3 relatos cortos italianos | Pirandello, Guareschi y Sanvitale

Italia es un país de gran tradición italiana en la que no faltan incluso Premios Nobel de Literatura: Giosuè Carducci, Grazia Deledda, Dario Fo, Eugenio Montale, Luigi Pirandello y Salvatore Quasimodo. Pero no hemos venido a hablar de galardones literarios, sino de relatos. A continuación podéis leer 3 relatos italianos que no os defraudarán.

Los cuentos son del citado Luigi Pirandello, Giovannino Guareschi y de un menos conocido Luigi Sanvitale.

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La casa de la agonía | Cuento de Luigi Pirandello

Sin duda el visitante, al entrar, había dicho su nombre, pero la vieja negra renqueante que había venido a abrirle como una mona con delantal, o no había entendido o lo había olvidado. Así que desde hacía tres cuartos de hora, para toda aquella casa silenciosa él era, ya sin nombre, “un señor que espera ahí”.

“Ahí” quería decir en la sala.

En la casa, aparte de la negra, que debía de haberse encerrado en la cocina, no había nadie. El silencio era tal, que el pausado tictac de un antiguo reloj de pared, tal vez desde el comedor, se oía destacado en el resto de las habitaciones como el latido del corazón de la casa; y parecía que los muebles de cada una de las habitaciones, incluidas las más alejadas, gastados pero bien cuidados, un poco ridículos por su estilo ya pasado de moda, estuvieran también escuchándolo, bien seguros de que en aquella casa nunca sucedería nada y ellos, por lo tanto, seguirían siempre así, inútiles, admirándose o compadeciéndose mutuamente, o mejor incluso dormitando.

Los muebles tienen también su alma, sobre todo los viejos, un alma que les viene de los recuerdos de la casa donde han pasado tanto tiempo. Para darse cuenta, es suficiente poner entre ellos un mueble nuevo.

Un mueble nuevo está todavía sin alma, pero ya, por el solo hecho de haber sido elegido y comprado, con el deseo imperioso de tenerla.

En cuanto llega, se ve que los muebles viejos lo miran mal: lo consideran un intruso pretencioso que aún no sabe nada y nada puede decir, pero entretanto se hace quién sabe qué ilusiones. Ellos, los muebles viejos, ya no se hacen ninguna, y eso los entristece: saben que con el tiempo los recuerdos empiezan a debilitarse y, con ellos, también su alma poco a poco se debilitará. Y se quedan así, descoloridos si son de tela, oscurecidos si de madera, también ellos silenciosos.

Si por desgracia persiste en ellos algún recuerdo desagradable, corren el riesgo de ser echados de allí.

Ese viejo sillón, por ejemplo, sufre un verdadero tormento al ver el polvo que las polillas extraen en montoncitos sobre el tablero de la mesita que tiene delante y a la cual aprecia de verdad. Él mismo se sabe muy pesado; conoce la debilidad de sus cortas patas, especialmente de las dos traseras; y teme que lo agarren por el respaldo –ojala nunca suceda– y lo arrastren fuera de su sitio; pero con esa mesita delante se siente más seguro, protegido; y no le gustaría que las polillas, haciéndola quedar mal con todos esos ridículos montoncitos de polvo en el tablero, la llevaran a acabar sus días en el desván.

Todas estas observaciones y consideraciones las hacía el anónimo visitante olvidado en el salón.

Como absorbido por el silencio de la casa, él, que había perdido en ella el nombre, parecía haber perdido también la persona, convertido en uno de aquellos muebles en los que tanto se había ensimismado, sumido en la escucha del pausado tictac que llegaba destacado hasta el salón a través de la puerta entornada.

Luigi Pirandello, cuento
Escritor italiano Luigi Pirandello

Pequeño de cuerpo, casi desaparecía en el gran sillón oscuro de terciopelo morado donde se sentaba. Desaparecía también dentro del traje que llevaba. Los bracitos, las piernitas había casi que buscárselas en las mangas y los pantalones. Era solo una cabeza calva, con dos ojos penetrantes y dos bigotitos de ratón.

Estaba claro que el dueño de la casa había olvidado la cita dada para venir a verlo; y varias veces el hombrecillo se había preguntado si aún tenía derecho a estar allí esperándolo, al haber pasado ya de un límite razonable la hora fijada para la invitación.

Pero él ya no esperaba al dueño de la casa. Y si este se hubiera presentado de repente, él se habría sentido incómodo.

