Relato corto de Pilar Galán: Ventanitas y bigoteras

En esta travesía de narrativa en pequeñas píldoras, celebramos hoy la compañía de Pilar Galán, una de las voces más acreditadas de la literatura extremeña. Y lo celebramos con un relato corto memorable: «Ventanitas y bigoteras», cuento del que preferimos no anticipar nada para no romper su encanto y su final climático.

Pilar Galán ha ganado numerosos certámenes literarios, es profesora de talleres de escritura, columnista de El Periódico de Extremadura y un activo permanente en la difusión de las letras.

Es autora de novelas, cuentos, microrrelatos, y en su bibliografía destacan libros como Paraíso posible, Ni Dios mismo, Tecleo en vano o Diez razones para estar en contra de la Perestroika.

Relato corto de Pilar Galán: Ventanitas y bigoteras

Siempre ha sido muy perezosa para pintar, y se distrae mucho. Se le van los ojos detrás de una mosca, dice la señorita. Lo que no le ha dicho a la señorita es que tiene también moscas dentro de los ojos, puntitos negros que se mueven sin orden ni concierto y la entretienen mucho. Si agita la cabeza, como si asintiera, los puntitos se reparten de otra forma, y a veces se vuelven amarillos. Ha aprendido que hay cosas que es mejor callar, como que la de al lado chupa los lápices y se come los rotuladores, por eso le enseña una lengua verde y larga, asquerosa, que se parece a la iguana que ven algunas tardes en la televisión, mientras las demás dormitan. Otras veces es roja, incluso una vez fue azul. Es entretenido mirarla, pero no hay que olvidar que lo importante es no salirse de los bordes, y que no se pueden dejar ventanitas ni bigoteras, esos rayones que se empeñan en sobrepasar las líneas negras, tan gorditas. La mañana se hace interminable, y entra una luz de manteca que le va cerrando poco a poco los ojos. Sueña con crecer y con jugar en el patio de mayores y en pintarse los labios como mamá, poniendo boca de o delante del espejo. Cuando despierta, sobresaltada, mira a su alrededor sin comprender lo que ve, ni reconocer a sus compañeras, ni siquiera cuando la señorita la agarra de la mano, la regaña por el dibujo sin terminar y la lleva a su habitación. Allí, delante del espejo, la esperan agazapadas en las comisuras de su boca todas las ventanitas, todas las bigoteras,  todas las oes amarillas del pergamino de sus noventa y tres años.

Pilar Galán

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