Relatos cortos sobre el tren

El tren es un elemento con muchas posibilidades artísticas, y ahí están numerosos cuadros, fotografías o novelas para constatarlo. Como lo nuestro es la brevedad, os traemos un buen ramillete de relatos cortos que guardan relación con el tren.

(Por cierto, aquí tenéis disponibles todos los relatos cortos publicados en Señor Breve).

Waterman Hémisphère - Bolígrafo, adornos cromáticos, negro mate, estuche de bolígrafos de PU, set de regalo
32 Opiniones
Waterman Hémisphère - Bolígrafo, adornos cromáticos, negro mate, estuche de bolígrafos de PU, set de regalo
  • Letra inicial de Waterman grabada en el clip
  • Accionado por giro
  • Producto fabricado en Francia y montado a mano
  • Se presenta en un estuche de regalo de Waterman de lujo

Relato breve de Vicente Huidobro: La hija del guardagujas

La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.

La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas.

Allí vive el guardagujas con su mujer, contemplando pasar los trenes cargados de fantasmas que van de ciudad en ciudad. Cientos de trenes, trenes del norte al sur y trenes del sur al norte. Todos los días, todos los meses, todo el año. Miles de trenes con millones de fantasmas, haciendo crujir los huecos de la montaña.

La mujer, como buena mujer, le ayuda a enhebrar los trenes por el justo camino

La responsabilidad de tantas vidas satisfechas les ha puesto un gesto trágico en el rostro.

Apenas si pueden sonreír cuando se quedan como suspendidos mirando a su pequeña, una criatura de tres años, graciosa, delicada, con gestos de flor y de paloma.

Pasan los trenes con el fragor de hierros y largos metales arrastrados de toda una ciudad que soltara sus amarras, de tantos fantasmas desencadenados y ebrios de libertad.

La hija del guardagujas juega entre los trenes de su montaña con una confianza aterradora. Ignora que los niños ricos de la ciudad se entretienen con unos trenes pequeñitos como ratones sobre rieles de lata. Ella posee los trenes más grandes del mundo… y ya empieza a mirarlos con desprecio.

Es un encanto de niñita. Vive despreocupada, suelta como si no quisiera apegarse a nadie. Se diría que un tren la arrojó allí al pasar como por casualidad.

En cambio sus padres viven pendientes de ella, la contemplan, mientras todavía es tiempo, la miman, la adoran.

Ellos saben que un día la va a matar un tren.

Cuentos diminutos, La Nación. Suplemento, Santiago de Chile, 5 de noviembre de 1939, pág. 1

Relato corto de Sara Gallardo: Los trenes de los muertos

El rápido a Bahía Blanca arrastró al hijo del capataz de la cuadrilla que reparaba las vías. Era un hombre triste desde la muerte de su mujer; con esto se dio a beber.

El hijo estuvo un mes como dormido. Cuando volvió a su casa no era el mismo.

Rengo. Pero sobre todo ausente.

Se entregó a encender pequeñas fogatas.

Las alimentaba de día, de noche.

A veces levantaba los brazos dando un grito.

Una tarde, su padre llegó del almacén y se puso a llorar. ¿Qué hacía con esos fuegos, por Dios Santo? Causaban la compasión de los vecinos.

A la hora del accidente, dijo el niño, vi los trenes de los muertos.

Cruzándose como rayos sobre el mundo. Unos venían y otros iban y otros subían o bajaban sin dirección y sin destino. Vio en las ventanillas las caras de los muertos de este mundo. Lívidas caras con sonrisa, caras dobladas. Caras sujetas por telas que asfixian, manos que cuelgan, pelos de colores, electricistas, amas de hogar, sacerdotes, presidentes de compañías. Muertos en vida. Pómulos cubiertos de polvillo de hueso. Zarandeándose.

En trenes que refulgían como fantasmas que se levantan de pantanos. A cabezadas, rizos contra los vidrios, sin pedir ayuda, sin desearla. En una noche permanente, los trenes sin voz ni silbato, cruzándose. Sin señales, sin orden.

Se superponían, se sucedían, se cambiaban.

Nadie los oye ni los ve, volando en todas partes sobre el mundo.