Allí confundido con el sillón donde estaba sentado, con una dolorosa fijeza en los ojillos penetrantes y una angustia que crecía a cada instante y le impedía respirar normalmente, él esperaba otra cosa, terrible: un grito procedente de la calle: un grito que anunciase la muerte de alguien; la muerte de un transeúnte cualquiera que, entre la multitud de hombres, mujeres, jóvenes, viejos y niños, cuyo murmullo confundido le llegaba hasta allá arriba, pasara en el momento preciso bajo la ventana de aquel salón del quinto piso.

Y todo esto se debía a que un gran gato pardo había entrado en la sala, sin siquiera notar la presencia de él, a través de la puerta entornada, y de un salto había subido a la repisa de la ventana abierta.

De todos los animales, el gato es el menos ruidoso. No podía faltar en una casa llena de tanto silencio.

En el rectángulo azul cielo de la ventana destacaba un tiesto de geranios rojos. El azul, antes vivo y ardiente, poco a poco se había teñido de violeta, como si desde lejos la noche, que aún tardaba en llegar, hubiera soplado sobre él un ligero aliento de sombra.

Las golondrinas que revoloteaban en bandadas, como enloquecidas por la última luz del día, proferían de vez en cuando agudos chillidos y se lanzaban contra la ventana como si quisieran irrumpir en el salón; pero enseguida, al llegar a la repisa, levantaban el vuelo. No todas. Ahora una, luego otra, cada vez se metían bajo la repisa, no se sabía cómo ni por qué.

Llevado de la curiosidad, antes de que entrara aquel gato, se había acercado a la ventana, había apartado un poco el tiesto de geranios y se había asomado a mirar en busca de una explicación. Y así había descubierto que una pareja de golondrinas tenía el nido justo debajo de la repisa de aquella ventana.

Y la cosa terrible era precisamente esa: que ninguno de los que continuamente pasaban por la calle, enfrascados en sus asuntos y preocupaciones, podía pensar en un nido colgado bajo la repisa de una ventana en el quinto piso de una de las muchas casas de la calle, y en un tiesto de geranios dejado en la repisa, y en un gato que intentaba dar caza a las dos golondrinas del nido. Y mucho menos podía pensar en la gente que pasaba este gato que ahora, agazapado y escondido detrás del tiesto, movía apenas la cabeza para seguir con la vista perdida el vuelo de las golondrinas que chillaban, ebrias de aire y de luz, al pasar ante la ventana; y cada vez que tenía delante una bandada, levantaba un poco la punta del rabo que colgaba, listo para atrapar con las garras la primera golondrina que intentara meterse en el nido.

Él y solo él sabía que ese tiesto de geranios, con un simple golpe del gato, se precipitaría desde la ventana sobre la cabeza de alguno; el tiesto ya se había desplazado dos veces por las nerviosas sacudidas del gato; estaba casi al borde de la repisa; y él apenas respiraba por la angustia y tenía toda la calva perlada de grandes gotas de sudor. Le resultaba tan insoportable el horror de aquella espera, que hasta le pasó por la mente el pensamiento diabólico de ir él mismo a la ventana y dar al tiesto con un dedo extendido el último empujón, sin quedarse a esperar que lo hiciera el gato. Total, al siguiente golpecito, la cosa habría sucedido sola.

No podía hacer nada.

Anulado como estaba por el silencio de la casa, él ya no era nadie. Él era el silencio mismo, medido por el pausado tictac del reloj. Él era aquellos muebles, testigos mudos e impasibles aquí arriba de la desgracia que iba a suceder allá abajo en la calle, y de la que ellos nada sabrían. Solo él sabía, por pura casualidad. Porque hacía ya un buen rato que él no debía estar allí. Muy bien podía imaginar que en aquella sala no había nadie, ni tampoco en el sillón al que estaba como atado por la atracción de aquella fatalidad que pendía sobre la cabeza de un desconocido, colgando de la repisa de aquella ventana.

De nada servía que él conociera esa fatalidad, la natural coincidencia de aquel gato, aquel tiesto de geranios y aquel nido de golondrinas.

La función de aquel tiesto era precisamente estar expuesto en aquella ventana. Si él lo hubiera quitado de allí para impedir la desgracia, podría impedirla hoy; mañana, la vieja criada negra colocaría de nuevo el tiesto en su sitio, sobre la repisa: porque la repisa, para aquel tiesto, era su sitio. Y el gato, espantado hoy, volvería mañana a sus tentativas de cazar las golondrinas.

