Relatos cortos de fútbol

Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol.

Albert Camus, Premio Nobel de Literatura en 1957

Muchos intelectuales han emprendido una ridícula batalla no solo contra el fútbol, sino también contra las personas a quienes nos gusta este deporte. Para algunos, el fútbol es vicio de gente iletrada, sin estudios, sin buen gusto. Unas acusaciones intransigentes que desmienten numerosos futboleros amantes de la cultura, escritores, artistas, filósofos y gente de bien incluidos. 🙂

Lo cortés, en fin, no quita lo valiente.

Que el fútbol es un deporte noble que también gusta a la gente de letras lo demuestran numerosos relatos escritos por autores de primer orden. Como dice Juan Villoro, autor de Dios es redondo, “el fútbol no solo se ve, sino que necesita de palabras para ser entendido”. 

A continuación os dejamos algunos relatos cortos sobre el mundo del balompié, para amantes del fútbol, pero también para aquellos que dicen despotricar de él.

Relato corto de fútbol de David Betancourt: El último partido

Los partidos se pierden en el último minuto. Alguien.

Cómo no acordarme de tu último partido, Felipe, de tu tragedia.

¿Te acordás?

Arrancaste desde nuestra portería con el balón pegado al pie y te sacaste a uno y a otro y a otro y a todo el equipo y te devolviste para volver a empezar; sacándotelos de nuevo. ¡Te perseguían como remordimientos! Y la veintiuna y la bicicleta y la rabona y un quiebre de cintura a la izquierda y otro a la ultraderecha; desbaratándolos. Y con la diestra y con la siniestra y túnel aquí y allá y de taquito y de pechito y de cabeza… El ídolo del barrio: vos solo, sin nosotros, Felipe Rodríguez, podías ganarle a cualquier equipo del barrio, del mundo. ¡Eras un sobrador, una barbaridad, un Maradona chiquito! Y un gol y otro y golazo. Tres en cinco minutos. Se les venía la avalancha. La historia se repetía. Seguro Los Imperecederos (nunca vencen) se arrepentían de la apuesta.

Luego… Luego… todo cambió; para mal. ¿Quién se iba a imaginar que ese fuera tu último partido?

¿Te acordás?

Te decían VIH porque acababas con todas las defensas, hacías lo que se te daba la gana con los rivales sin importar que fueras el más pulga de los seis. Parecía, a veces, que te llevaría el viento como una cometa. Toque y me voy y toque y me voy y centro al pecho y de chilena, de colombiana, de tijereta, de escorpión, de chalaca, y allí, justo allí, en las canchitas que nos alquilaba Chivirico, se clavaba el balón, como una bala. ¡Un dios, Felipe Rodríguez, un dios!

Con vos en la nómina les ganamos a todos; tan pequeños y les ganamos la litro a todos. A La toco y me vengo, a Fui a la pelota, a Ganen pero no abusen, a Los destalentados… Muchas veces a Los imperecederos, todos a Los imperecederos. Por eso no entendíamos el porqué de desafiarnos.

¿Te acordás?

—¡Queremos jugar con ustedes! —te dijo el capitán de ellos, desafiándote.

Que apostemos tres litros, no uno, tres de Coca-Cola pura, una barra de salchichón cervecero y 50.000 para el ganador… Que habían entrenado, que nos tenían estudiados, que habían descubierto en aquello de la marcación personal la estrategia para vencernos, que nos tenían una sorpresa, que el 1-2-1-1 era letal. Que si nos daba miedo, que lo pactáramos a diez goles… En el momento no dijiste que sí. Se te hacía extraño el desafío: eran los peores, nosotros los mejores. Dijiste que nos consultarías la disponibilidad, nuestro punto de vista…

—¡Son muy malos, apostemos! —nos dijiste.

—¿Y si nos ganan? —pregunté—, si nos ganan de dónde sacamos la plata.

No había forma de que eso sucediera, el fin del mundo sería el día que nosotros, los dioses del balón, Los del otro equipo, perdiéramos con Los imperecederos (nos hiciste saber). Por eso apostamos.

—Eso sí —le dijiste a su capitán, como presintiendo tu destino—, no se vale llegar con gente rara. Jugamos los mismos cinco y con un solo cambio, ¡los mismos cinco! Nada de aparecerse por allá con la Gambeta Meléndez o con la Patrulla González…, nada de eso.

—Nada, los mismos cinco por equipo y un cambio —te aseguró.

¿Te acordás?

Qué tocata, qué dominio, qué dribling, qué espectáculo. Cinco a cero en diez minutos era el presagio de su derrota anunciada. Y acariciabas el balón con la planta del tenis y te los bailabas en una baldosa y les hacías ochos, dieciséis, sesentainueves y te librabas de la marca asfixiante y te divertías y hacías la pausa y los pases con la cabeza levantada y la gente se divertía y nosotros tus compañeros nos divertíamos y hasta los rivales lo hacían también y te sacabas a uno y a los cinco…

Y me entregaste el balón (ahí nació el sexto) y te lo devolví de primera en nuestro campo, antes de la mitad de la cancha, así como Enrique a Maradona para que hiciera el gol frente a Inglaterra en el 86. La jugada de todos los tiempos: y te sacaste a cuatro en la carrera y giraste como un trompo dejándolos en el camino y llegaste a la portería y… y… y ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta, goooooooool, goooooooool.

Y volvías y hacías lo mismo. Y la patada violenta en la rodilla y vos al piso y la gente pidiendo falta y ellos argumentando falta pero de sopa y el chiste (ese equipo no tiene defensas sino autodefensas, qué carniceros), y te parabas como si nada y seguías como si tuvieras pilas y todo el mundo hablando de vos y las niñas del barrio babeándose por vos y preguntando que cuántos puntos has hecho y el Pitufo mirándote embobado y gritándote que vas a ser el orgullo del barrio y que ese balón te va a llevar rodando rápido a Europa y vos deseando que así sea para poder salir de este barrio tan peligroso y sacar a tu familia de la pobreza y que tu hermanito pueda estudiar y continuabas luciéndote y los marihuaneros hablando de vos y los de la loma hablando de vos y los de más arriba divirtiéndose, subiéndote al cielo, y el Pitufo recordando cuando eliminaron a su equipo y mirando para todas partes para que no lo eliminen a él en pleno partido y gol, qué golazo. Ya van siete; faltan tres.

Pero todo cambió de un momento a otro. Como en el fútbol: de la felicidad pasamos a la tristeza absoluta. El público se quedó sin palabras. No lo podía creer, aún nadie lo cree. ¡La fatalidad había creado el sexto jugador, al Zarco, que no entraba aún a la cancha!