El dolor que había visto era alegre junto al dolor en esos trenes. Vio, como si los tocara, que el frío congelaba a esos viajeros, igual que a los que duermen para siempre en los Andes. Y dentro de esos témpanos los ojos llamaban sin llamado.

Ponía señales para eso. Para los trenes de los muertos.

El país del humo (1977), Córdoba (República Argentina), Alción, 2003, págs. 185–186.

Relato corto de Flannery O’Connor: El tren

De tanto pensar en el camarero casi se había olvidado de la litera. Le tocaba una de arriba. El hombre de la estación había dicho que podía darle una de las de abajo y Haze le había preguntado si no tenía de las de arriba. Al acomodarse en el asiento, Haze se había fijado en que, encima de su cabeza, el techo era redondeado. Ahí estaba la litera. Bajaban el techo y ahí estaba, y para subirte tenías que usar una escalera. No había visto ninguna escalera por ahí; supuso que las guardarían en el armario. El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.

La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos… así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo.

–¿A… a qué hora bajan las camas? —farfulló Haze.

—Falta mucho todavía —contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario.

Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimento.

El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior.

Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado noventa kilos, sin un gramo de grasa, y no levantaba más de metro cincuenta y cinco del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: «Soy de Eastrod»? ¿Qué le diría él?

El tren había llegado a Evansville. Subió una señora y se sentó enfrente de Haze. Eso significaba que a ella le tocaría la litera que había debajo de la suya. La mujer comentó que le parecía que iba a nevar. Dijo que su marido la había llevado en coche hasta la estación y le había dicho que sería toda una sorpresa si no nevaba antes de que él estuviera de vuelta en casa. Tenía que recorrer quince kilómetros; vivían en las afueras. Ella iba a Florida, a visitar a su hermana. Nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. La vida era así, las cosas iban pasando una detrás de la otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja. Puso una cara como si el tiempo la hubiese engañado al pasar el doble de deprisa cuando ella dormía y no podía vigilarlo. Haze se alegró de tener a alguien que le diera conversación.

Se acordó de cuando era niño, cuando su madre y él y los demás niños iban a Chattanooga en el ferrocarril de Tennessee. Su madre siempre se ponía a conversar con los demás pasajeros. Era como un viejo perro de caza al que acababan de soltar y salía corriendo, olía cada piedra y cada palo y olfateaba alrededor de cada objeto con el que se encontraba. Y además se acordaba de todos ellos. Años más tarde, de repente se preguntaba qué sería de aquella señora que iba a Fort West, o se preguntaba si el vendedor de biblias había conseguido sacar a su mujer del hospital. Sentía una especie de anhelo por la gente, como si lo que le pasaba a las personas con las que conversaba le pasara a ella. Era una Jackson. Annie Lou Jackson.

«Mi madre era una Jackson», dijo Haze para sus adentros. Había dejado de prestar atención a la señora, aunque seguía mirándola a la cara y ella creía que la escuchaba.

«Me llamo Hazel Wickers —dijo—. Tengo diecinueve años. Mi madre era una Jackson. Me crié en Eastrod, Eastrod, Tennessee». Pensó otra vez en el camarero. Le preguntaría al camarero. De pronto se le ocurrió que el camarero podía ser hijo de Cash. A Cash se le había fugado un hijo. Eso pasó antes de que Haze naciera. Aun así, seguro que el camarero conocía Eastrod.

Haze miró por la ventanilla y vio las negras siluetas giróvagas adelantándolo a toda velocidad. Si cerraba los ojos, entre cualquiera de ellas, distinguía Eastrod de noche, y lograba encontrar las dos casas con el camino en medio, y la tienda, y las casas de los negros, y aquel granero, y el trozo de valla que se internaba en el prado, entre gris y blanco, con la luna en lo alto. Era capaz de ver la cara de la mula suspendida encima de la valla y ahí la dejaba, para que sintiera la noche. El también la sentía. Sentía su suave caricia en el aire. Había visto a su mamá acercarse por el sendero y secarse las manos en el mandil que acababa de quitarse, la había visto aparecer sombría como si fuese la encarnación de la noche y luego de pie en la puerta: Haaazzzeee, Haaazzzeee, ven aquí. El tren lo decía por él. Quiso levantarse e ir a buscar al camarero.

