El acceso a la cultura de un padre en apuros

Con el nacimiento de los niños (Chico tiene ahora 8 años y señor Mario, 6), mi vida ha cambiado radicalmente. No voy a abundar en lo ya narrado en alguna que otra ocasión; me limitaré, a modo de ejemplo, a contar cómo es mi acceso, hoy día, a la oferta cultural.

1. Debido a mi circunstancia, tengo más facilidad para escuchar libros que para leerlos (en papel o incluso en pantalla). Puedo escuchar libros mientras hago otras cosas: pasear a Betty, fregar los platos, viajar en el coche o tratar de conciliar el sueño.

2. Apenas voy al cine: tres o cuatro veces al año, como mucho (aunque me encantaría ir a diario).

3. Veo películas en casa, pero rara vez lo hago de un tirón. Son tantas las interrupciones, tantas las obligaciones, que una película de 90 minutos se me antoja una eternidad. Las películas de Terrence Malick (las estoy viendo todas, una tras otra), al ser tan largas, me exigen dos o tres sentadas (me niego a estirar el chicle hasta cuatro). Así que para definir qué me ha parecido una película, debo calcular la suma de las impresiones recibidas durante esas sentadas.

Papi, un cuento, síndrome de Down
Francisco Rodríguez «Chico»

4. Escribo exclusivamente en las cafeterías, un lugar donde no me conozca nadie y donde, por tanto, nadie pueda molestarme. (Mi casa es ahora territorio comanche a la hora de desarrollar una actividad creativa). Así he escrito mi última novela: en la cafetería frente al gimnasio al que acuden mis hijos, sábados y domingo, durante hora y media. Podría decirse, pues, que he escrito una “novela de fin semana”. (Si no existiere el término, me lo quedo).

5. No voy a las presentaciones de libros ni a ningún acto cultural. De hecho, ni siquiera presento mis libros.

6. Conclusión 1: Accedo a la cultura a salto de mata. La otra opción, no acceder a ella, sería mucho peor.

7. Conclusión 2: Esta os la dejo para vosotros. 🙂

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo

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