Era inevitable.

Y he aquí que el gato había empujado el tiesto un poco más: ya estaba casi un dedo fuera del borde de la repisa.

No pudiendo soportarlo más, escapó de allí. Y al precipitarse escaleras abajo le vino en un relámpago la idea de que llegaría a la calle justo a tiempo para recibir en la cabeza el tiesto de geranios que precisamente en ese instante caía desde la ventana.

Historia corta de Giovannino Guareschi: Los del terruño

Gion era el tercero de todos nosotros, los doce hermanos. Cuando le tocó el turno se fue a hacer el servicio. Fui yo quien le acompañó con el carro hasta el distrito de reclutamiento. Antes de dejarnos, Gion me recordó encarecidamente:

–Mira, a ver si, mientras tanto, consigues convencerle.

Desde hacía ya varios años, cuando en nuestra comarca se empezaba a trillar el trigo, Gion desaparecía de casa y se iba a contemplar la trilladora.

Se quedaba fuera tres semanas y hasta cuatro y se pasaba veinte y treinta días mirando la máquina, sentado bajo un sombrajo. Comía si le daban de comer y al anochecer, cuando acababan de trillar y enganchaban la trilladora al vehículo remolcador, se iba a la carretera a ver pasar el cortejo y luego lo seguía hasta la nueva era. Dormía en el pajar y, a la mañana siguiente, en cuanto oía el silbido de la máquina, Gion bajaba corriendo, se buscaba un sitio cómodo donde no molestara, y volvía a ponerse a contemplar la trilladora.

El primer año, después de andar buscándole durante un par de días, mi padre lo descubrió en la era de Piopaccio, se lo llevó a casa y le zurró; pero a la mañana siguiente volvía a estar quién sabe dónde a mirar la máquina. Fui a pescarlo yo, el primogénito, le pegué y lo encerré en el granero. Se escapó por el ventanuco y entonces salió en su busca Felice, el segundo. Felice era mucho menos robusto que Gion, pero Felice era el segundo, mientras que Gion era el tercero, y Gion se dejó tranquilamente zurrar también por Felice, porque Gion era un muchacho disciplinado.

Durante la noche se descolgó por una tubería del canalón: Gion era todo un sinvergüenza ya a sus quince años; la cuarta vez fueron a buscarlo Manuele, Diego, Rem y Clem, todos juntos y consiguieron pegarle y encerrarlo en la bodega.

A la mañana siguiente encontramos la puerta descerrajada.

Quedaban los cinco últimos. Davide, de unos diez años, Giaco, de unos nueve, Macco, de unos ocho, Vasco, de unos seis y Chico, de unos cinco. En cuanto se dieron cuenta de que Gion había desaparecido, los cinco se lanzaron gritando por los campos sin que nadie consiguiera atraparlos.

–¡Si ese animal se atreve solo a tocar con un dedo a Chico, lo mato a escopetazos! –dijo mi padre.

A mediodía se oyó vociferar en la era: Gion estaba de vuelta. Davide, Giaco, Macco y Vasco iban detrás de él, dándole palos en la espalda.

Gion de un solo manotazo habría podido sacudirse de encima toda aquella chiquillería, pero se dejaba hacer pacíficamente y mi padre se alisó el bigote y dijo:

–¡Ya basta!

–¡Cinco más aún! –dijo Chico, que se divertía pegando palos a Gion.

–No, ni uno más –contestó mi padre. Y fue la primera vez que le negó algo a Chico.

A la mañana siguiente, Gion volvía a estar en alguna era mirando la máquina, pero ya nadie volvió a buscarlo. De modo que cuando se comenzaba por nuestra comarca a trillar el trigo, Gion desaparecía de casa y volvía veinte o treinta días después, junto con la trilladora, porque nuestra tierra era más grande y para batir nuestro trigo hacía falta toda una semana, por lo que la trilladora nos dejaba para el final.

Gion era un condenado hijo del terruño y todos los de nuestro terruño son unos chalados. El único que está cuerdo soy yo. Aunque, por otra parte, si uno puede enamorarse de una mujer, ¿por qué no debe enamorarse de una máquina? Gion se había enamorado de la máquina y soñaba con poseer una máquina. E intentaba convencer a su padre para que le comprara una máquina.

