2 relatos cortos sobre gatos de Mely Rodríguez Salgado

La escritora extremeña Mely Rodríguez Salgado, ganadora de premios como el de Novela Corta Dulce Chacón con su obra El muchacho de la piedra de azabache, y autora de libros como En el jardín protector (Letras cascabeleras, 2018), nos ofrece hoy dos relatos cortos sobre gatos, a los que adora.

Relato de Mely Rodríguez Salgado: El cielo de mi gato

A la memoria de Pino, que nos dejó con solo tres años

Una mañana luminosa de verano, cuando me estaba dejando adormecer bajo la enredadera de jazmines, vi aparecer por el sendero de arena a mi gato, que se acercó y, tras observarme un momento, se sentó a mi lado como solía hacer siempre. Yo, lejos de asustarme, me alegré.

Mi gato hacía poco tiempo que había muerto de una enfermedad irreversible contraída en la calle, de donde lo rescatamos un día por lástima y lo adoptamos. Era un gato alegre, inquieto, y sentía mucho apego por mí y mi familia, pero sobre todo por el hogar. Mientras lo contemplaba me dije que la nostalgia le había hecho volver. Siempre le gustaron los jazmines, los olisqueaba, los mordía, era un gato feliz. Lo cierto es que estaba intrigada por su regreso, así que, después de saludarnos, le pregunté:

–Y dime, ¿cómo es el cielo de los gatos?

Tardó en responderme, tenía sus bonitos ojos azules fijos en un punto abstracto. Parecía a gusto allí, aunque un poco alicaído y remoto. Al fin me dijo:

–Es una pradera verde y amarilla que se pierde a lo lejos, y ese horizonte jamás se alcanza porque es infinito.

–¿Hay árboles y pájaros? –le volví a preguntar llena de curiosidad, y sin esperar respuesta proseguí–: Será muy divertido. Siempre te gustaron los árboles, te columpiabas en las ramas de la acacia de enfrente y tratabas de cazar gorriones.

–Hay allá y acá algunos árboles pero no subimos nunca porque desde su copa se ve lo mismo que desde la pradera verde y amarilla que se pierde a lo lejos y es inabarcable.

–Entonces jugarás con otros gatos…

–Cada día y a cada instante llegan hasta allí gatos viejos, gatos jóvenes, gatas tristes que han perdido sus camadas, y siempre nos tendemos sobre la hierba y miramos ese horizonte uniforme que nunca alcanzamos.

–Ahora recuerdo a tu amigo el gato negro, os pasabais el tiempo jugando, os atusabais mutuamente, estabais tan unidos, juntos os defendíais de otros gatos a los que tú les plantabas cara. Alguien habrá en aquella pradera con el que puedas jugar.

–Allí jamás hacemos amigos porque estamos carentes de emociones y no nacen en nosotros los sentimientos.

Al escucharle decir estas palabras noté cómo mis ojos se llenaban de lágrimas. Tenía mi pena estancada en mitad del pecho.

–Sin embargo –le dije de nuevo, confusa–, tendréis que cazar algo para comer. Serán jornadas de trabajo infatigables y fructíferas. Eras un gato ágil y decidido.

Pero mi gato permaneció en silencio durante un rato, como si estuviera sopesando la respuesta. El fin me respondió:

–No, jamás cazamos porque nunca sentimos hambre, ni tenemos sed ni calor ni frío, y nunca jugamos porque lo único que hacemos es mirar constantemente al horizonte…

Lo miré en silencio durante un rato, pero ahora lo miraba como se mira a un objeto. Había empezado a comprender y a adivinar su tragedia, que era también la mía, al vislumbrar la realidad de una eternidad que me separaría de lo amado y me despojaría de todo sentimiento, que es, en realidad, la consistencia del propio ser.

–Ah, comprendo… –logré musitar desolada, e impulsiva le supliqué–: quédate aquí conmigo. Siempre te gustó este rincón bajo los jazmines.

Él, entonces, me miró por primera vez con atención. Sus ojos brillaban al sol como si fueran dos cristales azules, su piel estaba ligeramente tirante y las manchas marrones tenían una tonalidad más acentuada.

–No puedo quedarme a tu lado –me dijo con firmeza–. Allá, donde ahora me encuentro, es el lugar que me corresponde, de manera que debo irme.

–¿Volverás otro día? Sabes que te esperaré.

–Puede que el próximo verano, cuando un destello del pasado me devuelva algún recuerdo grato, tal vez cuando florezcan de nuevo los jazmines.

Al escucharlo, volví a sentir pena por él, una pena profunda por aquel gato amigo que un día confió y creyó en nosotros sin necesidad de detenerse a analizarlo. Siempre supimos que su felicidad estaba contenida allí, junto a los jazmines y a nuestro lado; mi pequeño gato que había partido a un lugar sin tiempo donde permanecía estático mirando a un horizonte, esperando, tal vez, a que ocurriera algo que pudiera romper esa uniformidad lastimosa de su nueva vida. Era esta una revelación que me confundía y laceraba.

