Cuando Patti Smith conoció al poeta Allen Ginsberg (Éramos unos niños)

En su libro Éramos unos niños (Just Kids, en su título original), Patti Smith recrea su relación personal y artística con el fotógrafo Robert Mappelthorpe. El texto, como no podía ser de otra manera, está lleno de referencias a escritores, músicos, fotógrafos, pintores que, como ellos, trataban de ganarse la vida –los pocos de manera holgada, y la mayoría a duras penas– en un Nueva York efervescente.

Os dejo un breve pasaje de Éramos unos niños en el que Patti Smith, que entonces vivía en precariedad –como el propio Mappelthorpe–, cuenta cómo conoció al gran poeta beatnik Allen Ginsberg en una casa de comidas.

Rebajas
Éramos unos niños (Narrativa)
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“Yo siempre tenía hambre. Enseguida metabolizaba lo que ingería. Robert podía pasarse sin comer mucho más tiempo que yo. Si no teníamos dinero, sencillamente no comíamos. Robert era capaz de funcionar, pese a notarse un poco débil, pero yo me sentía como si fuera a desmayarme. Una tarde de llovizna, se me antojó uno de aquellos sándwiches de queso y lechuga. Rebusqué entre nuestras cosas y encontré cincuenta centavos justos, me puse la trinchera gris y el sombrero de Maiakovski y fui al Automat.

Cogí una bandeja e inserté las monedas, pero la trampilla no se abrió. Volví a intentarlo, en vano, y entonces me di cuenta de que habían subido el precio a sesenta y cinco centavos. Estaba decepcionada, por no decir más, cuando oí una voz que decía: «¿Te ayudo?».

Poeta Allen Ginsberg

Me volví y era Allen Ginsberg. No nos conocíamos, pero era imposible no identificar el rostro de uno de nuestros grandes poetas y activistas. Miré sus penetrantes ojos oscuros, acentuados por su oscura barba rizada, y me limité a asentir con la cabeza. Allen insertó los quince centavos que faltaban y también me invitó a una taza de café. Sin abrir la boca, lo seguí hasta su mesa y empecé a comerme el sándwich.

Allen se presentó. Mientras él hablaba de Walt Whitman, mencioné que me había criado en Camden, donde estaba enterrado el poeta. Entonces se inclinó sobre la mesa y me miró con mucha atención.

–¿Eres una chica? –preguntó.

–Sí –respondí–. ¿Hay algún problema?

Él solo se rió.

–Lo siento. Te había tomado por un chico muy bello.

Lo comprendí de inmediato.

–¿Significa eso que tengo que devolver el sándwich?

–No, disfrútalo. El error ha sido mío.

Me contó que estaba escribiendo una larga elegía para Jack Kerouac, que había muerto hacía poco.

Tres días después del cumpleaños de Rimbaud –dije. Le estreché la mano y nos separamos.

Al cabo de un tiempo, Allen se convirtió en mi buen amigo y maestro. A menudo recordábamos nuestro primer encuentro y en una ocasión cómo describiría la forma en que nos conocimos. «Yo diría que me diste de comer cuando tenía hambre», respondí. Y era verdad.

Patti Smith, Éramos unos niños , Lumen, 2020, pp. 136-137.

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