Reseña de «frontera, mi frontera», de Jaime Covarsí

El regreso del héroe al hogar puede ser augurio de buena literatura. Así lo demostraron el retorno de Ulises en la Odisea de Homero; el de la millonaria Clara Zachanassian a Güllen, el pueblo de su infancia, en La visita de la vieja dama, de Friedrich Dürrenmatt; o el del general Antonio Gonçalves, personaje de frontera, mi frontera, a la villa que un día llevó su nombre.

Jaime Covarsí, filólogo y autor de novelas (El bastón de avellano, El mal necesario) y de relatos (Mano a mano, Entrecalles), nos ofrece en este libro, recientemente publicado por la editorial emeritense de la luna Libros, una nueva historia sobre el retorno. En este caso, el personaje principal sobre el que gira la narración es el general Gonçalves, que vuelve veinte años después a Santa María del Cerro Alto.

Los hechos nos llegan de la mano de uno de sus hombres, su secretario y albacea, Carlos Premier, quien participara en el ataque del ejército comandado por el general al pueblo, que marcaría –y de qué manera– ese tiempo nuevo del que algunos hablaban. Como testimonio de su poder, el general levantó una mansión en el cerro, desde donde, amo y señor, divisaba los confines de sus dominios, incluidos el valle oscuro y el río negro.

El lugar, desolado e inhóspito, nos recuerda a El llano en llamas, de Juan Rulfo.

“Antes de que las tropas del general se hicieran con la villa aquella noche negra y aciaga, más del cerro no había nada. Ningún signo de civilización, ni un pobre camino, ni una trocha de cazadores siquiera. Era difícil precisar adónde podía parar aquel paraje desconocido cuya abundante vegetación crecía muerta y apagada en cualquier época del año”.

frontera, mi frontera, de la luna libros, 2021, p. 56

Un lugar, un territorio trágico donde vamos conociendo en pequeñas dosis, casi a pinceladas, a sus personajes más insignes: las modernas hermanas Gálvez, que abrieron una casa-escuela para mujeres; Antonio Leal (el cura); Aurelia, “madre fundacional” que amamantaba con su calostro a todos los niños nacidos tras las violaciones cometidas por los soldados; el capellán Manuel Saldaña; el propio narrador, el fiel Carlos Premier; o, en segundo plano pero dominándolo todo desde su ausencia, el general que regresa a la villa, en opinión de su albacea, con la intención de morir.

La trama se articula en al menos tres planos temporales: el presente en el que Carlos Premier recibe una nota imprecisa y escueta del general en la que le avisa de su regreso, lo cual motiva que Premier se dirija cada día a la estación de trenes esperando que llegue el general; el pasado en el que el ejército de Gonçalvez asoló el pueblo; y un nuevo presente, más avanzado que el primero, en el que el general llega en tren a la estación. Entre unos y otros, hay nuevos saltos en el tiempo, que se ven aderezados con la recurrencia a reformular escenas ya narradas, o al menos sugeridas, ahora con datos complementarios.  

Frontera, mi frontera es, en fin, una novela con cierto regusto latinoamericano servida en pequeñas piezas de puzle que el lector debe ir recomponiendo, fragmento a fragmento, para interiorizar un paisaje y un paisanaje que parecen condenados a la violencia y la deshumanización, y donde solo al final encontramos una pequeña parcela para el perdón.  

En definitiva, una buena novela, con buenas hechuras, bien hilada y bien escrita, que nos guía por en un mundo de desolación y fatalidad.

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs como Narrativa Breve o Señor Breve.

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