Tendría que ser un mago, un crack, un enviado del cielo para que Los imperecederos aguardaran el cambio hasta el último momento, para que apostaran de semejante manera y contra semejante equipo… ¿Qué estaban esperando? ¿Lo querían dejar para el final y sorprendernos, dejarnos ilusionar, cogernos cansados…? Sin embargo, y aunque siempre nos preocupó el tema, el partido estaba más que ganado, no importaba ya que entrara.

¿Te acordás?

Y ya cansado empezaste a perder el balón y la gente a gritar que la soltaras que eso no da leche y que si eras el dueño del balón y ellos toque que toque y de aquello nada y el del cambio calentando, carburando, y nosotros pensando, mientras hacíamos los últimos esfuerzos, en el premio, y el sol quemando y las señoras de misa de doce corriendo por la cancha y el humo y las cervezas y las motos y el sudor y los muchachos malos en la esquina gritando disfrutando fumando y la música a todo volumen y los que llegaban preguntando cómo va el cotejo y vos sacando energías de no sé dónde, jugando a medias y con la lengua afuera y 8-0 y por fin, por fin, el grito que nos hizo brincar el corazón, que nos quedó retumbando: “Cam-bio, caaaaam-bioooooo”.

Tan solo unos minutos después pasó lo que pasó.

Le dio el último plon, tiró el resto del cacho al suelo, se dopó con su polvito blancomágico y entró a la cancha levantando las manos, como un ídolo. ¡Del barrio no era!, pero los muchachos malos de por acá lo conocían y comentaban que el Zarco es de esa gente que es el arma de la fiesta. Siguió levantando las manos, haciéndose notar. No tardaron los silbidos y las risas, las carcajadas. Sus ojos estaban en otro mundo, y muy rojos. Con la cabeza rapada y un mechón en el copete que con el viento se movía libre. De camisa (amarilla) y pantaloneta (violeta), muy anchas (parecía un globo); sin tenis, sin guayos, con zapatillas negras y medias rojas. Esquelético.

—No se vaya a hacer partir, Felipe, juguemos a puro toque y me voy, toque y me voy —te dije, previniéndote de una lesión—. Solo nos faltan dos y este está de manicomio.

¿Te acordás?

Y corría y corría detrás del balón esperando la oportunidad de interceptarlo o de partir una pierna como mínimo. Y oooooleeeeee, ooooooleeee, ooooooleeee, oooooooleee, gritaban los aficionados en coro, y aplaudían todos y todos se reían y saltaban, y el Zarco detrás del balón babeándose y sin ningún éxito, y los de su equipo se miraban entre sí decepcionados y afirmaban que era un paquete, y nosotros nos mirábamos ratificando la afirmación y sabiendo que ahora sí, ahora sí no había ningún riesgo de perder el partido. Y ooooooleeeeee y las carcajadas y ooooooleeeee y los gritos y los murmullos y los del equipo sentíamos una sensación inefable, un vértigo en todo el cuerpo, una alegría inmensa.

¡Todo duró tan poco, Felipe, todo se derrumbó de un momento a otro!

Y en cinco minutos el Zarco ya no podía más. “A jugar con los de su edad, petardo”, gritaban. “Estás volando, Zarco ojirrojo, hacete uno de avioncito”, burlaban. “Zarco, goleador, dedicate a golear bolsos que de eso sí sabés y dejá de inventar con el fútbol”, molestaban… Y Los imperecederos, decepcionados de su esperanza, de su refuerzo, abandonaban la cancha de a uno, con la mirada en el piso; renegando.

Y el Zarco nos miraba feo, amenazante, retador, como para que nos intimidáramos, nos desconcentráramos, nos muriéramos de miedo y abandonáramos el partido y nos declaráramos perdedores o nos dejáramos hacer los diez goles… Pero nosotros seguíamos divirtiéndonos con el balón y con la pelota del Zarco, recobrábamos energías, volvía el aire a los pulmones, no queríamos que el partido se acabara nunca, estábamos felices…

Y te le acercaste mucho, arriesgando un pie, y el túnel y el amague rompecintura y la cabriola y la moto y la bicicleta y tiros al arco y a todas partes y la descarga y el balón rodando, perdiéndose por la loma, y los gritos y la gente corriendo y la moto perdiéndose abajo en la loma también y vos ahí, sin vida, con una bala en tu cuerpo que era para el Zarco (que corre, que se vuelve a salvar, que está rezado), ahí, tendido en el piso, con tu inocencia, a solo dos goles de la gloria y mamá llevándome a casa de la mano, arrastrándome para que no llore más por vos, sacudiéndome la melancolía, evitándome imágenes… y Chivirico llevándose las arquerías para que no se las roben los oportunistas y los muchachos del barrio puedan hacer deporte y no se metan a malos.

Cuento de fútbol de Eduardo Galeano: El hincha

Una vez por semana, el hincha huye de su casa y asiste al estadio. Flamean las banderas, suenan las matracas, los cohetes, los tambores, llueven las serpientes y el papel picado; la ciudad desaparece, la rutina se olvida, sólo existe el templo. En este espacio sagrado, la única religión que no tiene ateos exhibe a sus divinidades. Aunque el hincha puede contemplar el milagro más cómodamente, en la pantalla de la tele, prefiere emprender la peregrinación hacia este lugar donde puede ver en carne y hueso a sus ángeles batiéndose a duelo contra los demonios de turno. Aquí, el hincha agita el pañuelo, traga saliva, glup, traga veneno, se come la gorra, susurra plegarias y maldiciones y de pronto se rompe la garganta en una ovación y salta como pulga abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos. Rara vez el hincha dice: «Hoy juega mi club». Más bien dice: «Hoy jugamos nosotros». Bien sabe este jugador número doce que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música. Cuando el partido concluye, el hincha, que no se ha movido de la tribuna, celebra su victoria: “Qué goleada les hicimos, qué paliza les dimos”. O llora su derrota: “Otra vez nos estafaron, juez ladrón”. Y entonces el sol se va y el hincha se va. Caen las sombras sobre el estadio que se vacía. En las gradas de cemento arden, aquí y allá, algunas hogueras de fuego fugaz, mientras se van apagando las luces y las voces. El estadio se queda solo y también el hincha regresa a su soledad, yo que ha sido nosotros. El hincha se aleja, se dispersa, se pierde, y el domingo es melancólico como un Miércoles de Cenizas después de la muerte del Carnaval.

Cuento de fútbol de Roberto Fontanarrosa: El loco cansino

Para que usted tenga una idea de qué tipo de futbolista era ese muchacho, le cuento que jugaba llorando. Pero no le digo llorando porque protestaba o porque se la pasaba quejándose a los árbitros o esas cosas que nos han dado a los argentinos la fama de llorones, no.

