Sobre ‘Anatomía de un dandy’ (Miguel A. Zapata)

Francisco Umbral (1932-2007) fue uno de los autores españoles más importantes de la segunda mitad del pasado siglo. No es de extrañar, pues, que sean precisamente los escritores quienes hayan interiorizado con mayor intensidad la película documental Anatomía de un dandy.

Hace poco reproducíamos las reflexiones de Antonio Báez sobre el citado documental, enfocado en la vida y obra del escritor vallisoletano afincado en Madrid. Hoy es Miguel A. Zapata, autor de libros de cuentos (Voces para un tímpano muerto, Esquina inferior del cuadro…) y novelas (Arquitectura secreta de las ruinas…), quien comparte con nosotros unas líneas sobre el documental y, de paso, sobre su propia vida, entregado como estaba en el tiempo retratado a masticar la paternidad, la docencia y las tartas de zanahoria en la cafetería de La Casa Encendida mientras se sumergía en la exquisita prosa poética del Umbral columnista.

Sobre Anatomía de un dandy (Miguel Ángel Zapata)

Recuerdo un año especialmente difícil pero ilusionante también, cuando nació mi hijo, ambas cosas (ansiedad y gozo) por razones que no vienen al caso. Daba clases en el IES Cervantes, un instituto con mucho charme pero en el que me sentía bastante solo a pesar de la admirable cercanía de mis compañeros. A veces, el espacio y la carne no bastan, ya sabéis.

Solía irme en las horas libres a La Casita, la cafetería de La Casa Encendida, que me pillaba a dos minutos de las aulas. Atravesaba la Ronda de Valencia como se atraviesa un cordón umbilical para llegar a una madre. Y leía. Comía tarta de zanahoria y leía. Bebía café con leche con ánimo de opositor a secretario judicial y leía.

Una mañana de esas me encarnicé con las columnas periodísticas de Umbral recogidas en ‘El tiempo reversible’, el espléndido volumen editado por Círculo de Tiza. Y caían como pipas sin cáscara, todo sustancia, una, otra, otra más, Los placeres y los días, Spleen de Madrid, Diario de un snob. Acababa de salir yo de un libro duro, la experiencia trágicamente autobiográfica de un amigo, y era una piedra pómez, esponjado y amorfo, incapaz de escribir, sólo lector, huidizo de cosas y casos.

Pero a veces, los lunes o un miércoles de esos con sacarina en las horas, a veces, milagro. Las columnas de Umbral me restituyeron poco a poco cierta luz que sólo alcanzaba cerca de mi familia, cuando podía estar con ellos, y ya el aire de las clases no se llenaba de cristales rotos y los compañeros dejaban de ser espectros amenazantes o cobradores del frac. Él, que era sólo una llaga abierta, todo dolor mortal y rosa, rezumaba vida y alegría y chisporroteo sensual en esos espacios acotados, esos livianos edificios que eran sus columnas para ABC, El Mundo o El País.

Lo recuerdo ahora viendo Anatomía de un dandy, el documental inédito sobre el genio giocondo, arborescente, ninfático. Existen seres que pueden habitar el dolor abriendo en él extraños salones de belleza y gozadera de vivir. Umbral, como un saltador de longitud hiciera antes, me salvó la vida, tan extrañas son mis redenciones. No podía ser de otra forma cuando uno vive salpimentado en letras.

Miguel A. Zapata (Entrevista en Narrativa Breve)

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