3 microrrelatos del escritor argentino Pedro Orgambide

Del gran escritor argentino Pedro Orgambide (1929-2003) ya leímos un cuento, «La intrusa», que fue uno de Los 5 más relatos leídos en 2021 en el blog narrativabreve.com. Hoy toca deleitarnos con otros tres relatos cortos, que podéis leer de menor a mayor extensión: «El forastero», «El incrédulo» y «El vals».

Orgambide fue un autor y editor muy activo, y frecuentó géneros como novela, cuento, guiones de cine y televisión, etc. Fue, además, bailarín de tango, profesor de Universidad y redactor publicitario. Un hombre muy completo, vaya. 🙂

Aunque no es fácil conseguir sus libros en algunas latitudes (por ejemplo, en España), Amazon tiene dispone algunos títulos como La mulata y el guerrero, Una chaqueta para morir, El Negro Tubua y la Tomasa.

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Minificción de Pedro Orgambide: El forastero

Y cuando lo vi caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí diciéndome: No temas, yo soy el primero y el último; y el que vivo y he sido muerto, y he aquí que vivo por siglos de siglos.

Microrrelato de Pedro Orgambide: El incrédulo

Mienten los que dicen que Emiliano Zapata vive todavía. ¡Ni modo, mano, está muerto y bien muerto! ¡Si yo fui uno de los que lo mató! Mienten los que dicen que anda en un caballo blanco por el desierto de Arabia. Puros cuentos, pendejadas, cotorreo de esos viejos que se llenan la cabeza de pulque, de sueños y de pájaros. Se los digo yo: está muerto. A mi no me falla la memoria ni la puntería. Sí, ahorita, de un balazo, puedo acabar con el vuelo de un zopilote de las sierras. Eso de que Emiliano vive es cuento, señor, toda esa historia del caballo blanco…

Así dijo el viejo. Sólo que aquella noche, el incrédulo, vio bajar de las sierras al caballo blanco y su jinete. Sacó su pistola. Pero tarde. El jinete le disparó su 30-30. Se desparramaron en la tierra los pensamientos del incrédulo. Fue así como murió don Buenaventura Salazar, según dicen.

Cuento breve de Pedro Orgambide: El vals

Baila, mujer, gira entre los espejos que repiten tu imagen. Baila, amor, deja que tu padre mire el reloj, en vana pretensión de encerrarte en el tiempo. Baila conmigo, mientras el húsar, tu prometido, afina su bigote con un gesto feroz, mientras se acerca a mí con esa mala fiebre de los celos y me arroja su guante. Baila, baila entre los espejos, los abanicos, las mujeres, las columnas, el jarrón de la China, las medallas de los embajadores, los perfumes, los murmullos. Baila con tus quince años apretados a mí, ahora y mañana cuando avance por la niebla del bosque entre esos hombres enlutados y tristes, cuando atraviese con mi sable el corazón del húsar. Baila ahora, mujer, antes de que tu padre se desmorone como el muro que cae por el fuego de la artillería, antes que tu madre sea una mortaja blanca que se pudre en un apacible y bello cementerio al que llevas tus flores. Baila, querida, antes que las otras parejas se conviertan en humo y ya no pueda decirte amor. Baila, baila, porque ya empieza a destrozarse el cortinado, las tapicerías de la casa, ya entran los búhos por la ventana, ya los violines dejan de tocar, ya te mueres, mientras yo, veinte siglos después te recuerdo y te amo, el que baila contigo esta noche, entre los espejos que repiten tu imagen.

Pedro Orgambide

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