—¿Vas para tu casa? —le preguntó la señora Hosen. Se llamaba señora de Wallace Ben Hosen; de soltera se apellidaba Hitchcock.

—¡Ummm! —exclamó Haze, sobresaltado—, me bajo en… me bajo en Taulkinham.

La señora Hosen conocía a algunas personas en Evansville que tenían un primo en Taulkinham… un tal señor Henrys, no estaba segura. Siendo de Taulkinham, Haze debía de conocerlo. ¿Alguna vez había oído hablar de…?

—Yo no soy de Taulkinham —refunfuñó Haze—. Yo no sé nada de Taulkinham.

No miró a la señora Hosen. Sabía lo que le iba a preguntar; vio venir la pregunta y vino:

—¿Y se puede saber dónde vives?

Quería huir de ella.

—Eso estaba allí —murmuró, revolviéndose en el asiento, Luego añadió—: Es que no m’acuerdo, estuve una vez pero… esta es la tercera vez que voy a Taulkinham —se apresuró a explicar; la cara de la mujer había surgido ante él y lo miraba con fijeza—, no volví más desde aquella vez que fui y yo tenía seis años. No sé na d’ese lugar. Una vez vi ahí un circo pero no…

Oyó un ruido metálico al final del vagón y se asomó para ver de dónde venía. El camarero iba bajando las paredes de los compartimentos del principio del vagón.

—Tengo que ver al camarero —dijo Haze, y escapó pasillo abajo.

No sabía qué le iba a decir al camarero. Cuando lo tuvo delante seguía sin saber qué le iba a decir.

—Supongo que se prepara pa hacerlas ya —comentó Haze.

—Así es —dijo el camarero.

—¿Cuánto tarda en hacer una? —preguntó Haze.

—Siete minutos —contestó el camarero.

—Yo soy de Eastrod —dijo Haze—. Soy de Eastrod, Tennessee.

—Pues eso no está en esta línea —le aclaró el camarero—. Te has equivocado de tren si cuentas con llegar a un sitio como ese.

—Voy a Taulkinham —dijo Haze—. Me crié en Eastrod.

—¿Quieres que te haga la litera ahora mismo? —le preguntó el camarero.

—¿Eh? —respondió Haze—. Eastrod, Tennessee. ¿Que n’oyó hablar de Eastrod?

El camarero bajó un lateral del asiento.

—Yo soy de Chicago —le dijo.

Echó las cortinas de ambas ventanillas y bajó el otro asiento. Hasta la nuca era la misma. Cuando se agachó, se le vieron tres pliegues. Era de Chicago.

—Estás justo en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar —le dijo, y le dio la espalda a Haze.

—Me parece que mejor me voy a sentar un rato —dijo Haze sonrojándose.

Al regresar a su compartimento, notó que la gente lo observaba con atención. La señora Hosen miraba por la ventanilla. Se volvió y lo examinó con suspicacia; luego dijo que todavía no se había puesto a nevar, ¿verdad?, y soltó una parrafada.

Imaginaba que a esa hora su marido se estaría preparando la cena. Ella pagaba a una chica para que le hiciera la comida, pero para la cena se arreglaba solo. Le parecía que eso, de vez en cuando, no le hacía daño a ningún hombre. Al contrario, pensaba que a él le venía bien. Wallace no era gandul, pero no tenía ni idea de lo sacrificado que era ocuparse todo el santo día de la casa. La verdad es que no sabía cómo iba a sentirse en Florida con alguien sirviéndola todo el rato.

El camarero era de Chicago.

Hacía cinco años que ella no se tomaba vacaciones. La última vez había ido a ver a su hermana a Grand Rapids. El tiempo vuela. Su hermana se había mudado de Grand Rapids a Waterloo. Si llegaba a cruzarse ahí mismo con los hijos de su hermana, no sabía bien si iba a ser capaz de reconocerlos. Su hermana le había escrito que estaban tan grandes como su padre. Las cosas cambiaban deprisa, le decía. El marido de su hermana había trabajado en la compañía del agua de Grand Rapids, tenía un buen puesto, pero en Waterloo, se…

—Estuve allí la última vez —dijo Haze—. No me bajaría en Taulkinham si eso estuviera allí; se vino abajo como… no sé… como…

—Debes de estar pensando en otra Grand Rapids —le dijo la señora Hosen frunciendo el ceño—. La Grand Rapids de la que yo te hablo es una ciudad grande y está donde ha estado siempre.