El Loco Cansino lloraba en serio, con lágrimas, desconsoladamente, mientras llevaba la pelota. Yo lo he visto. Parece algo digno de risa pero créame que era una cosa bastante impresionante. Cómo decirle… angustiante.

Cansino entraba a la cancha muy serio, no sé si concentrado o qué, pero usted lo veía serio, el ceño fruncido, con la vista perdida sobre el césped, parecía que no se fijaba ni en los adversarios ni en la gente que había ido a la cancha. Y le aseguro que por ese entonces iba muchísima gente a la cancha de Sparta, muchísima. Porque tenía un equipazo. Jugaban el Gringo Talamone, el Negro Oroño, Sebastián Drappo, que después fue a Racing, la Garza Olmedo, que era el arquero, y otros más que ahora escapan a mi memoria pero que ya me voy a acordar.

Pero la figura, la figura, era Cansino sin duda alguna, el Loco Cansino. Y mientras el partido iba bien, digamos, mientras no fueran perdiendo, Cansino se mostraba normal, calmo, tranquilo. Jugaba ahí, en su punta, participaba poco del juego, la pedía de vez en cuando, al estilo de los viejos punteros derechos, que no se movían de al lado de la raya. Hasta daba la impresión de ser un poco frío, de no interesarle demasiado el partido.

Pero si los rivales hacían un gol, se ponían en ventaja, ahí Cansino se ponía a llorar.

No le voy a decir que se ponía a llorar de golpe, de repente. Pero era una cosa como que entraba a hacer pucheros, a aspirar aire, a fruncir la cara, y ya la gente empezaba a prestarle más atención a él que al partido porque sabía que Cansino se iba a largar a llorar.

Era una cosa bastante dramática, permítame que le diga. Bastante dramática.

“¡Aguante, Cansino! ¡No es nada, Loco, ya van a empatar, no llores!” lo alentaban desde la tribuna, porque a la gente le daba no sé qué verlo así, tan sentido. Pero se largaba a llorar nomás, como los chicos. Y le cuento que Cansino, cuando pasó por Sparta ya andaba cerca de los 30, debía ser un muchacho de 28, 29 años.

Le juro que entonces, ya perdiendo uno a cero, se venía para el medio, era como que no podía esperar a que la pelota le llegase a la punta. Se venía para el medio y empezaba a conducir el juego, pero no dejaba de llorar, desconsoladamente lloraba, daba pena verlo pobre muchacho. Era algo desgarrador mirarlo correr con la pelota, levantando la cabeza para localizar a sus compañeros, saltando sobre las barridas de los rivales y llorando a moco tendido, la boca abierta, colorado por el esfuerzo, las venas del cuello hinchadas a punto de reventar.

Lo notable es que los árbitros no sabían cómo tratarlo, no hay en el reglamento ninguna regla que estipule que un jugador no puede jugar llorando. Que no pueda insultar, sí, está contemplado, o gritarle al referí, bueno, vaya y pase (o como ahora que no está permitido seguir si un jugador está sangrando), pero nunca el reglamento dijo algo sobre un jugador que llorara. Lo dejaban, entonces.

Me acuerdo que hubo un arbitro muy grandote, el Inglés Mackinson, que la primera vez que lo vio así trató de consolarlo porque él mismo, Mackinson, ya tenía los ojos enrojecidos, vidriosos. Vio usted que hay gente que cuando ve llorar a otra persona, llora también. Paró el partido y le habló, agarrándolo de un hombro, paternalmente.

Pero no hubo caso, Cansino se contuvo un momento, tratando de aspirar hondo para cortar los sollozos; apenas reanudado el juego empezó de nuevo a pucherear y enseguida volvió al llanto.

Se imagina que a la hinchada de Sparta la cosa mucho no le gustaba porque era motivo de la risa de las otras hinchadas. De las risas y de las cargadas. Si hasta llegaron a decirles ” los llorones” a los hinchas de Sparta, por causa de Cansino.

Por otra parte, en esos momentos era cuando Cansino, desesperado por el resultado adverso, podía conseguir los milagros más conmovedores, futbolísticamente hablando. Era ahí cuando se hacía dueño de la pelota y podía dar vuelta un resultado con una facilidad asombrosa. Gambeteaba de a cuatro, de a cinco rivales, hacía jugadas que yo, después, no he visto hacerlas a nadie, podía dar vuelta un partido él solo aunque fuera perdiendo por 3 ó 4 a o (cero).

Después, cuando Sparta lograba empatar, Cansino ya se calmaba. Casi ni gritaba el gol del empate, le digo. Se abrazaba con sus compañeros, eso sí, y se limpiaba los ojos con la manga de la camiseta. O con un pañuelo mugriento que siempre llevaba en la media. En ocasiones los mismos árbitros le alcanzaban un pañuelo y en una oportunidad lo vi secarse los ojos con el banderín del córner luego de lanzar el centro que determinó la paridad en el marcador.

“Escaso nivel de resistencia ante la adversidad”, así me lo definió el doctor Suárez una vez que le pregunté, preocupado, por el caso de Cansino. Porque, indudablemente, como periodista deportivo del matutino “Democracia”, el caso me interesaba.

Consulté a Suárez, asimismo, y ya en otro orden de cosas, si había alguna condición física, alguna anomalía incluso, que generara esa capacidad que Cansino tenía para la gambeta. “A veces se presenta una distorsión congénita -recuerdo perfectamente que me dijo el doctor Suárez, médico del Sparta- que genera una apreciable diferencia entre un hemisferio del cerebro y el otro, lo que produce en el paciente una distinta captación del tiempo y el espacio. Esto, en algunos casos, motiva una distinta relación en el equilibrio, y es por eso que Cansino puede intentar algunas cabriolas, o recuperar la vertical en una forma totalmente imposible para el resto de los mortales”.

Alguna explicación de ese tipo debía de haber porque era insólito lo que hacía este muchacho en la cancha. La ley de gravedad no parecía existir para él y a veces uno sospechaba que tenía un radar de ésos que tienen los murciélagos dada su capacidad para no chocar contra los objetos sólidos. Pasaba entre una multitud de piernas, zigzagueando, sin tocarlas, cambiando el ángulo de su carrera a medida que lo iban bloqueando, modificando incluso su volumen corpóreo como si fuese líquido, como si fuese de mercurio, en procura de evitar los choques.

Era, por supuesto, imprevisible, y por eso le decían “El Loco”. Podía arrancar, de pronto, hacia su propio arco, como si hubiese perdido el sentido de la orientación, como esas tortugas que ante explosiones atómicas han perdido la brújula genética que les indica dónde se encuentra el mar. O, de repente, llegaba hasta la línea de fondo y echaba el centro hacia el lado de afuera de la cancha, estrellándolo contra el alambrado. Para no contar las veces en que, de repente, se iba de la cancha, murmurando cosas, hablando solo, hasta meterse en el túnel.

