Microrrelatos

Microrrelatos, microcuentos, relatos ultrabreves, relatos muy breves, relatos de bolsillo, hiperbreves, microficciones, relatos relámpago, cuentos mínimos, relatos bonsái…

Damos prioridad al nombre de “microrrelato”, pero llamadlos como queráis. Lo que podéis encontrar aquí son eso: gemas narrativas que concentran su propuesta literaria en muy pocas palabras.

Disfrútalas. Nuestro objetivo es seguir trabajando en esta página para ofrecerte las mejores narraciones breves de los mejores autores. Y si te gusta esta sección, no dudes en pasarte por el espacio que Modelnos dedica al género del microrrelato.

Microrrelato de Juan Ramón Santos: Los martes, mercado

Como cada martes los dos jóvenes voceaban la calidad de la fruta, el frescor de la verdura y agasajaban gentiles a las clientas con fresas, cerezas o gajos de mandarina mientras ella veía pasar la mañana cruzada de brazos, sintiendo cómo sus propios artículos, imperceptible pero irremediablemente, se pudrían en las banastas y cómo el alma se le iba emponzoñando con cada cliente que pasaba delante sin llegar a echarle un vistazo al género, derecho hacia el puesto vecino. Y así todos los martes. Por más que se devanaba los sesos, no alcanzaba a entender cómo, estando tan cerca, justo al lado del puesto de esos muchachos, siempre tan abarrotado, siempre con tantísima cola, nadie, ni siquiera alguien con prisa, pareciese reparar en su pequeño tenderete, en su inmaculada fruta, en su excelente verdura, tan brillante, tan lozana, tan perfectamente colocada en sus cajitas, y se la llevaban los demonios. Por eso a última hora, cuando, mientras todos estaban recogiendo, todavía llegó aquella mujer tan fina, tan elegante, con tanta clase, y comenzó a hacer en el puesto de al lado el mayor pedido del día, lo que le parecía por momentos el mayor pedido de la historia del mercado, cuando ya le habían llenado seis o siete bolsas de plástico a rebosar y aún añadió, Y ponme también unas endivias, no pudo evitar, aprovechando que el que la estaba atendiendo se apartaba un poco y que el otro andaba buscando cualquier cosa en la furgoneta, chistarle a la mujer y, entre dientes, advertirle, La endivia es muy mala.

Incluido en Cuaderno escolar .

Cuatro microrrelatos de Juan Ramón Santos

Minicuento de Óscar Acosta: El vengador

El Cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija. Los dioses mayas le presagiaron que su hermano saldría de la tumba a vengarse, y el fraticida, temeroso, abrió dos años después el recipiente para asegurarse que los restos estaban allí. un fuerte viento levantó las cenizas, cegándolo para siempre.

Minicuento de R.F. Burton: La obra y el poeta

El poeta hindú Tulsi Das compuso la gesta de Hanuman y de su ejército de monos. Años después, un rey lo encarceló en una torre de piedra. En la celda se puso a meditar y de la meditación surgió Hanuman con su ejército de monos y conquistaron la ciudad e irrumpieron en la torre y lo libertaron.

Historia ultrabreve de Sa’di de Shiraz: Zorro quisquilloso

El zorro huía en tal estado que a cada momento se caía y se volvía a levantar. Alguien le preguntó:

—¿Qué calamidad te ha sucedido para tener tanto miedo?

—He oído que subyugan a los camellos —contestó.

—¡So tonto! ¿Qué tienes que ver tú con el camello y en qué te asemejas a él?

Entonces contestó:

—Calla, que si los envidiosos dijeran de mí que soy un camello y fuese atrapado, ¿quién se molestaría en averiguar la verdad de mi identidad para liberarme?

Microrrelato de José María Méndez: Ernesto el embobado

Elena Estévez —española extremeña— era extraordinariamente elegante, exquisita. Emanaba efluvios enervantes; evidenciaba energía, espíritu. En escueto elogio: encantaba. Encontrándola empezaba el embrujo. Esto experimentó Ernesto Echegoyén, emigrante europeo, exembajador estoniano. Enamorose.

Encontrábase entonces Ernesto en el Ecuador, en “El Exeter”. Ella emergió en el espejo, esplendorosa, escotada, envuelta en encajes. Efectivamente estaba en escalera.

Enardecido, exaltado, Ernesto empezó espetándole exabruptamente escandaloso exordio:

—¡Escaso ejemplar!

Ella, endiabladamente elástica, escapó, envolviéndolo en enigmático ensueño. Ernesto estaba ebrio, en eclipse, en el Edén.

Elenita empezó esquivándolo. Empero enseguida entendiéronse. Escarceos en esquinas. Enternecidas epístolas. Enojos, explicaciones. Ensueños, éxtasis, etcétera.

Epílogo: enlace.

Microficción de Sam Shephard: Nosotros y los dinosuarios

En Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos en servilletas para que los chupase. Estaban saliéndome los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.

Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja que hay detrás del asiento trasero del Plymouth, mirando las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.

Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un círculo de enormes dinosaurios de yeso blanco. No era un pueblo. Simplemente los dinosaurios iluminados desde el suelo por unos focos.

Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta parda del ejército. Tarareaba una canción lenta. Creo que era “Peg a´My Heart”. La tarareaba bajito, para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí.

Serpenteamos lentamente por entre los dinosaurios. Por entre sus patas. Bajo sus tripas. Describimos círculos en torno al Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex. Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.

No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios.