Lo miró con fijeza un instante y luego continuó: cuando estaban en Grand Rapids se llevaban bien, pero en Waterloo él se dio a la bebida. Su hermana tuvo que sacar adelante la casa y educar a los niños. La señora Hosen no lograba entender cómo podía pasarse ahí sentado año tras año.

La madre de Haze nunca había hablado demasiado en el tren; más bien escuchaba. Era una Jackson.

Al cabo de un rato, la señora Hosen dijo que tenía hambre y le preguntó si quería acompañarla al vagón restaurante. Le dijo que sí.

El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Haze y la señora Hosen hicieron media hora de cola meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hosen se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Haze miraba la pared con cara de tonto. Nunca se hubiera animado a ir solo al vagón restaurante; menos mal que había encontrado a la señora Hosen. Si ella no llegaba a estar hablando, él le hubiera contado con inteligencia que había estado allí la última vez y que el camarero no era de allí, pero que se parecía bastante a los negros de la quebrada, también se parecía al viejo Cash lo suficiente para ser su hijo. Se lo hubiera contado durante la comida. Desde donde estaba no se veía el vagón restaurante; se preguntó cómo sería por dentro. «Como un restaurante», imaginó. Pensó en la litera. Cuando terminara de comer, seguro que la litera estaba hecha y se podía subir a ella. ¿Qué diría su mamá si lo viera ocupando una litera en un tren? Seguro que ella nunca llegó a imaginar que eso iba a pasar. Cuando se acercaron un poco más a la entrada del vagón restaurante, vio el interior. ¡Era igualito a un restaurante de la ciudad! Seguro que su mamá nunca llegó a imaginar que sería así.

Cada vez que alguien salía del vagón restaurante, el encargado le hacía señas a las personas del principio de la cola; a veces le hacía señas a una sola persona, a veces a varias. Pidió que entraran dos personas, la cola avanzó y Haze, la señora Hosen y la mujer con la que conversaba quedaron al final del vagón restaurante, mirando hacia el interior. Al cabo de poco, se marcharon dos personas más. El hombre hizo una seña y entraron la señora Hosen y la mujer; Haze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: «Dos nada más», y lo hizo retroceder hasta la puerta. Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero había demasiada gente apretujada cerca de la puerta. Tuvo que quedarse allí de pie y aguantar que todos lo miraran. Durante un rato nadie se marchó y tuvo que quedarse ahí de pie. La señora Hosen no volvió a fijarse en él. Al final, la señora que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el encargado agitó la mano, Haze vaciló, vio la mano agitarse otra vez y entonces avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose y, antes de llegar a su sitio, chocó contra dos mesas y se le cayó encima el café de alguien. No miró a las personas que estaban sentadas a su mesa.

Pidió lo primero que vio en el menú y, cuando se lo sirvieron, se lo comió sin pensar en lo que era. La gente con la que compartía mesa había acabado y notó que esperaban y, mientras, aprovechaban para verlo comer.

Cuando salió del vagón restaurante se sentía débil y las manos le temblaban solas, con movimientos imperceptibles. Era como si hubiera pasado un año desde que había visto al encargado hacerle señas para que se sentara. Se detuvo entre dos vagones; para despejarse inspiró hondo el aire frío. Funcionó. Cuando regresó a su vagón, todas las literas estaban montadas y los pasillos, oscuros y siniestros, flotaban envueltos en un verde espeso. Se dio cuenta otra vez de que tenía una litera, de las de arriba, y de que ya podía meterse en ella. Podía tumbarse y subir la persiana un poquito para mirar y vigilar —justo lo que pensaba hacer— y ver cómo pasaban las cosas de noche desde un tren en marcha. Podía observar la noche en movimiento.