–Cada uno nace con un oficio metido en la cabeza y a mí me ha tocado el de maquinista –decía–. Usted me compra un tractor con una trilladora, la empaquetadora y todo lo necesario para la mies y yo le trillo inmediatamente su trigo para que no tenga que esperar y se le desgrane si está seco y se le enmohezca si está húmedo. Luego puedo hacer todas las otras eras grandes porque escogería maquinaria Lanz del último modelo y la gente se quedaría admirada. Me haría con toda la plaza de la trilla. Aquí aún deshojan las pañochas a mano: si yo tuviera una máquina de deshojar podría trabajar día y noche. Sin contar con que ahora, con el nuevo sistema de la maquinaria actual, se puede arar sin tener que mover la máquina del mismo carril.

Gion le decía todo esto, pero mi padre le contestaba que estaba loco y que podía irse con todas sus máquinas a freír espárragos.

Sin embargo, Gion estaba obsesionado con la trilladora, y cuando se fue a la mili lo último que me dijo fue que intentara convencer a mi padre para que le comprara la máquina.

Al principio Gion escribía muy a menudo y en cada carta hablaba de la trilladora. Luego continuó escribiendo, pero con menos frecuencia y sin mencionar la máquina.

–El servicio militar le prueba –dijo mi padre al cabo de un año–. Cuando le contestes dile que si no tiene bastante con el dinero que le envío, que estoy dispuesto a enviarle el doble con tal de que se porte bien.

–Recuérdale aquello –añadió mi madre.

Mi madre, cada vez que yo le escribía a Gion, quería que le encareciera solo una cosa: “Querido Gion: acuérdate de aquello…” El día que Gion se marchó mi madre le había dicho: “Cuando vuelvas del servicio militar, acuérdate de traerme un cedazo tan fino como el que se rompió el año pasado.”

Cuando acabó la mili, Gion regresó. Mi padre y yo, con mis otros diez hermanos, estábamos comiendo sentados alrededor de la mesa de la cocina, y mi madre, que estaba charlando con la tortilla aún en el fuego, gritó de repente:

–¡Oh!

Gion estaba parado en medio del umbral y rozaba casi el dintel con la cabeza. Iba vestido de artillero y parecía como si al verlo así, tan alto y fuerte, la cocina se hubiera vuelto pequeña. Estaba inmóvil en medio de la puerta y tenía las manos colocadas en la espalda. Mi madre le dijo:

–Entra de una vez, ¡caramba! ¿Qué es lo que escondes? ¿Un cañón?

Gion sacó la mano izquierda y le alargó a mi madre un gran envoltorio.

–¡Vaya, el cedazo! –exclamó alegremente mi madre, apartándose a un rincón para desenvolver el paquete.

No obstante, Gion no se movía y yo le dije, riendo:

–¿Qué más escondes? ¡Entra y enséñanoslo!

Gion dio un paso adelante y se sacó de detrás de la espalda también la mano derecha, apareciendo primero una manita encerrada en la gran manaza de Gion, luego un brazo y luego toda una chica menuda y delgada, con la cabeza gacha.

–Es mi novia –explicó Gion, sonrojándose.

Al cabo de un momento de silencio mi padre habló:

–Gion, entra y siéntate a comer. Entre también usted, joven, siéntese y coma.

–No, gracias –contestó la chica, que levantó la cabeza y se nos quedó mirando asustada.

Llevaba la cara muy empolvada, la boca pintada de rojo y los ojos muy cansados. Apestaba a perfume. Se fue a sentar a un rincón y siguió mirándonos como si fuéramos a degollarla.

Comimos sin hablar. Luego mi padre se dirigió a Gion:

–¿Dónde la has conocido?

–En la ciudad –respondió Gion, cabizbajo

–Es justo el cedazo que yo quería –exclamó mi madre–. Lo acabo de probar y la harina queda tan fina como si fueran polvos…

Vio a la chica en el rincón y se interrumpió.

–¿Quién es?

–Mi novia –le contestó Gion–. Nos vamos a casar pronto.

–¡Estupendo! –dijo mi madre–. Venga, querida: siéntese a comer. ¡Estoy muy contenta! ¿Y tú? –le preguntó a mi padre.

–Yo no –afirmó tranquilamente mi padre.

–¿Te ha costado mucho el cedazo? –se informó mi madre dirigiéndose a Gion.