–Adiós –me dijo al fin.

–Adiós –le respondí abatida por no poder impedir que volviera a aquel lugar.

Lo vi alejarse ligero, muy tieso y perfumado de jazmines, directo a la nada, por el sendero de siempre, mi pequeño gato triste, mi gato de cartón piedra.

Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Las tejas de los gatos

Parece que fue ayer cuando cada tarde veíamos a la gata Pandora pasearse por el tejado de la caseta del jardín. Su llamativa piel brillaba al sol, a esa hora propicia cuando empezaba de nuevo la actividad en la casa una vez que el calor había remitido. Pandora solía tumbarse sobre las tejas que el sol recalentaba, indolente, y a continuación oíamos su maullido de reclamo. La gata Pandora nunca se daba por vencida en su intento por encontrarse de nuevo a nuestro gato perdido, sin embargo, al cabo del rato, desalentada, después de estirarse lentamente, se iba. Puede que en el mundo gatuno esa clase de amor, camaradería, aventuras y caricias mutuas, es decir, un inequívoco vínculo afectivo, sea tan elemental como lo es para el ser humano, aunque, por aquel entonces, nunca llegamos a profundizar demasiado en las relaciones entre los animales, ya que éramos unos niños. Mucho tiempo después, cuando la gata Pandora se cansó de esperar a Gato mientras el sol la cubría con su calidez, soñábamos que ella volvía por el jardín y hasta creíamos escuchar su incesante reclamo.

Las esperas de la gata Pandora, sus maullidos acompasados hasta que por fin aparecía Gato, tendida al sol, que alegraba el jardín, se hicieron familiares en nuestro pequeño mundo. Gato, que nunca tuvo un nombre auténtico, compartía con nosotros un tiempo feliz de juegos y travesuras. Su territorio era muy amplio, abarcaba nuestra casa y las ajenas, el jardín, los patios vecinos y los tejados contiguos a nuestra casa en los que se encontraba con otros gatos callejeros; pero sobre todo era el dueño y señor del jardín con su caseta en la esquina, donde se guardaban los bártulos inservibles de la casa, en cuyo tejado se encontraba cada día con Pandora, la preciosa gata multicolor. En cuanto oía sus maullidos, Gato, con un salto ágil, se reunía con ella y enseguida partían, muy unidos, hacia otros territorios, mientras nosotros, toda una chiquillería integrada por mis hermanos, primos y vecinos, los veíamos alejarse como la cosa más natural, de igual forma que veíamos crecer las rosas y secarse al poco tiempo, llegar la noche y nacer el alba; y los mirábamos partir del mismo modo que veíamos cómo el tiempo nos acercaba las estaciones con sus aires nuevos, y cómo la nieve cubría el jardín y el sol la derretía en un goteo cadencioso que resbalaba por las oscuras ramas de los árboles; y veíamos partir a Pandora y a Gato como se contemplan los largos períodos que siempre traen cambios y que nos iban transformando sin apenas darnos cuenta, y asociábamos sus susurros y lamentos, durante el período del celo, con el estallido de las tormentas de junio bajo los desgarrones de las nubes, de igual forma que nos era familiar verlos unirse y separarse bajo las estrellas o la luna que, con el cambio de sus ciclos, iluminaba o dejaba en penumbra el jardín. Que yo recuerde, solíamos contemplar a aquellos dos gatos sin pizca de asombro, de la misma manera que contemplábamos el transcurrir cotidiano de los días o lo complicado de la rutina diaria que acontecía casi siempre entre libros y aprendizaje durante el invierno.

Era el nuestro un camino tortuoso de amaneceres fríos y aulas desangeladas, de tardes cortas y noches de viento, introducidos entre un cúmulo de números, letras y geografías lejanas e inabarcables, pero también de sueños e ilusiones. Y, a nuestro regreso del colegio, allí siempre estaba Gato llenando la casa con su presencia y su apacible compañía que, en realidad, apreciábamos igual a la que nos proporcionaba cualquier juguete olvidado al que solíamos mirar siempre del mismo modo, como un elemento más que continuamente estaba acompañando el transcurrir uniforme de nuestras vidas.

El día que se fue Gato, muchos respiraron más tranquilos. Por fin ya no volvería con sus travesuras y sus rapiñas a asaltar cocinas ajenas, dijeron mis abuelos y algún que otro vecino irascible. Aquel gato de vistosa piel rayada, que, por cierto, era el más bonito de todos los gatos de los alrededores, nos dejó para siempre. Gato desapareció de nuestras vidas y alguien nos contó cómo se fue perdiendo a lo lejos, desorientado, abriendo un surco larguísimo por el sendero amarillo de las espigas, bajo el cielo azul de la tarde, en busca, tal vez, de otros jardines, de otros tejados desde donde emprendería su largo e imposible regreso al lugar común y a la compañía de Pandora; exiliado y lejos de su patria libre y grata.