Nadie se animaba a decirle nada porque, por sobre todas las cosas, Cansino era muy manso, muy buen muchacho, muy dócil. Le digo esto porque un par de veces yo fui a hacerle alguna entrevista a los entrenamientos y me atendió con mucha cordialidad. Pero, eso era cierto, se le notaba que no era un muchacho muy normal. O, digamos, yo ya comencé a percibir que, en él, se estaba desencadenando lo que después terminó como terminó.

La primera vez que le hice un reportaje fue acá en el centro, en el Hotel Italia, donde él paraba. Recuerdo que nos sentamos a tomar un café y me esquivaba la mirada. Otro detalle que recuerdo perfectamente, porque me impresionó mucho, fue que transpiraba. Transpiraba muchísimo, y era pleno invierno. Yo le hice una pregunta y no me contestó, no me contestó nada.

Había empezado a mirarme con cierta molesta fijeza. Pensé que no me quería contestar aquella pregunta que ya no recuerdo pero que, sin duda, era una pregunta absolutamente convencional y tonta, como ser dónde había nacido o cosa así. Intenté entonces con otra, que tampoco me contestó. Opté por una tercera, ya francamente incómodo e inseguro: considere usted que yo era un pibe de poco más de 20 años. A la quinta pregunta, Cansino modificó un poco su postura en la silla, me señaló su oreja izquierda y me dijo: “Hábleme de este lado, porque no escucho nada con el otro oído”. Yo le había estado hablando sobre el oído sordo.

De ahí en más pude hacerle la entrevista y me encontré con la sorpresa de que era un hombre muy culto. Me habló de los inconvenientes que debe superar un joven de clase trabajadora para acceder a los primeros niveles en el orden del deporte, del fino y personalizado trabajo artesanal que hay en la confección de una pelota de fútbol, del elevado porcentaje de lactosa que se encuentra en un litro de leche de vaca y de la reconstrucción de la ciudad de Constantinopla luego de haber sido destruida por la Cuarta Cruzada a los Santos Lugares.

Era un poco errático en materia de conversación, lo admito, pero muy interesante. Lo del oído lo comenté después con el doctor Suárez y él me corroboró que ese tipo de disminución auditiva influía en gran medida en el sentido del equilibrio, tema que ya habíamos tocado en relación con la gambeta. Había algo inconexo en él; debido a eso, había un quiebre del equilibrio o de la inercia que lo hacía imprevisible.

En aquel campeonato regional del año 37, gracias a Cansino, Sparta se prendió en las primeras posiciones, cosa que nunca había conseguido. Pero a medida que se acercaba la definición del campeonato, la conducta de Cansino se hizo más y más extraña. Nunca se mostró agresivo o violento, pero siempre daba la nota con algún detalle fuera de lo común o medio raro. Salía a la cancha, por ejemplo, con una toalla rodeándole el cuello, como si recién se hubiera bañado. Había referís que se la hacían quitar, otros se hacían los distraídos, pero no era un detalle que pasara desapercibido pese a que le estoy hablando de una época en que los árbitros dirigían con saco y, a veces, los arqueros usaban sombrero, pero sombrero de fieltro, funyi.

Por esa época, Cansino empezó a escuchar voces, afirmaba que escuchaba voces que le hablaban en otros idiomas. Y lo que era más raro, las escuchaba en el oído sordo. En Sparta lo tenían entre algodones, preservándolo para la final, especialmente el ingeniero Wernicke, el presidente del club. Wernicke, muy preocupado, me decía: “Yo fui el que lo traje al club. Y cuando lo contraté sabía que le decían “El Loco”, como se les dice a tantos wines derechos, pero no sabía que era loco de verdad”.

Hacía bien en preocuparse Wernicke, quien además quería mucho a Cansino. En la semana previa al partido final contra Deportivo Federación, Cansino empeoró. Lo encontraron una noche caminando desnudo por las terrazas en la manzana de la pensión donde vivía. Dijo que estaba entrenando. O caminaba por calle Córdoba señalando con dedo índice hacia el cielo, vocalizando como si hablara pero sin emitir sonido. La gente no le decía nada porque lo reconocían. Lo reconocían porque andaba siempre con la camiseta de Sparta puesta, debajo del saco y la corbata.

Dos días antes del partido me enteré que lo habían llevado a un manicomio. Una cosa muy mesurada, hecha bajo cuerda para que no tomara estado público, pero con la intención de que lo trataran, lo sedaran, procurando que para el domingo estuviera bien. Un tratamiento rápido, por supuesto, de shock se diría ahora.

El sábado lo fui a ver, con una curiosidad más humana que periodística. Le estoy hablando de una época en que había menos canibalismo periodístico, no existía esa compulsión hacia los escándalos y las noticias rimbombantes. De ser así… ¿cuántos periodistas hubieran dado lo que no tenían para disponer de una primicia como la que yo sabía, revelada por el propio presidente del club?

Me fui a Oliveros, entonces, donde había por entonces, una pequeña casa de reposo, de salud. Y ahí estaba Cansino. Le habían hecho un tratamiento de electroshock que le había chamuscado casi todo el pelo. Él tenía un pelo bastante mota, renegrido y, cuando yo llegué, todavía le humeaba. Se imagina usted que, por esos años, no había un cabal conocimiento del manejo de la energía eléctrica y esos tratamientos se hacían un poco a lo bestia. Le conectaban unos alambres, le humedecían la ropa para que hubiera una mejor transmisión de la corriente y ahí le sacudían. Cuatro, cinco veces, las que fueran necesarias. El doctor que estaba a cargo del establecimiento me dijo que también le habían suministrado unas inyecciones de láudano, tilo y mercurio, para tranquilizarlo. También me contó que indudablemente la práctica del fútbol había empeorado la disfunción mental de Cansino, aquella descoordinación entre un hemisferio cerebral y el otro, de la cual me había hablado Suárez.

“Cada vez que este muchacho va a cabecear, y cabecea -me dijo-, el cimbronazo del impacto descoloca un poco más la armonía entre un hemisferio y el otro, haciendo más grande la grieta entre ambos”.

De todos modos, la verdad es que Cansino lucía tranquilo, calmo. Se paseaba entre los otros pacientes con una sonrisita por esa especie de parque que tenía la clínica. Me reconoció enseguida y fue muy cordial conmigo. Me dijo que iba a jugar al día siguiente, que estaba perfecto. Me preguntó si yo sabía idiomas, porque creía reconocer la voz mía entre las voces que solía escuchar, habiéndole en portugués. Le dije que no, que lamentablemente sólo hablaba castellano. Incluso en un rasgo de sensatez me consultó cuál sería la formación del equipo de Sportivo Federación al día siguiente, y si había llegado al país en el dirigible Hindenburg. Ahí la pifiaba feo porque Federación era un club de acá nomás, de Roldan. Pero no lo encontré mal, dentro de todo.

