Relato corto de Thomas Mann: La muerte de Joachim

La enfermera protestante era un alma prosaica. Sola en la habitación, con Hans Castorp y con el enfermo que no dormía nada, que se hallaba tendido de espaldas con los ojos entreabiertos, era capaz de decir:

–No, verdaderamente no me hubiese imaginado nunca que sería un día llamada a cuidar a uno de estos señores hasta su muerte.

Hans Castorp, espantado, le mostró los puños con una expresión salvaje, pero ella comprendió apenas lo que quería decirle, bien lejos, y con razón, del pensamiento de que convenía tener consideración a Joachim, y con un espíritu mucho más objetivo para suponer que alguien, y con mucha razón el principal interesado, pudiese hacerse ilusiones sobre el carácter y el final de este caso.

–Tome –decía ella, vertiendo el agua de Colonia en el pañuelo y manteniéndolo bajo la nariz de Joachim–, dese usted todavía un poco de buena vida, señor teniente.

Y, en efecto, hubiese sido entonces poco razonable querer engañar al buen Joachim, a menos que no fuese para ejercer sobre él una influencia tonificante, como la señora Ziemseen intentaba hacer cuando hablaba en voz alta y emocionada de la curación de su hijo. Pues dos cosas estaban claras, y uno no podía equivocarse. Primera: que Joachim iba a la muerte con toda conciencia, y segunda: que lo hacía en paz consigo mismo y satisfecho de sí. Solo en la última semana, a fines de noviembre, cuando la debilidad del corazón se hizo sensible, se dejó llevar durante horas enteras, por esperanzas consoladoras respecto a su estado. Hablaba entonces de su vuelta próxima al regimiento y de la parte que tomaría en las grandes maniobras que creía continuaban todavía.
Fue precisamente en este momento cuando el consejero Behrens renunció a dar esperanzas algunas a sus parientes y declaró que el fin no era más que cuestión de horas.

Es un fenómeno tan melancólico como fatal el de esa ilusión olvidadiza y crédula en la que caen incluso las almas viriles durante el período o proceso destructor que se aproxima a su fin; fenómeno impersonal, normal y más fuerte que toda conciencia individual en la misma medida que la tentación de sueño que seduce al hombre que va a morir de frío, o del error del extraviado que va girando en círculos sobre sus propios pasos.

Hans Castorp, a quien la pena y el desgarramiento de su corazón no impedían considerar este fenómeno con objetividad, hacía consideraciones torpemente expresadas, pero lúcidas en sus conversaciones con Naptha y Settembrini, cuando les daba cuenta del estado de su pariente, e hizo caer sobre él la censura de este último cuando dijo que el concepto corriente según el cual la credulidad filosófica y la confianza en el bien eran testimonio de salud, mientras que el pesimismo y la severidad respecto al mundo serían un signo de enfermedad, reposaba, con toda apariencia, sobre un error; si no fuese así, el estado final y desesperado no podía favorecer un optimismo inquietante, respecto al cual el humor sobrio que había precedido aparecía como una manifestación de la vida sana y vigorosa. A Dios gracias, pudo al mismo tiempo comunicar a sus compasivos amigos que dejaba subsistir una esperanza en el seno mismo de esta situación desesperada, profetizando, a pesar de la juventud de Joachim, un exitus dulce y sin sufrimiento.

–Un idílico asunto del corazón, querida señora –decía, estrechando la mano de Luisa Ziemssen entre sus dos enormes manos en forma de palas, y mirándola con sus ojos lacrimosos e inyectados de sangre–. Esto me produce un gran placer, me satisface extraordinariamente que eso vaya tomando un curso cordial, si puede decirse así y que no haya necesidad de esperar el edema de la lengua y otras viles cosas. De esta manera se evitará mucho jaleo. El corazón cede rápidamente, tanto mejor para él y tanto mejor para nosotros que podemos cumplir nuestro deber con la jeringa del alcanfor, sin mucho peligro de exponerle todavía a complicaciones prolongadas. Dormirá mucho al final y tendrá sueños agradables, eso es lo que creo poder prometerle, y si en último caso no consigue precisamente dormir, tendrá, a pesar de todo, una muerte corta y sin dolores, le será completamente indiferente, créame. En el fondo, pasa casi siempre así. Conozco la muerte, soy uno de sus viejos empleados; créame, se la sobreestima. Puedo decírselo: no es casi nada. Pues todo lo que de cosas desagradables, en cierta circunstancia, precede a ese instante en cuestión, no puede ser considerado como formando parte de la muerte, es lo que hay de más vivo y puede conducir a la vida y a la curación. Pero de la muerte, nadie que volviese de ella podría decir que vale la pena, pues no se la vive. Salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas. Entre esos dos instantes hay cosas vividas, pero nosotros no vivimos ni el principio ni el fin, ni el nacimiento ni la muerte; no tienen carácter subjetivo; como acontecimiento, no se hallan más que el dominio de lo objetivo. Así pasa la cosa.

Tal era la manera de consolar del consejero. Y sus seguridades se confirmaron, en efecto, bastante exactamente. Joachim, debilitado, durmió largas horas durante sus últimos días; soñó también todo lo que era agradable soñar, es decir, suponemos que vio en sueños el país llano y la vida militar, y cuando se despertaba y le preguntaban cómo se encontraba, contestaba siempre, aunque indistintamente, que se sentían bien y feliz, a pesar de que apenas tuviese pulso y no sintiese casi el pinchazo de la jeringa de inyecciones. Su cuerpo habíase vuelto insensible, le hubiesen podido quemar y pellizcar sin que eso interesara para nada al buen Joachim.

