2 poemas de Colwyn Miguel

Aprovechado que el escritor Colwyn Miguel respondió a nuestro cuestionario literario en Grandes Libros, le hemos pedido que comparta con nosotros algunos de sus poemas incluidos en su reciente publicación El arte de desnudar.

Colwyn Miguel ha atendido nuestra petición. Podéis leer los poemas «Absoluto» y «De ruinas y ruidos»

XXV. Absoluto

Soy un aborigen señalando una estrella

con su mano encendida.

Soy el fuego nocturno

en medio de un ritual

que al tiempo vuelve sacro.

Soy el tiempo circular,

la uróboros que devora su vieja cola.

Soy el canto

que purifica la visión de la tribu.

Soy el silencio de Buda,

la mirada contemplativa.

Soy la palabra de Cristo,

el verbo que libera a la esencia.

Soy el viento que fluye

entre los dedos

de quien lee estos versos desnudos.

Soy la mirada arrebolada del lector

y, al mismo tiempo, el poema.

El arte de desnudar
  • Miguel, Colwyn (Author)

XX. De ruinas y nudos

Una mirada en ruinas

penetra un punto incierto de la habitación.

Debajo de los botones hay nudos,

nudos con broches de memorias corroídas,

nudos de ideas con candados fatigados.

El cierre dentado de su pantalón

muerde la mano insensible que

se apresura a desvestirla.

Su mirada perdida da con un espejo dudoso.

Se mira, pero no se mira.

Quizás ella es un espejismo.

Unos murmullos menores

se abalanzan a los oídos presos por la desgana.

La noche se prolonga como un aullido.

Recuerda lo que sí está segura

de que no fue un espejismo: su niñez.

En lugar de jugar con papalotes,

jugó con anclas.

No supo lo que era arar el viento,

lo que era sembrar ideas en las alturas.

Piensa si será mejor olvidar este mundo.

¿Es cruel que la salida de emergencia de la vida

sea la muerte?

¿Habrá otra más que

solo el loco del barrio conoce?

La madrugada está en su punto.

Tres perros en un rincón de la calle

parecen un solo pelaje.

Las bajas temperaturas

son más irrespetuosas con un solo cuerpo.

Camina con zapatillas inestables

salpicadas de fatiga.

Su apagada piel se mueve

en esa noche de frío espeso.

Llega a su cama.

Lo mejor es dormir,

pero se queda sentada en la orilla.

Por la ventana, la noche se desliza.

Enhebra su amargura con los rayos de la luna.

¿El verbo hizo una pausa cuando nació?

Se agrietan sus ojos,

salen unas lágrimas.

Aparece un viejo nudo en su garganta.

Por la mañana el mundo se verá diferente.

Tal vez sea mejor escuchar al loco del barrio

que a sus pensamientos.

Quizás él tenga mejores preguntas

y mejores respuestas.

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