Cogió el macuto, se fue al lavabo de caballeros y se puso la ropa de dormir. Un cartel indicaba que había que avisarle al camarero para subir a las literas de arriba. Se le ocurrió de repente que a lo mejor el camarero era primo de algunos de los negros de la quebrada; podía preguntarle si tenía algún primo en Eastrod, o en Tennessee. Fue pasillo abajo, a buscarlo. A lo mejor podían charlar un poco antes de que él se metiera en la litera. No encontró al camarero al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado, color rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló:

«¡Serás torpe!». Era la señora Hosen envuelta en un salto de cama rosa, con la cabeza llena de bigudíes. Se había olvidado de ella. Daba miedo verla con el pelo brillante, peinado para atrás y esos rizadores que parecían setas negras enmarcándole la cara.

Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron.

Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó:

—¿Se puede saber qué es lo que te pasa?

El se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo y chocó con tal fuerza contra el camarero que este perdió el equilibrio y él le cayó encima; la cara del camarero quedó muy cerca de la suya, era clavado al viejo Cash Simmons. Por un instante no pudo quitarse de encima del camarero por estar pensando en que era Cash, y musitó:

«Cash», y el camarero se lo sacó de encima, se levantó y se alejó pasillo abajo, a toda prisa, y Haze se incorporó como pudo, fue tras él y le dijo que quería subirse a su litera mientras pensaba: «Es pariente de Cash», y entonces, de repente, como si alguien se lo hubiera soltado cuando estaba distraído: «Este es el hijo que se le fugó a Cash». Y luego: «Conoce Eastrod y no quiere saber nada, no quiere hablar de eso, no quiere hablar de Cash».

Se quedó mirando mientras el camarero le ponía la escalera para subir a la litera; luego subió sin dejar de mirar al camarero; veía a Cash, aunque distinto, no tenía los mismos ojos, y cuando estaba a medio subir, dijo, sin dejar de mirar al camarero:

—Cash está muerto. Un puerco le pegó el cólera.

El camarero se quedó con la boca abierta y, observando a Haze con desdén, masculló:

—Soy de Chicago. Mi padre era empleado del ferrocarril.

Haze se le quedó mirando y se echó a reír: un negro empleado de ferrocarril; y rió otra vez y el camarero apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta.

Se acostó boca abajo en la litera, temblando por la forma en que había subido. El hijo de Cash. De Eastrod. Pero que no quería saber nada de Eastrod, que odiaba Eastrod.

Siguió acostado boca abajo durante un rato, sin moverse. Era como si hubiese pasado un año desde que se había caído en el pasillo encima del camarero.

Al cabo de un rato se acordó de que, en realidad, estaba en la litera, se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventana.

En la pared del costado no había ninguna ventana. No se subía hacia arriba para convertirse en ventana. No había ninguna ventana disimulada en la pared. Había como una red de pesca en toda la pared del costado, pero no había ninguna ventana. Por un instante, se le pasó por la cabeza que eso era obra del camarero: le había dado esa litera que no tenía ventana, solo una red de pesca colgando a lo largo, porque lo odiaba. Seguro que eran todos iguales.

El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó. El techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. En la cena había tomado huevos. Ahora los notaba en la esponja que tenía en la garganta. Justo en la garganta los tenía. No quería darse la vuelta, tenía miedo de que se movieran; quería que la luz estuviera apagada; quería que estuviera oscuro.

Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después se hizo menos intensa por la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo. Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al camarero acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que no se oyeron más. El camarero era de Eastrod.

Era de Eastrod pero no quería saber nada de ese lugar. Cash no lo hubiera reclamado.