Al principio, tanto mis hermanos como yo, si exceptuamos a uno de los más pequeños, que lloró por él con bastante desconsuelo, nos esperanzamos con la idea de que nuestro gato volvería en cualquier momento. Los mayores, en cambio, no alimentaban ninguna esperanza, sencillamente porque no deseaban volver a verlo. A fin de cuentas se acabaron de una vez por todas las quejas de los vecinos, las molestas riñas con otros gatos y las marcas por cualquier rincón de la casa. Según dijeron todos fue una excelente idea la que tuvo uno de mis tíos cuando sugirió llevarlo muy lejos de nuestra ciudad, a un lugar donde crecían extensos sembrados de trigo y había casas de campo diseminadas acá y allá; lejos, muy lejos, para que, al intentar emprender el camino de vuelta a casa, no pudiera encontrarlo nunca. Sí, todos estuvieron de acuerdo en que había sido algo muy acertado deshacerse de él, porque era un gato rebelde y listo –también en el mundo de los gatos los hay que sobresalen–, de modo que sabría buscarse la vida y sobrevivir.

Pero a medida que el tiempo fue pasando, el recuerdo de Gato tomó protagonismo en nuestras vidas, y los mayores, para lavar sus conciencias, decían aquello de que el animalito, seguro, habría sabido salir airoso de cualquier trance y ya estaría adaptado a un nuevo medio, un lugar donde los campos no tenían horizontes, a pesar de que los cazadores disparaban a todo lo que se movía, porque allí abundaba la caza. También decían que Gato se habría aclimatado a una nueva forma de vida, mucho mejor y más libre. Los niños, en cambio, empezamos a recordarlo de otra manera, a asimilar que nos faltaba algo y que ese algo ya no se parecía al juguete olvidado que no importaba nada; aceptamos, finalmente, que nuestro gato nunca volvería.

Pero cuando realmente lo recordamos fue una de las últimas tardes de primavera, aquella en la que el jardín resplandecía de luz y el sol calentaba las tejas de la caseta donde la gata Pandora, después de varios meses, seguía, obstinada y puntualmente, con su triste maullido de reclamo a su compañero sin un ápice de desaliento, un maullido al que nos habíamos acostumbrado desde hacía tiempo. Nunca como aquella tarde la gata Pandora nos pareció tan bonita y, a la vez, tan triste; nunca escuchamos de igual forma su llamada lastimera, ni su imagen fue tan conmovedora. Finalmente, una vez más, la vimos partir con el sol del atardecer en un último resplandor y desaparecer para siempre por el sendero que ellos habían marcado tiempo atrás.

Y a partir de aquella tarde, el sol siguió iluminando el jardín, pero ya sin Pandora y Gato, y conforme fue pasando el tiempo, también fuimos dejando atrás nuestros juegos de la infancia y nos acostumbramos a ver el jardín en soledad al que únicamente tocaba el cambio de las estaciones con sus elementos naturales. Fueron muchos los cambios que se produjeron en nosotros y en nuestras vidas, aquellos que nos trajeron proyectos y luchas. Nuestras huellas infantiles sobre la arena del jardín fueron reemplazadas por otras más precisas y decididas. Sin darnos cuenta el tiempo nos había ido arrebatando aquella pequeña patria de juegos y travesuras, exiliándonos para siempre a un país desconocido al que tuvimos que adaptarnos y sobrevivir. Al ser conscientes de este hecho, recordábamos con frecuencia la tragedia de Gato que, en realidad, era también la nuestra. Y aunque todo en el jardín siguiera igual, y las rosas y los vientos de marzo fueran parecidos, y los veranos nos trajeran acontecimientos inesperados y relajantes, y los otoños nos siguieran entristeciendo, nada volvió a ser lo mismo. Sin embargo, a veces, esperáramos a que volviera Gato a reunirse con su querida Pandora, la gata multicolor de los maullidos lastimeros. Era así, nos gustaba recordar a Gato y creer, como si se tratara de un milagro, que hubiera encontrado al fin el camino de vuelta a casa para tenderse en el cálido reducto del jardín, al igual que soñábamos algunas veces con los años de nuestra infancia, que estaban envueltos en un aura de mágicas quimeras que perdimos irremediablemente. Aquellos sueños que fabricábamos en la madurez, de manera quimérica y melancólica, sobre la posibilidad de que el tiempo nos devolviera lo perdido y amado, en este caso los días de Gato y Pandora, nos hacía a veces creer que, de cierta manera, recuperábamos parte de la infancia, aquellos años que fueron los mejores de nuestras vidas.


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Cuento de Mely Rodríguez Salgado: Riesgo

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