A pesar de esto, desde la llegada de su madre se operaron grandes cambios en él. Como le resultaba muy penoso el afeitarse y había dejado de hacerlo desde hacía ocho o diez días, su rostro estaba ahora encuadrado en una especie de collar de barba negra, de una barba de guerrero como la que los soldados se dejan crecer en campaña y que, según opinión de todos, le daban una belleza viril. Sí, Joachim, de joven se había convertido en un hombre maduro a causa de esa barba, y sin duda no solamente a causa de ella. Vivía de prisa, como un mecanismo de reloj que se estropea, franqueaba al galope las edades que no le era concedido alcanzar en el tiempo, y durante las últimas veinticuatro horas se convirtió en un anciano. La debilidad de su corazón le producía una hinchazón en el rostro, lo que daba a Hans Castorp la impresión de que la muerte debía ser, por lo menos, un esfuerzo muy penoso, a pesar de que Joachim, gracias a los frecuentes eclipses de su conciencia, no parecía darse cuenta. Esta hinchazón alcanzaba principalmente a los labios, y a la sequedad o el enervamiento del interior de la boca contribuía visiblemente a que Joachim balbucease como un viejo, cosa que le irritaba. Si no hubiese tenido esa molestia, decía balbuceando, todo hubiera ido bien, pero eso constituía una fastidiosa contrariedad.

Lo que quería decir al manifestar que “todo hubiera ido bien” no estaba muy claro. La tendencia de su estado al equívoco aparecía de una manera impresionante. Más de una vez dijo cosas de doble sentido. Parecía saber y no saber, y declaró una vez, visiblemente sacudido por un escalofrío de agotamiento, moviendo la cabeza y con una cierta contrición, que “jamás se había sentido tan mal afinado”.

Luego su actitud se hizo distante, severa, inabordable, incluso incivil; no se dejaba impresionar por ninguna ficción ni por ningún paliativo, ni contestaba; miraba ante él con un aire ausente. Sobre todo después que el joven pastor, que Luisa Ziemssen había hecho llamar y que, con gran sentimiento de Hans Castorp, no llevaba alzacuello almidonado, sino sencillamente un pequeño cuello, hubo rezado con él, su actitud adquirió un empaque oficial y no expresó sus deseos más que bajo la forma de breves órdenes.

A las seis de la tarde manifestó una manía chocante. Con la mano derecha, cuya muñeca se hallaba más ceñida por un pequeño brazalete, se frotó repetidas veces la región de la cadera, elevando un poco la mano y luego arrastrándola hacía él, sobre la colcha, con un gesto de rascar, como si atrajese o recogiese algo.

A las siete murió. Alfreda Schidlknecht se encontraba en el comedor, y estaban únicamente presentes la madre y el primo. Joachim se había hundido en la cama y ordenó brevemente que le alzasen. Mientras que la señora Ziemssen enlazaba con su brazo la espalda de su hijo, obedeciendo esa orden, dijo este con apresuramiento que inmediatamente debía redactar y enviar una solicitud de prolongación de su permiso. Mientras decía eso, el “breve tránsito” se realizó, observado por Hans Castorp con recogimiento, a la luz de la lamparilla de la cabecera, velada con una pantalla roja. Los ojos giraron, la inconsciente tensión de sus facciones desapareció, la penosa hinchazón de los labios se desvaneció rápidamente, y el mudo rostro de nuestro Joachim recobró la belleza de una juventud viril.

Todo había terminado.

Luisa Ziemssen volvió la cabeza llorando, y fue Hans Castorp quien, con la yema del anular, cerró los párpados de aquel que ya no tenía respiración ni movimiento, y fue él quien unió suavemente sus manos sobre la colcha. Luego Hans Castorp lloró, dejó resbalar sobre sus mejillas las lágrimas que habían quemado al oficial de la marina inglesa, ese líquido claro que mana en todas partes del mundo tan abundante, tan amargamente y a toda hora, hasta el punto de que se ha dado al valle terrestre un nombre poético que recuerda ese producto alcalino y salado de las glándulas, que el trastorno nervioso de un dolor que nos traspasa, tanto el dolor físico como el moral, arranca a nuestro cuerpo. Sabía que ese líquido contenía igualmente un poco de mucina y de albúmina.

Llegó el consejero, avisado por la hermana Berta. Media hora antes había estado ya ahí dando al moribundo una inyección de alcanfor; no estuvo ausente más que en el instante del “breve tránsito”.

–Este ya está listo –dijo simplemente, separando su estetoscopio del pecho silencioso de Joachim. Y estrechó las manos de los dos parientes, haciéndoles un signo con la cabeza. Luego permaneció todavía un instante con ellos, contemplando el rostro inmóvil del cadáver, encuadrado en una barba de guerrero–. Gran loco, gran atrevido –dijo por encima del hombro, señalando con la cabeza al que ya reposaba–. Quiso forzar las cosas, ¿saben ustedes? Naturalmente, su servicio, allá abajo, no fue más que esfuerzos y violencia; cumplía su servicio sumido en la fiebre, ¡contra todo y a pesar de todo! El campo del honor, ¿comprenden ustedes?, cogió la llave del campo del honor. Pero el honor ha sido la muerte para él, y la muerte, pueden ustedes pensar lo que quieran, la muerte dice seguramente ahora: “¡Tengo un gran honor!” ¡Gran loco, gran descabellado!


El escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) ganó el Premio Nobel de Literatura en 1929. Es autor de libros renombrados como La montaña mágica, Los Buddenbrook y Muerte en Venecia, entre muchos otros.

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