No lo hubiera querido. No hubiera querido nada que llevara una chaquetilla blanca y ajustada y anduviera con una escobilla en el bolsillo. La ropa de Cash tenía la misma pinta que si la hubiesen guardado un tiempo debajo de una piedra; y olía como los negros. Pensó en cómo olía Cash, pero el olor que le vino era el del tren. En Eastrod ya no quedaban negros de la quebrada. En Eastrod. Al entrar por el camino vio en la oscuridad, en la penumbra, la tienda de comestibles cerrada con tablas y el granero abierto donde la oscuridad andaba suelta, y la casa más pequeña medio desmontada, sin porche ni suelo en la entrada. Se suponía que debía ir a casa de su hermana en Taulkinham la última vez que estuvo de permiso, al volver del campamento de Georgia, pero no quería ir a Taulkinham y había regresado a Eastrod pese a que sabía lo que se iba a encontrar: las dos familias desperdigadas por los pueblos y hasta los negros que vivían en el camino se habían marchado a Memphis, a Murfreesboro y a otros sitios. Él había vuelto a dormir en la casa, en el suelo de la cocina, y del techo se había desprendido una tabla que le había caído en la cabeza y hecho un corte en la cara. Pegó un salto, como si notara la tabla, y el tren dio una sacudida, se detuvo y volvió a arrancar. Recorrió la casa para comprobar que no quedara nada que conviniera llevarse.

Su mamá siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. En ninguna parte había otro ropero así. Su mamá era una Jackson, había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada grande. Y ahí se lo dejaron. Él calculó que en el camión no había quedado sitio para llevarlo. Abrió todos los cajones.

En el de arriba de todo encontró dos trozos de bramante y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el bramante, ató las dos patas a unas tablas sueltas del suelo y dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones: ESTE ROPERO PERTENECE A HAZEL WICKERS. NO ROBAR. AL QUE LO ROBE LO VOY A PERSEGUIR Y LO VOY A MATAR.

Así ella descansaría mejor sabiendo que el mono estaba protegido de alguna manera.

Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su mamá caminaba de noche y pasaba por ahí… si pasaba con aquella expresión en la cara, inquieta y fija, si subía por el sendero y recorría el granero abierto por todas partes y si se paraba en la penumbra, cerca de la tienda de comestibles cerrada con tablas, si se acercaba intranquila con aquella expresión en la cara como la que él le había visto a través de la grieta cuando la bajaban. Le había visto la cara a través de la grieta cuando le ponían la tapa, había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si no estuviera contenta de descansar, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa y salir volando como un espíritu que iba a estar satisfecho, pero ellos encerraron dentro al espíritu. A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto; tremenda, como un enorme murciélago que se colaba por la rendija, la vio salir volando de ahí pero la oscuridad caía sobre ella, se cerraba todo el tiempo, se cerraba; desde dentro la vio cerrarse, acercarse más y más, tapando la luz y el cuarto y los árboles que se veían por la ventana, por la rendija que se cerraba más deprisa, más negra. Abrió los ojos, vio que la tapa bajaba, se levantó de un salto, se coló por la grieta y se quedó ahí moviéndose, qué mareo, la tenue luz del tren le permitió ver poco a poco la alfombra del suelo, moviéndose, qué mareo. Se quedó ahí, mojado y frío, y vio al camarero en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse. Las vías describieron una curva y él, mareado, cayó de espaldas en la intensa calma del tren.

Historia corta de Francisco Rodríguez Criado: Los trenes fantasma

Cada tarde, al salir del colegio, mis compañeros y yo echábamos a correr en dirección a la estación de ferrocarril, que estaba en las afueras, muy cerca del barrio de los mineros. Allí fue donde empezamos a fumar a hurtadillas los primeros cigarrillos. Nos gustaba poner monedas sobre la vía a la espera de que el tren las deformara a su paso. El guardabarreras siempre nos regañaba, por el asunto de las monedas y por otras travesuras, y como le hacíamos burla acabó por tomarnos ojeriza. Por suerte teníamos buenas piernas y nunca nos pillaba a la carrera.

Pasábamos las horas muertas en la estación, ese mundo nuevo para nosotros donde la gente iba y venía con sus maletas y sus sueños, y donde las parejas se escondían tras el muro del deseo para que nadie pudiera sorprenderlas mientras se besaban.

Era como el cine. Un cine sin taquilla, sin butacas, sin acomodador, un cine al aire libre. 

En mi afán por contribuir al séptimo arte, imaginaba que cuando fuese mayor tendría una novia rubia muy guapa, de piel blanquecina, los ojos claros, una de esas extranjeras del Este que te miran desde las alturas… cuando te miran. Mi extranjera vendría y se iría en tren, claro. Para que pudiéramos llenar unos minutos del metraje con ventanas, despedidas y besos.  