2 relatos cortos de Sam Shepard

Cuento mínimo de Álvaro Yunque: La obra maestra

El mono tomó un tronco de árbol, lo subió hasta el más alto pico de una sierra, lo dejó allí, y cuando bajó al llano, explicó a los demás animales:

–¿Ven aquello que está allá? ¡Es una estatua, una obra maestra! La hice yo.

Y los animales, mirando aquello que veían allá en lo alto, sin distinguir bien qué fuere, comenzaron a repetir que aquello era una obra maestra. Y todos admiraron al mono como a un gran artista. Todos menos el cóndor, porque el cóndor era el único que podía volar hasta el pico de la sierra y ver que aquello sólo era un viejo tronco de árbol. Dijo a muchos lo que había visto, pero ninguno creyó al cóndor, porque es natural en el ser que camina no creer al que vuela.

Microcuento de Manuel Peyrou: La confesión

En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.

Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.

Microrrelato de Voltaire: El enigma

El gran mago planteó esta cuestión:

–¿Cuál es, de todas las cosas del mundo, la más larga y la más corta, la más rápida y la más lenta, la más divisible y la más extensa, la más abandonada y la más añorada, sin la cual nada se puede hacer, devora todo lo que es pequeño y vivifica todo lo que es grande?

Le tocaba hablar a Itobad. Contestó que un hombre como él no entendía nada de enigmas y que era suficiente con haber vencido a golpe de lanza. Unos dijeron que la solución del enigma era la fortuna, otros la tierra, otros la luz. Zadig consideró que era el tiempo.

–Nada es más largo, agregó, ya que es la medida de la eternidad; nada es más breve ya que nunca alcanza para dar fin a nuestros proyectos; nada es más lento para el que espera; nada es más rápido para el que goza. Se extiende hasta lo infinito, y hasta lo infinito se subdivide; todos los hombres le descuidan y lamentan su pérdida; nada se hace sin él; hace olvidar todo lo que es indigno de la posteridad, e inmortaliza las grandes cosas.

Microrrelato de Marco Denevi: La mujer ideal no existe

Sancho Panza repitió, palabra por palabra, la descripción que el difundo don Quijote le había hecho de Dulcinea.

Verde de envidia, Dulcinea masculló:

–Conozco a todas las mujeres del Toboso. Y le puedo asegurar que no hay ninguna que se parezca ni remotamente a esa que usted dice.

Microrrelato de Rodolfo Lobo Molas: Hiroshima

En segundos todo fue un caos indescriptible. La vida aparentaba haber desaparecido. Ella se sacudió el polvo que la cubría y se levantó de entre las ruinas: sus ojitos azorados vieron el espanto. De pronto asomó otra cucaracha y juntas se escabulleron por entre los escombros.

Microrrelato de Alfonso Sastre: Nagasaki

Me llamo Yanajido. Trabajo en Nagasaki y había venido a ver a mis padres en Hiroshima. Ahora ellos han muerto. Yo sufro mucho por esta pérdida y también por mis horribles quemaduras. Ya sólo deseo volver a Nagasaki con mi mujer y mis hijos. Dada la confusión de estos momentos, no creo que pueda llegar a Nagasaki enseguida, como sería mi deseo; pero sea como sea, yo camino hacia allá. No quisiera morir en el camino. ¡Ojalá llegue a tiempo de abrazarlos!

Microrrelato de Espido Freire: Ángeles

Apostados cada uno en una esquina de la cama le veían cada noche rezar y dormir. Una vez quisieron mostrarse. El niño rompió a gritar y su madre trató de convencerle de que los monstruos no existían. Ellos bajaron la cabeza, avergonzados, y ocultaron su fealdad tras sus alas.

Narración breve de Julita Otxoa: Oto de Aquisgrán

Cuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un agudo ataque de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la corte, que antes de pasar a mejor vida, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo no conocido jamás en ninguna corte imperial.

Microcuento de Javier Puche: La clepsidra

Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

Cuento mínimo de Feng Meng-Lung: El dedo

Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.

–¿Qué más deseas, pues? –le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.

–¡Quisiera tu dedo! –contestó el otro.

Microrrelato de terror de José Leandro Urbina: Padre Nuestro que estás en el cielo

Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza…

–¿Dónde está tu padre? – preguntó

–Está en el cielo –susurró él.

–¿Cómo? ¿Ha muerto? –preguntó asombrado el capitán.

–No –dijo el niño–. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.

El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

EL CARACOL (José Moreno Villa)

Lentamente sube por la rama utilizando los sutiles periscopios de sus cuernecillos táctiles.

¡Tienta, tienta; levanta la cabeza y otea los alrededores! ¿Te hacen falta gemelos de campaña?

Su discurso, intermitente y medroso, dice: “No hay nadie; parece que no hay nadie. Y el piso es firme. ¡Ay! Ya me di en el ojuelo de la antena, que se ha contraído y enfundado en la cabeza. ¿Me verán? No hay nadie. Para escurrirse tácitamente la baba es buena, pero es delatora, aunque el viento la oree. Deja unos cristalillos traicioneros. Me van a descubrir, me van a descubrir. Será mejor ocultarse”.

Y se mete en su concha para que no le vean. Pero el pobre tímido, suspicaz y medidor de movimientos, agítase de tal modo al recluirse, que cae con su cascarón desde el árbol a un banco de cañas, moviendo un ruido hueco y alarmante.

Un chico le coge, le mira y le estrella contra la pared.

José Moreno Villa. Evoluciones: cuentos, caprichos, bestiario, epitafios y obras paralelas. Saturnino Calleja, Madrid, 1918