Al día siguiente, el domingo, fui a la cancha. Había un gentío impresionante. Era la final, creo que ya le dije. Y el Loco Cansino salió con el equipo, lo que provocó una algarabía enorme entre la hinchada de Sparta porque algo había trascendido sobre su internación y había rumores de que no iba a jugar. Humeaba un poco, todavía, o al menos así me pareció a mí, pero también es posible que haya sido ese vapor que se desprende de los jugadores cuando están transpirados por el calentamiento previo y salen al frío del invierno.

Eso sí, lo noté algo descoordinado en los movimientos. Se hizo la señal de la cruz -yo no sabía que era tan católico- tocándose la frente, un hombro, una cadera, la rodilla derecha y el otro hombro. Luego se le producía un estremecimiento facial, una contracción como la que ocurre cuando uno bebe algo muy ácido. Pero estaba bien.

La cuestión es que empezó el partido y Federación metió un gol, así nomás, de arranque. Y, por supuesto, curado o no curado, contenido o no contenido, el Loco se largó a llorar, lo que produjo la burla, la cargada, el sarcasmo de la hinchada rival que había llegado en buen número.

Era algo contradictorio porque, como ya le he contado, Cansino lloraba y metía pierna como el que más, trababa más fuerte que ninguno y gambeteaba a cuanto rival se le cruzara. Sin embargo, todo su esfuerzo fue en vano. Cerca del final del primer tiempo, Federación metió el segundo gol. Era más equipo, buscar otras explicaciones sería faltar a la verdad. Más equipo. Empieza el segundo tiempo y el Loco estaba desatado.

Lloraba y metía centros, lloraba y pateaba al arco, lloraba y eludía a los adversarios. Cerca de los 20 minutos hizo una jugada bárbara y se metió en el arco con pelota y todo: 2 a 1.

En eso, yo, que estaba agarrado al alambrado, cerca de los palcos para la prensa y las autoridades, entre el griterío de la gente escucho una sirena. Me doy vuelta y veo llegar, por detrás del estadio, una ambulancia, a toda velocidad. Enseguida entran al estadio un par de enfermeros, con el médico que yo había conocido en la casa de salud de Oliveros y se dirigen corriendo hacia el palco del ingeniero Wernicke. Me acerco, entonces, a riesgo de que me consideraran un entrometido. Y escucho que el médico le cuenta al ingeniero que Cansino había matado a uno de los pacientes de la clínica. Se suponía que lo había degollado con un vidrio durante la noche, pero había escondido el cuerpo bajo la cama de su propia habitación y los enfermeros recién lo encontraron al mediodía, cuando a Cansino ya le habían permitido volver a Rosario para jugar el partido. Según el médico, había que encerrarlo de inmediato porque era muy peligroso.

Yo vi la cara del presidente y comprendí de inmediato el intenso conflicto emocional que lo invadía en esos momentos. Cansino era fundamental para alcanzar el empate que les permitiría consagrarse campeones. Le pidió, entonces, le rogó, al médico, que le diera a Cansino diez minutos más de libertad. El médico accedió, en parte porque le gustaba el fútbol, y en parte porque estaba esperando la llegada de la policía para dominar a Cansino.

Diez minutos después, exactamente diez minutos después, Cansino hizo otra jugada extraordinaria y le sirvió el gol al Valija Molina, un nueve grandote que era muy bruto pero que siempre la empujaba adentro. Molina hizo el gol y, automáticamente, toda la hinchada de Sparta invadió la cancha, para festejar.

Fue lo que aprovecharon la policía y los enfermeros, junto con nosotros, para correr hacia donde todos los jugadores de Sparta celebraban apilados: una decisión providencial, creo. Cuando llegamos hasta la montaña de jugadores, debajo de dos o tres de ellos, Cansino, rojo, desencajado, estaba estrangulando a Sturam, al petiso Sturam, el cuatro de su propio equipo con un alambre de enfardar.

Se le tiraron encima los enfermeros, los policías y hasta el presidente mismo para contenerlo. Después la prensa, desinformada, acusó a la policía de parcialidad manifiesta por unirse en el festejo de la conquista. Lo cierto es que, en el remolino de gente, lo agarraron a Cansino entre muchos y se lo llevaron para el túnel.

El partido no pudo reanudarse, había mucha gente dentro de la cancha y en realidad faltaban nada más que dos minutos. Entre la algarabía de la hinchada, yo escuché las sirenas de las ambulancias y de la policía alejándose. Fue la última vez que pude ver a Cansino. El club notificó luego que lo habían vendido a Montevideo, hubo trascendidos de que se había retirado del fútbol. Pero lo cierto es que nadie supo nada más de él.

Quedó como un héroe, eso sí. Vaya usted y pregunte a los viejos hinchas de Sparta por el Loco Cansino y todos se van a llenar la boca de elogios hablándole de él. Yo estuve tentado un par de veces de irme para Oliveros porque tenía la sospecha de que lo habían vuelto a encerrar allí. Pero vio cómo son estas cosas, va pasando el tiempo, uno se ocupa de otras cosas, y al final no va nunca. Pero… qué wing derecho era el Loco… Qué wing derecho.

Relato corto de fútbol: El silbido (Juan Villoro)

 —Los fantasmas se aparecen, los muertos nada más regresan —eso me dijo Lupillo, mientras exprimía una esponja. Siempre hay que creerle a un masajista. Es el único que dice la verdad en un equipo, el único que no tiene otra ilusión que aliviar un músculo con spray antidolor.

Esa fue la primera señal que me había convertido en un apestado. La segunda fue que nadie me hizo bromas de bienvenida. Había vuelto al Estrella Azul, el equipo donde me inicié. Si alguien me tuviera afecto, habría puesto orines en mi botella de champú. Así de básico es el mundo del fútbol.

—¡Hasta te hicimos tu misa de difuntos! —agregó Lupillo. Vi su calva pulida como una esfera de la fortuna. Sí, me hicieron una misa donde el cura elogió mi garra y mi pundonor, virtudes que la muerte volvía verdaderas. Los cadáveres tienen pundonor.

Estuve a punto de morir con los Tucanes de Mexicali. He visto lotos de gente que juega en campos minados. En cualquier guerra hay personas desesperadas, suficientemente desesperadas para que no les importe perder un pie con tal de chutar un balón. Tal vez si yo estuviera en la guerra sentiría que no hay nada más chingón que patear algo redondo como el cráneo de tu enemigo. Para mí el paraíso no tiene balones. Supongo que el paraíso de los delanteros está lleno de balones. El de un medio de contención es un campo despejado, en el que ya no hay nada que hacer y al fin te rascas los huevos, las pelotas que no has podido tocar en toda tu carrera.