Volviendo a la realidad, la estación era nuestra segunda casa. Y la de aquellos hombres olvidados, de mediana edad, que se agrupaban en el andén o a la puerta de la cafetería para hablar de sus cosas. Hombres como otros cualesquiera, sombras de sí mismos, hombres descoloridos y un poco agrietados, siempre con los zapatos zurcidos por el pasado y los ojos nublados por la desidia.  

Pero ocurrió que un día los trenes comenzaron a llegar vacíos. Nosotros nos empinábamos para mirar por las ventanillas tratando de averiguar qué ocurría en su interior… Nunca conseguimos ver a un solo pasajero. Tampoco al conductor, cuya cabina estaba igualmente vacía. ¿Quién se encargaba, pues, de conducir aquellas máquinas? Nadie lo sabía.

En el ayuntamiento se celebró un pleno para tratar la cuestión. El partido gobernante dijo que no tenía sentido permitir la entrada en la estación de trenes fantasma. Querían derribar la estación porque “se había quedado obsoleta”. “Es un gasto innecesario –añadían–. Podríamos hacer un jardín botánico que ocupara su lugar”. Pero la oposición, como corresponde, se negó en rotundo. Los trenes vacíos, obstinados, continuaron bramando desde el horizonte.

Ante la falta de clientela se cerró la cafetería y el quiosco de las revistas, y se trasladó la parada de taxis al centro urbano.

Los chicos dejamos de ir a la estación.

Yo soy el único que se atrevería, muchos años después, a subir a uno de aquellos trenes. “Ahora sabremos qué demonios pasa”, me dije. Convoqué a los periodistas. Los curiosos se apelotonaron en el andén, ansiosos de conocer mi veredicto tras la ronda de reconocimiento. Abrí la puerta con mucho esfuerzo. Y con miedo… ¿Y qué había allí? Nada. Nadie. Polvo. Olvido. Ventanas  empañadas de ausencia durante años.

El aire era turbio y olía a perros muertos.

Una triste imagen, aquella.

Al bajar, todos me abordaron con agitación.

–¿Qué has visto?

–¿Es cierto que está vacío?

–¿Quién lo conduce?

–¿Adónde se dirige?

Aseguré con desparpajo que aquellos vagones estaban atestados de pasajeros: artistas, cantantes, músicos, pintores, escultores, empresarios… E incluso había una princesa muy elegante que fumaba cigarrillos largos y cubría sus finas manos en guantes rojos de seda.

–¿No habéis escuchado la música de la orquesta? Tienen un violinista francés muy bueno –añadí–. Según me ha contado el revisor, es famoso en el mundo entero.

Se sintieron felices al escuchar mi crónica. 

Desde aquella tarde la cafetería y los taxistas de la estación no dan abasto en atender las demandas de los numerosos pasajeros que nuevamente bajan y suben al tren. Cada tarde los observo con fruición mientras, sentado en un banco del andén, espero la llegada de mi rubia del Este.

Francisco Rodríguez Criado


Cuento de Fredric Brown: El último tren


Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo. Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».

Ello era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.

La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.

–Adiós, Joe –dijo, y caminó hacia la entrada.

El tabernero comentó:

–En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.

El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.

Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.

Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.

«¿Por qué no? –pensó–. ¿Por qué no esta noche?»

El viejo impulso –espectro de miles de noches insatisfactorias– era más poderoso esta noche. Incluso en ese momento andaba hacia la estación del tren; pero lo había hecho antes a menudo. A menudo había llegado al extremo de presenciar la salida de los trenes y pensar, mientras miraba: «Debería estar en ese tren». Nunca había subido a ninguno.

A media calle de la estación oyó el sonido de la campana, el resoplido del vapor y el arranque del tren. Lo habría perdido, si hubiese tenido el valor de tomarlo.

Y súbitamente comprendió que esta noche era distinta, que esta noche lo haría realmente. Sólo con la ropa que llevaba puesta, con el dinero que tuviera en los bolsillos. Exactamente como se lo había propuesto siempre: la salida limpia. Que ellos informaran de su desaparición, que se hicieran preguntas, que alguien enderezara la enredada maraña en que se convertirían súbitamente sus actividades profesionales sin él.

