Relato corto de Olegario Lazo Baeza: El padre

Cuando el abuso, el maltrato, la discriminación, el desprecio llegan de la mano de un extraño, duele, pero cuando la invicta viene de un familiar, de un hermano, de un hijo (increíble), nos destroza, nos pulveriza, y nos hace descender a los «quintos infiernos». Este es el caso patentado por la pluma de un escritor reconocido a plazos, en esta larga y angosta faja de tierra llamada Chile. Hablamos de don Olegario Lazo Baeza.

El autor de este cuento estremecedor nació en el pueblo de San Fernando, al sur de Santiago en, 1878. Es curioso, porque un año antes estallaba en este territorio la guerra del Pacífico, un conflicto bélico entre Bolivia, Perú y Chile, combustionado por los intereses económicos de Estados Unidos, Inglaterra y otras potencias capitalistas, interesadas en la explotación del salitre y otros ricos minerales guardados bajo el suelo cercanos al Desierto de Atacama. El joven Olegario sintió desde sus tempranos años una atracción por la disciplina y el mando. Fue militar de profesión, casado con la también escritora Sara Jarpa. Sirvió en diversas destinaciones como oficial de Ejército entre 1898 y 1917. Retirado de las filas uniformadas con el grado de general, desempeñó labores diplomáticas: fue sucesivamente cónsul en España, Inglaterra y Francia.

Además de sus libros sobre temas militares, escribió colecciones de cuentos como Cuentos militares (1922), Nuevos cuentos militares (1924), Hombres y caballos (1951) o Complot (1957). Singular y casi exclusivo cultivador del relato castrense, sobre todo acerca de soldados y caballos, sus cuentos son de factura sencilla, pero geniales y en muchos casos conmovedores. De entre ellos destaca este clásico, «El padre», incluido en Nuevos cuentos militares.

Su novela El postrer galope (1944), sobre el ambiente en Tacna inmediatamente después de la ocupación chilena, fue llevada al cine. En 1960 ingresó en la Academia Chilena de la Lengua. Falleció en 1964

Ernesto Bustos Garrido, periodista formado en la Universidad de Chile, profesor en la misma casa de estudios, Universidad Católica y Universidad Diego Portales, cronista  por 40 años de diarios y comentarista en radio y televisión. Director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. Secretario de prensa de la Presidencia de la República y de la Rectoría de la U. de Chile y gerente de RR.PP. de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. Editor/propietario de la Revista Solo Pesca y Cazar y Pescar. Reside en la localidad de Los Vilos, Cuarta Región, Chile y se dedica a escribir. Ha ganado últimamente dos concursos literarios.

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El padre | Cuento de Olegario Lazo Baeza

Un viejecito de barba blanca y larga, bigotes enrubiecidos por la nicotina, manta lacre, zapatos de taco alto, sombrero de pita y un canasto al brazo, se acercaba, se alejaba y volvía tímidamente a la puerta del cuartel. Quiso interrogar al centinela, pero el soldado le cortó la palabra en la boca, con el grito:

–¡Cabo de guardia!

El suboficial apareció de un salto en la puerta, como si hubiera estado en acecho.

Interrogado con la vista y con un movimiento de la cabeza hacia arriba, el desconocido habló:

–¿Estará mi hijo?

El cabo soltó la risa. El centinela permaneció impasible, frío como una estatua de sal.

–El regimiento tiene trescientos hijos, falta saber el nombre del suyo –repuso el oficial.

–Manuel… Manuel Zapata, señor.

El cabo arrugó la frente y repitió, registrando su memoria.

–¿Manuel Zapata…? ¿Manuel Zapata…?

Y con tono seguro.

–No conozco ningún soldado de ese nombre.

El paisano se irguió sobre las gruesas suelas de sus zapatos, y sonriendo irónicamente.

–¡Pero si no es soldado! Mi hijo es oficial, oficial de línea.

El trompeta, que desde el cuerpo de guardia oía la conversación, se acercó, codeó al cabo diciéndole por lo bajo:

–Es el “nuevo”; el recién salido de la Escuela.

–¡Diablos! El que nos “palabrea” tanto…

El cabo envolvió al hombre en una mirada investigadora, y como lo encontró pobre, no se atrevió a invitarlo al casino de oficiales. Lo hizo pasar al cuerpo de guardia.

El viejecito se sentó sobre un banco de madera y dejó su canasto al lado, al alcance de su mano. Los soldados se acercaron, dirigiendo miradas curiosas al campesino e interesadas al canasto. Un canasto chico, cubierto con un pedazo de saco. Por debajo de la tapa de lona empezó a picotear, primero, y a asomar la cabeza después, una gallina de cresta roja y pico negro abierto por el calor.

