y, con la temperatura que hace aquí dentro, podemos resfriarnos.

Me pareció un razonamiento lógico, así que le imité.

Recuerdo que llevaba un sujetador Wonderbra, que realzaba el contorno de mis pechos, ya de por sí firmes, acentuando además la profundidad del canalillo entre ellos. Mi chico no pudo contenerse ante ese espectáculo y, siguiendo sus instintos más básicos, lanzó un trocito de hielo entre ellos, lo que le hizo muchísima gracia.

Chillé por la impresión y corrí a quitarme el sujetador para dejar que el hielo continuase por su camino. Mi novio no tardaría ni un segundo en abalanzarse a lamer mis pezones, erectos por el frío.

Caí de espaldas sobre las sardinas y, mientras me comía, logré, a tientas, desabrocharle los vaqueros para hurgar en sus calzoncillos.

Estaba duro y, con intencionada brusquedad, le retraje el capuchón, dejando expuesto todo su reluciente glande y parte de un tallo oscuro y carnoso. Pensé que se parecía a un percebe gigante y lo metí en mi boca, succionándolo como si quisiera arrancárselo del pubis.

Se retiró adolorido y me empujó sobre las cajas de pulpos. Me subió la minifalda y arrancó mis bragas con violencia, puso mis piernas en alto, sosteniéndolas por las corvas, y empezó a sorberme como si se estuviera hinchando a comer ostras.

Logré incorporarme y lo atraje hacia mí para que me penetrara.

Entonces, las cajas de porespáncedieron con nuestro peso y nos vimos cubiertos por un amasijo de viscosos tentáculos que nos rozaban como si estuviéramos siendo magreados por unas extremidades alienígenas. Con una mano en cada nalga lo atraía rítmicamente hacia mí, para aumentar la fuerza de su empuje.

Sin desatenderme, consiguió despojarme de los tenis y los calcetines para llevarse a la boca los dedillos de mis pies, que chupeteó uno por uno, como si fueran cabezas de gambas o patas de cangrejos.

Merluzas, brecas, doradas, lubinas, palometas, bonitos y besugos observaban con sus ojos atónitos cómo, en un movimiento semejante al realizado por los yudocas en las llaves de evasión, lograba darme la vuelta, haciendo que mi chico cayera de espaldas sobre la caja de gallinetas. Allí lo monté como a un potro bronco. Nunca me había visto tan impetuosa y se debatía entre el dolor causado por las puntiagudas aletas de los pescados, que laceraban su espalda, y el placer de sentir la humedad de mi vagina o el jugueteo de mis dedos enredándose en los pegajosos rizos de su cabello.

Los amortiguadores chillaban y el vehículo se balanceaba de un lado a otro, siguiendo nuestro ritmo, mientras cefalópodos, crustáceos, conchas marinas y diversas especies de pescado saltaban por los aires, mudándose de cajas o cayendo al resbaladizo suelo.

Estando así, encaramada sobre él, noté que deslizaba una de sus manos hacia mi culo. Antes de que pudiera reaccionar, sentí como introducía uno de sus dedos en mi ano. Lo había intentado en otras ocasiones, pero yo no le había dejado. Fue como si me hubiera metido el turbo. En pocos segundos experimenté un intenso orgasmo al que se unió él liberando una copiosa descarga sobre mí.

Acabamos tendidos en el suelo de la caja refrigeradora jadeantes, cubiertos de viscosidades y rodeados por un buen surtido de cadáveres de especies marinas. Mientras me recuperaba sentí que una nécora se paseaba por mi abdomen, arrancándome con sus patitas un último tremor de placer.

Al cabo de unos minutos decidimos abrir la puerta. El enceguecimiento, causado por el contraste entre la semioscuridad que había en la mal iluminada caja y los fuertes rayos del sol, nos impidió ver durante unos segundos, pero, cuando nuestros ojos se acostumbraron a la luz exterior, descubrimos una ciudad en ruinas: edificios desplomados, coches aplastados por árboles caídos o por cascotes despedidos de los derrumbes, tuberías rotas que vertían incontroladas fuentes de agua… Había niños que lloraban, así como gente herida y ensangrentada que deambulaba aturdida.

Bajamos del vehículo desconcertados, sucios, despeinados, hediondos a pescado y cubiertos de escamas. Mi novio tenía la espalda ensangrentada y los botones de la camisa mal casados. En otras circunstancias habríamos llamado la atención, pero en el caos reinante pasamos totalmente desapercibidos.

Nos miramos avergonzados. En el fondo nos sabíamos causantes del terremoto. Por eso, desde ese día, no volví a ver a Rafa.


[1] Unidad de medida de volumen durante el imperio acadio, equivalente a un cuenco de ración.

[2] Jefe militar.

[3] Mujer de élite, consagrada como sacerdotisa a una divinidad.

[4] Unidad de medida de longitud y distancia durante el Imperio acadio, equivalente a 120 ammatu (‘codos’), es decir, unos 55 metros.

[5] Unidad de medida de tiempo para los acadios. Dividían el día (immu) en 12 bêru, por lo que un bêru equivale a 2 horas.

[6] Así se denominaba en la antigua Mesopotamia al día en el que la luna desaparecía.

[7] Diosa de la muerte y el inframundo para los acadios.

[8] Amorritas o amorreos en el Antiguo Testamento.

[9] Actual Alepo.

[10] Diosa del amor, de la vida y de la belleza.

[11] Antiguo nombre de Egipto y como lo conocían los acadios, significa ‘casa del alma de Ptah’.

[12] El Coliseo romano.

[13] Documento pontificio que Inocencio VIII firmó el 5 de diciembre de 1484, con el que abrió la puerta a la caza de brujas y de todo sospechoso de tener tratos con el Diablo.

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