Estuve a punto de morir con los Tucanes de Mexicali. Lo repito porque es absurdo y aún no lo entiendo. Me pregunto si la bomba tenía forma de balón, si era como la que el correcaminos le pone al coyote en las caricaturas. Una preocupación estúpida, pero no puedo dejar de pensar en eso.

Pasé tres días bajo los escombros. Me dieron por muerto. Me borraron de todas las alineaciones de todos los equipos. No es que muchos clubes se disputaran mi presencia, pero me gusta pensar que me borraron.

Cuando recuperé el sentido, los Tucanes habían vendido su franquicia. Con la bomba estalló el sueño de que existiera un equipo tan cerca de Estados Unidos, en la única cancha ubicada bajo el nivel del mar. Demasiados rumores rodearon la noticia. Casi todos tenían que ver con el narcotráfico: el cártel del Golfo no quería que el cártel del Pacífico desafiara su injerencia en el fútbol.

Yo no sabía nada de Mexicali hasta que los trillizos entraron a mi cuarto en la ciudad de México. Me había fracturado el tobillo y estaba harto de ver televisión.

—Te buscan —dijo Tere. Por la cara que puso debí saber que los tres visitantes venían rapados.

No sólo eso: eran gordísimos, como luchadores de sumo. Sus camisetas dejaban ver tatuajes en varios colores. Los tres llevaban un barbita de chivo, muy cuidada.

Pusieron un paquete de cerveza Tecate en la cama, como si fuera un regalo increíble:

—La fábrica está cerca del estadio.

Eso dijeron.

Siempre me ha gustado la cerveza Tecate. Tal vez lo que más me gusta es la lata roja y el escudo que tiene, de todas maneras no fue una estupenda manera de empezar una conversación.

Los gordos eran raros. Tal vez estaban locos. Formaban la directiva de los Tucanes de Mexicali. La cervecería los patrocinaba.

Les pregunté su nombre y respondieron como un grupo de hip-hop:

—Trillizo A, Trillizo B, Trillizo C.

¿Podía hacer tratos con gente así?

—Nos gusta el perfil bajo —comentó cualquiera de ellos—. No nos toman fotos, no vamos al palco, no tenemos nombres. Amamos el fútbol.

—Perdón, pero ¿dónde chingados queda Mexicali? —pregunté.

Me explicaron cosas que no olvidé y tal vez no eran ciertas. En tiempos de Porfirio Díaz ese desierto se volvió famoso porque ahí se extravió un pelotón de soldados. Perdieron la orientación y todos murieron, achicharrados por el calor. Nadie podía vivir ahí. Hasta que llegaron los chinos. Les dieron permiso de quedarse porque pensaron que morirían. ¿Quién resiste temperaturas de cincuenta grados bajo el nivel del mar? Los chinos.

Mientras hablaban, los individualicé de un modo raro. Me pareció que tenían sangre china. Podía distinguirlos como se distingue a los chinos tatuados: el del dragón, el del puñal, el del corazón sangrante.

—¿Te gusta el pato laqueado? —preguntó el trillizo C.

Luego hablaron de dinero. Dijeron una cantidad. Me costó trabajo tragar saliva.
No contesté. Los trillizos apenas llegaban a los treinta años. La obesidad los hacía verse como bebés radiactivos de una película de ciencia ficción china.

—Eso vales —el trillizo B se rascó la barba—. Los Tucanes te necesitan.

—La cervecería nos apoya —señalaron el paquete sobre la cama.

En ese momento debí entender que pretendían lavar sus negocios con cerveza. Los narcos son tan poderosos que pueden actuar como narcos. Ninguno de ellos parece maestro de geografía.

En vez de pedir unos días para pensar la oferta hice una pregunta que me perdió:

—¿Piensan contratar argentinos?

—¡Ni madres! —dijo el trillizo A.

Vi su sonrisa y me pareció detectar el brillo de un diamante en su colmillo.

Acababa de cumplir treinta y tres años y estaba fracturado. No podía rechazar esa temporada en el desierto. En el partido en que me rompieron el tobillo, anoté un autogol: «La última anotación de Cristo», escribió un chistoso de la prensa para celebrar mi martirio.

—Estás jugando con fuego —me dijo Tere. Eso me gustó. Me gustó jugar con fuego.

Ella veía las cosas de otro modo. Si alguien se interesaba en mí, sólo podía ser sospechoso.

—En Mexicali no hay tucanes —repitió la frase un día y otro día hasta que ya no hablamos de tucanes sino de argentinos.

Al país de Maradona le debo dos fracturas, dieciséis expulsiones, una temporada en la banca ante un técnico que me acusaba de «priorizar mis traumas». Lo que no sabía es que también les iba a deber mi divorcio.

El Pelado Díaz jugó conmigo en dos equipos. Un tipo con la cabeza llena de palabras que en las entrevistas hablaba como si esa mañana hubiera desayunado con Dios.

Sí, soltaba un rollo interminable, pero no tenía nada tan largo como su verga. Son las cosas que tienes que ver en el vestidor. Nada de esto sería especial si no fuera porque también Tere lo supo. Lo del tamaño del Pelado, a eso me refiero. Cuando ella me acusaba de «jugar con fuego», venía de estar con él. Los encontré en mi propia cama. No fue la clásica situación en que el marido regresa antes de tiempo. «Vuelvo a las seis», le dije a Tere y a las seis la encontré montada en la gran verga del Pelado. Fue su manera de decirme que no quería ir a Mexicali.

Nos divorciamos por correo, gracias a un abogado con cinco anillos de oro que me consiguieron los trillizos.

En el camino a Mexicali pasé por la Rumorosa, una sierra donde el viento sopla tan fuerte que vuelca los camiones. Al fondo, en un precipicio, se veían restos de coches accidentados. Sentí una paz bien extraña. Un lugar para el fin de las cosas. Un lugar para terminar mi carrera.

Seguí en mi posición de medio escudo, cada vez más en funciones de quinto defensa. Recuperaba balones a precio accesible para los trillizos, aunque cada vez era más frecuente que me recuperaran a mí de entre las piernas de los contrarios.

Me acostumbré a jugar con dolor y luego me acostumbré a las inyecciones. Jugué infiltrado más veces de las que le conviene a un cuerpo normal. Pero el mío no es un cuerpo normal. Es un bulto pateado. Cuando me buscaba el nervio con la aguja, la doctora hablaba de mi carne calcificada, como si me estuviera convirtiendo en una pared. La idea me gustaba: una pared donde chocan los contrarios y se descalabran los argentinos.

