2 relatos cortos de Óscar Acosta

Hoy volvemos a ofreceros dos buenos cuentos latinoamericanos, en esta ocasión del escritor y político Óscar Acosta (1933-2014), que llegó a ser presidente de la Academia hondureña de la Lengua. En la sección de microrrelatos ya habíamos compartido una de sus minificciones: «El vengador«. Hoy podéis disfrutar de otro microcuento, «La veleta», y del relato corto «El regresivo»:

Tres pinceladas de su buen hacer literario que seguramente no os van a defraudar.

Óscar Acosta fue una persona muy activa dentro del mundo de las letras.  Miembro destacado de la Generación del 50 junto a José Luis Quesada, fundó editoriales, dirigió revistas, editó antologías… amén de escribir sus propios libros. Destacó en el género de la poesía y el cuento. Se da por válido que su libro de relatos El arca (1956), alejado del costumbrismo, abrió nuevas vías de expresión narrativas en la literatura hondureña.

A modo anecdótico, le gustaba que le llamaran «el revistero mayor», tal como hacía la poeta hondureña Clementina Suárez.

Minicuento de Óscar Acosta: La veleta

Un gallo cantó tanto desde una cúpula que importunó a las brujas que en la noche celebraban en un bosque de Hungría hace setecientos años su sexto congreso mundial. Estas lo maldijeron ordenándole quedarse inmóvil y mudo donde estaba. Luego  se olvidaron involuntariamente de él y desaparecieron entre la sombra. Así nació el primer gallo de lata de la historia o sea la veleta.

Cuento de Óscar Acosa: El regresivo

Dios concedió a aquel ser una infinita gracia: permitir que el tiempo retrocediera en su cuerpo, en sus pensamientos y en sus acciones. A los setenta años, la edad en que debía morir, nació. 

Después de tener un carácter insoportable, pasó a una edad de sosiego que antecedía aquella. El Creador lo decidiría así, me imagino, para demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva, sino alterándola, naciendo en la muerte y pereciendo en lo que nosotros llamados origen sin dejar de ser en suma la misma existencia. A los cuarenta años el gozo de aquel ser no tuvo límites y se sintió en poder de todas sus facultades físicas y mentales. Las canas volviéronsele oscuras y sus pasos se hicieron más seguros. Después de esta edad, la sonrisa de aquel afortunado fue aclarándose a pesar de que se acercaba más su inevitable desaparición, proceso que él parecía ignorar. Llegó a tener treinta años y se sintió apasionado, seguro de sí mismo y lleno de astucia. Luego veinte y se convirtió en un muchacho feroz e irresponsable.

Transcurrieron otros cinco años y las lecturas y los juegos ocuparon sus horas, mientras las golosinas lo tentaban desde los escaparates. Durante ese lapso lo llegaba a ruborizar más la inocente sonrisa de una colegiala, que una caída aparatosa en un parque público, un día domingo. De los diez a los cinco, la vida se le hizo cada vez más rápida y ya era un niño a quien vencía el sueño.

Aunque ese ser hubiera pensado escribir esta historia, no hubiera podido: letras y símbolos se le fueron borrando de la mente. Si hubiera querido contarla, para que el mundo se enterara de tan extraña disposición de Nuestro Señor, las palabras hubieran acudido a sus labios en forma de balbuceo.

Antología del cuento hondureño (Jorge Luis Oviedo)


Biografía de Óscar Acota (leer aquí)

José Luis Quesada vuelve de su viaje espiritual (El Heraldo)

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