–Mil cien liras –respondió Gion.

–No es caro –puntualizó satisfecha mi madre–. Voy a dar de comer a las gallinas. Si quieres queso, lo encontrarás en el aparador.

Al salir mi madre, mi padre volvió a hablar con Gion:

–Gion, te he preguntado dónde la has conocido.

–En un sitio que yo me sé –contestó Gion siempre con la cabeza gacha–. Me gusta y me voy a casar con ella.

Gion hablaba con voz dura: era todo un cabezota. Iba a casarse con ella aun a costa de no volver a poner los pies en casa y de tener que trabajar de jornalero.

La chica estaba temblando en el rincón y su cara blanca por los polvos parecía la de un muerto.

–Voy a casarme con ella –repitió Gion, testarudo, mirando y desmigajando el pan.

–Te compraré la trilladora –dijo mi padre.

Gion dijo que no con la cabeza.

–Con todos los accesorios y hasta la deshojadora para el maíz.

Gion apoyó los codos encima de la mesa y se agarró la cabeza entre las manos.

–Que alguien enganche el caballo y vuelva a llevar la muchacha a la ciudad –ordenó en voz alta mi padre, sin que Gion se moviera.

–Ya voy yo –dijo Felice, levantándose y dirigiéndose a la puerta.

La chica se levantó y lo siguió a toda prisa.

–Perdonen –balbuceó.

Mi padre le alargó un billete de quinientas.

La chica se marchó desconcertada, con el billete en la mano. Cuando se oyó el resonar de los cascos del caballo en el camino, Gion se levantó y corrió afuera, pero el carro ya se había alejado.

Felice no regresó por la noche. Ni tampoco al día siguiente, ni nunca. Sin embargo volvieron el caballo y la calesa: Felice se los entregó a un vecino que fue a la ciudad.

–Ha dicho Felice que se ha establecido allí –explicó el hombre–. Estaba con una chica rubia guapa, muy pintada.

Gion tuvo su tractor con la trilladora, la empaquetadora, la máquina de deshojar y todo lo demás. El tractor era un Lanz de ciento veinte caballos, con la caldera verde rodeada de brillante latón. Cuando pasaba por delante de las casas, estas temblaban.

Aquel invierno Gion conoció a una hermosa moza que vivía en Ghianda Morta.

Y Gion, cada sábado se afeitaba, se ponía el traje nuevo, y, al atardecer, se montaba en su tractor de ciento veinte caballos y partía hacia Ghianda Morta.

Cuando llegaba delante de la casa de la chica, tiraba de la cuerdecita y el tractor soltaba un chorro de vapor blanco y silbaba.

Relato corto de Luigi Sanvitale: El ladrón y el caballero

En la ciudad de Piacenza ocurrió algo singular no hace mucho tiempo. Un joven caballero se disponía, una noche, a concurrir a una fiesta entre amigos, cuando un pobre hombre con la ropa hecha jirones se cruzó en su camino y de forma descarada le pidió un poco de dinero. El caballero, que lejos estaba de ser Orlando Furioso, le dio su monedero. El ladrón lo abrió, sustrajo seis monedas y le reintegró el resto, para enseguida desaparecer.

Convencido de que el otro debía tratarse de un pobre desdichado, el caballero resolvió no perderlo de vista y, como por suerte era capaz de ver en la oscuridad, lo siguió hasta una miserable casucha. Allí, dio un paso decidido y llamó a la puerta. El ladrón le abrió casi de inmediato. Y, para sorpresa del caballero, se arrojó a sus pies y le pidió perdón en nombre de su indigente familia, cuya miseria lo había arrastrado a semejante acto.

–Buen hombre –dijo el caballero–, no te alarmes. No he venido a hacerte ningún daño, sino por curiosidad. Quería saber los motivos de tu acto. Déjame ver ahora por quiénes arriesgas tu vida.

Vio entonces una escena miserable: andrajos, un jergón de paja, una madre pálida y angustiada, y unos niños salvajes, medio hambrientos, que a gritos pedían un mendrugo de pan. El caballero no paraba de sacudir la cabeza y no puedo evitar algunas lágrimas. Por fin le dijo al padre de familia: «Te he traído mi monedero, quédatelo». Y se marchó del lugar.

Luigi Sanvitale. Relato incluido en ✅ Los cuentos más breves del mundo. De Esopo a Kafka. Edición de Eduardo Berti .

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