Uno de los trillizos tenía un tigre blanco. Su comida valía más que mi sueldo. Le caí en gracia al directivo cuando le pedí que me pagara lo mismo que al tigre.

—También tengo una orca —me dijo—. ¿Qué prefieres: sueldo de tigre o de orca? —Estiró sus ojos de chino misterioso.

No entiendo de animales. Me subieron el sueldo, pero no supe a qué animal correspondía.

Me gustó Mexicali, sobre todo por la comida: pato laqueado, won long, costillas de cerdo agridulce, lo típico de ahí. En un restorán conocí a Lola. Trabajaba de mesera. Era hija de chinos y pronunciaba: «Lo-l-a». Me gustaba sentarme frente al cuadro de una cascada que se movía. Lo veía hasta que lo desconectaban. Lola me contó que una vez un chino se hipnotizó con el cuadro. Sólo despertó cuando Le pusieron un celular en el oído, con la canción «Río amarillo». ¿Has oído «Río amarillo»? —me preguntó Lola.

Dije que no.

Música chida. Música china —a veces hablaba así. No sabías si decía dos cosas distintas o si las palabras que venían después cancelaban las que había dicho antes.

El chino hipnotizado trabajaba para los trillizos.

—No creas lo que dicen de ellos —explicó Lola—. No son narcos del Pacífico. Trabajan para el otro Pacífico. Su mafia es de Taiwán —dijo esto último como si fuera algo muy bueno.

Al final de la comida, Lola regalaba juguetes. Un gatito de plástico al que se le iluminaba la panza, cosas así. Todos se descomponían diez minutos después.

—Los trillizos traen los juguetes —me dijo cuando yo salía de ahí con algo roto en las manos.

Fue muy presuntuoso pensar que habían comprado mi carta con droga. La habían comprado con juguetes que se descomponen.

Los trillizos habían prometido que los Tucanes no tendrían argentinos, pero uno de ellos hizo un viaje a la pampa. Regresó con un tatuaje del Che Guevara. Unos dijeron que los vientos de la Patagonia lo volvieron loco. Otros que se había drogado en un barco que iba a un glaciar, se cayó al agua helada y lo regresaron pasmado. Ahora quería que le dijeran «Trillizo Che».

Parte de su locura fue buena para el equipo. Contrató a un jugador muy raro para los Tucanes, con más futuro que pasado. Patricio Banfield acababa de cumplir veintidós años y venía de Rosario Central. Tocaba el balón como si anunciara zapatos. «Te regalas demasiado», me dijo el entrenador cuando Patricio mostró que podía hacer conmigo lo que quisiera.

Lo único raro era el silbido con que se hacía notar en la cancha. «Es una costumbre de pueblo», decía: «Me gusta que sepan dónde estoy». Me acostumbré a recuperar balones y a oír el silbido a lo lejos. Chutaba con fuerza en esa dirección. No hicimos milagros pero Patricio anotó con regularidad. Un crack sufrido, con ganas de lucirse en ese lugar que sólo existía porque los chinos habían sobrevivido al calor.

No me gustan los animales pero estaba cansado de llegar a una casa sin ruidos y compré un loro. Hablaba tanto como un argentino. Se lo ofrecí a Lola pero ella me dijo: «Los loros traen mala suerte». Fue la primera señal de lo que iba a pasar. O tal vez no. Tal vez la primera señal fue que me sintiera bien en la Rumorosa, viendo los coches que se habían ido a pique. «El fútbol se acaba pronto», me había dicho Lupillo cuando yo apenas empezaba: «Lo malo no es eso; lo malo es que luego no se termina de acabar. Los recuerdos duran mucho más que las piernas: más vale que tengas buenos recuerdos». Yo estaba en el desierto, acabando una carrera de malos recuerdos, pero no me disgustaba estar ahí. Un lugar para salir, para que todo se termine y no importe.

Hasta me acostumbré al loro. Me sentaba con él en el porche de la casa. Una casa de un piso y ventanas con mosquiteros. Enfrente estaba un tráiler en el que vivía una pareja de gringos. Durante cuarenta años él había vendido caramelos en Woolworths. El dinero de su pensión le rendía más en México. Sólo iba a regresar al otro lado en un ataúd. Mi loro iba a vivir más que los vecinos. Nada de eso me daba tristeza. Ahora que lo pienso me parece triste, pero ahí sólo pensaba en el sol. En que no me pegara demasiado.

Una tarde rompí una galleta de la fortuna en el restorán de Lola. El mensaje decía: «Sigue tu estrella». Así nada más.

Esa tarde, uno de los trillizos salió de la cocina del restorán, seguido de mucho vapor. Vio el mensaje de la galleta y adivinó: «Vas a volver al Estrella Azul». Luego salió del restorán, muy despacio, como si nosotros alucináramos sus movimientos: una sombra gorda que flota. Me pareció terrible regresar al Estrella Azul. Tal vez por eso pensé que seguir mi estrella era estar con Lola. Vi su cara de china joven, ni guapa ni fea, sólo joven y china. Olía a ie. Le propuse que nos viéramos en otro sitio. No quiso. «Tu loro da mala suerte», repitió, como si el animal fuera una parte de mi cuerpo o como si estuviéramos atrapados en una leyenda y el loro fuera el espíritu de su abuelo chino.
Con el cambio me dio una bolsita con un signo chino.

—Significa «mucho viento» —explicó.

Pensé en la Rumorosa y esta vez los coches provocaron ansiedad. Seguí nervioso hasta que Lola apagó la cascada. No quise volver ahí.

Rompí con Lola sin haber estado con ella. Ya desde antes me habían gustado las porristas del equipo. Cuando las vi la primera vez, sentí que yo las había escogido a todas, pero me concentré en Nati.

Patricio Banfield me preparó el terreno con Nati. Su novia —una vocalista country que cantaba con demasiado sentimiento, haciendo caras de guerra de las galaxias— era amiga de Nati. Empezamos a salir y una mañana ella olvidó su pantaloncito de animadora en mi casa. Lo dejó en el antecomedor, junto a su plato de cereal. Vi el tráiler de los gringos por la ventana, vi la jaula del loro, vi la luz color miel del desierto. Comí lo que Nati había dejado en el plato, lo mejor que he comido.

Otro día, mientras veíamos el amanecer color sangre, me dijo que iban a vender el equipo entero. Le pregunté cómo lo sabía. No contestó. La vi a los ojos. En la cancha nada te pierde como ver a un contrario a los ojos. Te puede insultar y escupir durante todo el partido sin que eso importe, pero de pronto fijas la mirada y la sangre te hierve. Eso le pasó a Zidane en Alemania. Estoy seguro. La furia de los ojos. Me han expulsado por buscar lo que un rival tiene ahí. Con ella fue distinto. Sus ojos no decían nada. Dos monedas quietas. Odié no ser capaz de preocuparla. Luego dijo:

—Patricio debería quedarse. Si siguiera aquí, no venderían la franquicia.