Al verla, los soldados palmotearon y gritaron como niños:

–¡Cazuela! ¡Cazuela!

El paisano, nervioso por la idea de ver a su hijo, agitado por la vista de tantas armas, reía sin motivo y lanzaba atropelladamente sus pensamientos:

–¡Ja, ja, ja!… Sí. Cazuela…, pero para mi niño.

Y con su cara sombreada por una ráfaga de pesar, agregó:

–¡Cinco años sin verlo…!

Más alegre, rascándose detrás de la oreja:

–No quería venirse a este pueblo. Mi patrón lo hizo militar. ¡Ja, ja, ja…!

* * *

Uno de guardia, pesado y tieso por la bandolera, el cinturón y el sable, fue a llamar al teniente.

Estaba en el picadero, frente a las tropas en descanso, entre un grupo de oficiales. Era chico, moreno, grueso, de vulgar aspecto.

El soldado se cuadró, levantando tierra con sus pies al juntar los tacos de sus botas, y dijo:

–Lo buscan…, mi teniente.

No sé por qué fenómeno del pensamiento, la encogida figura de su padre relampagueó en su mente…

Alzó la cabeza y habló fuerte, con tono despectivo, de modo que oyeran sus camaradas:

–En este pueblo… no conozco a nadie…

El soldado dio detalles no pedidos:

–Es un hombrecito arrugado, con manta…Viene de lejos. Trae un canastito…

Rojo, mareado por el orgullo, llevó la mano a la visera:

–Está bien… ¡Retírese!

La malicia brilló en la cara de los oficiales. Miraron a Zapata… Y como éste no pudo soportar el peso de tantos ojos interrogativos, bajó la cabeza, tosió, encendió un cigarro, y empezó a rayar el suelo con la contera de su sable.

A los cinco minutos vino otro de guardia. Un conscripto muy sencillo, muy recluta, que parecía caricatura de la posición de firmes. A cuatro pasos de distancia le gritó, aleteando con los brazos como un pollo.

–¡Lo buscan, mi teniente! Un hombrecito del campo… Dice que es el padre de su mercé…

Sin corregir la falta de tratamiento del subalterno, arrojó el cigarro, lo pisó con furia y repuso:

–¡Váyase! Ya voy…

Y para no entrar en explicaciones, se fue a las pesebreras.

El oficial de guardia, molesto con la insistencia del viejo, insistencia que el sargento le anunciaba cada cinco minutos, fue a ver a Zapata.

* * *

Mientras tanto, el pobre padre, a quien los años habían tornado el corazón de hombre en el de niño, cada vez más nervioso, quedó con el oído atento. Al menor ruido, miraba hacia fuera y estiraba el cuello, arrugado y rojo como cuello de pavo. Todo paso lo hacía temblar de emoción, creyendo que su hijo venía a abrazarlo, a contarle su nueva vida, a mostrarle sus armas, sus arreos, sus caballos…

El oficial de guardia encontró a Zapata simulando inspeccionar las caballerizas. Le dijo, secamente, sin preámbulos…

–Te buscan… Dicen que es tu padre.

Zapata, desviando la mirada, no contestó.

–Está en el cuerpo de guardia… No quiere moverse…

Zapata golpeó el suelo con el pie, se mordió los labios con furia y fue allá.

Al entrar, un soldado gritó:

–¡Atenciooón!

La tropa se levantó rápida como un resorte. Y la sala se llenó con ruido de sables, movimientos de pies y golpes de taco.

El viejecito, deslumbrado con los honores que le hacían a su hijo, sin acordarse del canasto y de la gallina, con los brazos extendidos, salió a su encuentro. Sonreía con su cara de piel quebrada como corteza de árbol viejo. Temblando de placer, gritó:

–¡Mañungo! ¡Mañunguito…!

El oficial lo saludó fríamente.

Al campesino se le cayeron los brazos. Le palpitaban los músculos de la cara.

El teniente lo sacó con disimulo del cuartel. En la calle le sopló al oído:

–¡Que ocurrencia la suya!… ¡Venir a verme!… Tengo servicio… No puedo salir.

Y se entró bruscamente.

El campesino volvió a la guardia, desconcertado, tembloroso. Hizo un esfuerzo, sacó la gallina del canasto y se la dio al sargento.

–Tome, para ustedes, para ustedes solos.

Dijo adiós y se fue arrastrando los pies, pesados por el desengaño. Pero desde la puerta se volvió para agregar, con lágrimas en los ojos:

–Al niño le gusta mucho la pechuga. ¡Delen un pedacito!…

Olegario Baeza, en Nuevos cuentos militares (1924), Santiago de Chile, Nascimiento (s.a.), págs. 218-225.

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