Mi amigo estaba en negociaciones con los Toltecas, un equipo fuerte del D.E, que nunca gana las ligas pero llega lejos y tiene pretexto para vender y comprar jugadores. Aquí el negocio no es ser campeón sino traspasar jugadores.
Un día nos quedamos sin agua caliente en los vestidores y nos dijeron que los trillizos estaban quebrados. Otro día nos dijeron que a los chinos les gustaba el fútbol y querían comprar el equipo. Otro día nos dijeron que a los enemigos de los trillizos no les gustaba que a los chinos les gustara el fútbol. Patricio hablaba todo el día con promotores.

Una noche fuimos a bailar al Nefertiti, con Patricio y la cantante country. Lo recuerdo mejor que mi debut en primera división. En el centro de la pista apareció un sarcófago y de ahí salió una mujer espectacular, completamente desnuda. Se acercó a Patricio, que bebía Coca de dieta, y lo sacó a bailar. Vi el jeroglífico que la mujer tenía tatuado en la espalda, como si pudiera descifrarlo, hasta que estalló la bomba.

Cuando abrí los ojos, muchas horas después, encontré una pulsera en forma de viborita. La había llevado la mujer que bailó con Patricio. Sentí un olor químico. Cerca de mí había una botella de agua. Bebí con desesperación, como al final de un juego. Traté de moverme, pero el dolor me atravesó la pierna derecha. Entonces ni un silbido.

Por los periódicos supe que fui rescatado dos días después del estallido. Estuve una semana en el hospital. Nati no me visitó. Una de sus amigas me dijo que había encontrado trabajo en Las Vegas.

Tal vez el objetivo de la bomba era Patricio, el crack que buscaba lucirse y era tentado por otros equipos. ¿Los trillizos necesitaban un mártir o alguien quiso joderlos a ellos? Lo único cierto es que Patricio salió de la explosión sin un rasguño. Mientras yo me rehabilitaba haciendo rodar una botella bajo mi planta, él empezó a deslumbrar con Toltecas.

Los Tucanes fueron vendidos y mi carta se subastó en poco dinero. Cuando me compró el equipo donde comencé, la prensa escribió: «Un fichaje sentimental». En el vestidor nadie supo que estaba ahí por sentimientos. Esa era la estrella de la que hablaba mi galleta de la suerte.

Fue entonces cuando Lúpulo dijo que los fantasmas se aparecen y los muertos sólo regresan. Había ido a Mexicali para llegar al final, pero como decía un locutor: «Esto no se acaba hasta que se acaba». ¿Cuándo se acaba lo que no tiene meta?

Extrañé la cascada que no terminaba de caer. Extrañé que los directivos estuvieran locos y me pagaran lo mismo que a un tigre. Extrañé el desierto en el que no importaba que no hubiera nadie. Extrañé las manos de Nati cuando doblaban algo con mucha precisión y luego tocaban mi carne calcificada y las sentía agradables y frías. Lo mejor de Nati es que nunca supe por qué estuvo conmigo. La razón podía ser horrenda, pero no me la dijo.

Tardé en recuperar el ritmo. Iba a un consultorio frente a la puerta 6 del estadio Estrella. Me aficioné a los masajes eléctricos y luego me aficioné a Marta, una morenita que me tocaba con sus yemas más de la cuenta y me rasguñaba apenas con sus uñas largas. La primera vez que hice el amor con ella me confesó que estaba enamorada de Patricio. Eso había dejado de ser novedad. Tarde o temprano, todas preguntaban: «¿En verdad te salvó la vida?».

Sí, Patricio me había salvado. Me buscó con los bomberos en las ruinas del Nefertiti mientras en el D.F. ya me hacían una misa de difuntos. Seguía siendo argentino, pero hasta mi loro lo extrañaba.

Por esos días se habló mucho de los trillizos. Los mataron con dinamita. Sólo distinguieron a uno por el tatuaje del Che. Pero los otros dos también estaban ahí. Lo supieron porque contaron los dientes en los escombros. Murieron junto a una bodega de juguetes chinos de contrabando.

Me acordé del día en que me visitaron con la caja de cerveza. «Subimos como la espuma», me habían dicho una vez. Eran más jóvenes que yo. Se habían hinchado los cuerpos como si supieran que no iban a vivir mucho tiempo. Los tres, como si tuvieran el pacto de inflarse.

Contra todos los pronósticos Estrella Azul llegó a la final contra Toltecas. Patricio llamó para desearme suerte. Luego dijo, como si no viniera a cuento:
—La directiva necesita hacer fichajes. Le pusieron precio a mi carta.

Cada tres o cuatro años, Toltecas renueva su plantel. Ningún equipo gana tanto en comisiones. La gente como los trillizos estalla, a nosotros nos transfieren.
El partido de ida terminó en un sucio 0 a 0. Patricio fue pateado con furia. El árbitro resultó ser el veterinario de mi loro. Odiaba a los argentinos. No pitó las faltas que recibió mi amigo. Hasta yo le di patadas de más.

No sé cómo se haya visto el partido de vuelta desde fuera. Nunca lo vi en televisión. Para mí el fútbol se acababa esa tarde, pero moverme era un dolor interminable. íbamos 0 a 0 en el minuto 88. Se podía respirar la decepción de una final que se va a pénaltis. Patricio había jugado como una sombra. Lo pateamos demasiado en el primer juego.

De pronto me barrí por el balón y me quedé con él. Fue como si todo girara y el sol me golpeara por dentro. Sentí un silencio atronador, como cuando desperté medio muerto en el Nefertiti. Levanlé la vista, no hacia el campo, sino hacia el cielo. Luego vi el pasto alrededor, como una isla, la última isla. Fue como si rompiera una galleta de la suerte. Todo se detuvo: el agua de la cascada eléctrica, el sudor en las mejillas de los trillizos, las manos de Nati en mi espalda, los doce equipos donde me patearon, la camiseta de la selección que nunca me puse, la aguja que buscaba mis nervios, y ya no vi nada más, o sólo vi el desierto, el lugar donde podía hacer una jugada al revés.

Oí un silbido. Patricio estaba descolgado en punta, vi su camiseta, enemiga para ambos. Le pasé el balón.

Quedó solo ante el portero pero no se contentó con anotar: hizo un sombrerito de embrujo y acarició la pelota rumbo al ángulo. Admiré esa jugada que nunca fui capaz de hacer y era tan mía como los abucheos y los insultos y los vasos de cerveza que me arrojaban y señalaban algo al fin distinto.

Salí del campo, y comenzó mi vida.

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