Walter Yates estaba delante de la puerta abierta de su taberna, a pocos pasos de la estación. Dijo:

–Hola, señor Haig. Esta noche hay una hermosa aurora boreal. La mejor que he visto en mi vida.

–¿De eso se trata? – preguntó Haig–. Creí que era el reflejo de un gran incendio.

Walter meneé la cabeza.

–No. Mire hacia el norte; allí donde el cielo parece trémulo. Es la aurora.

Haig se volvió y miró hacia el norte. El resplandor rojizo en esa dirección era. Sí, la palabra «trémulo» lo describía bien. También era hermoso, pero algo atemorizante, aunque uno supiera de qué se trataba.

Se volvió nuevamente y pasó junto a Walter para entrar en la taberna, al tiempo que preguntaba:

–¿Tiene un trago para un sediento?

Más tarde, mientras revolvía su whisky con una varilla de cristal, inquirió:

–Walter, ¿a qué hora sale el próximo tren?

–¿Hacia adónde?

–Hacia cualquier parte.

Walter levantó la mirada hasta el reloj.

–Dentro de pocos minutos. Entrará en cualquier momento.

–Demasiado pronto; quiero terminar esta copa. ¿Y el siguiente?

–Hay uno a las diez y catorce. Quizá sea el último de esta noche. Quiero decir, hasta medianoche; como cierro a esa hora, no lo sé.

–¿Adónde…? Espere, no me diga adónde va. No quiero saberlo. Pero viajaré en él.

–¿Sin saber adónde va?

–Sin preocuparme adónde va – corrigió Haig –. Escuche, Walter, hablo en serio. Quiero que haga algo por mí: si se entera por los periódicos de que he desaparecido, no diga a nadie que esta noche estuve aquí ni lo que hablé. No quería contárselo a nadie.

Walter asintió sabiamente.

–Puedo mantener cerrado el pico, señor Haig. Ha sido un buen cliente. No lo rastrearán a través de mí.

Haig se balanceó ligeramente en el taburete. Sus ojos se fijaron en el rostro de Walter y vieron la ligera sonrisa. Había una obsesionante sensación de familiaridad en esa conversación. Era como si se hubiesen pronunciado las mismas palabras con anterioridad, como si hubiese obtenido la misma respuesta. Bruscamente preguntó:

–Walter, ¿le he dicho esto antes? ¿Cuántas veces?

–Seis… Ocho… Quizá diez veces. No me acuerdo.

–Dios –musitó Haig suavemente. Fijó la mirada en Walter el rostro de éste se desdibujó y se separó en dos caras y sólo un esfuerzo logró reunirlas en una ligeramente sonriente, irónicamente tolerante. Ahora supo que habían sido más de diez veces –. Walter, ¿soy un borracho?

–Señor Haig, yo no diría eso. Bebe mucho, pero…

Ya no quería mirar a Walter.

Fijó la vista en su vaso y vio que estaba vacío. Pidió otro y, mientras Walter le servía, se observó en el espejo situado detrás de la barra. Gracias a Dios, aquí no había un espejo azul. Era bastante malo ver dos imágenes de sí mismo en un espejo común; las imágenes gemelas, Haig y Haig, sólo que ahora ésa era ya una broma gastada y uno de los motivos por que iba a coger ese tren. Iba a… Por Dios, borracho o sobrio viajaría en ese tren.

Sólo que esa frase también tenía un tono de inquietante familiaridad.

¿Cuántas veces?

Fijó la mirada en un vaso lleno hasta la cuarta parte y a la vez siguiente estaba lleno hasta la mitad y Walter decía:

–Señor Haig, tal vez es un incendio, un gran incendio; se vuelve demasiado brillante para ser una aurora. Saldré un segundo.

Pero Haig permaneció en el taburete y cuando volvió a mirar, Walter estaba de nuevo detrás de la barra y manipulaba los botones de la radio.

–¿Es un incendio? – preguntó Haig.

–Tiene que serlo. Pondré el noticiero de las diez y cuarto y lo averiguaré. – La radio emitía música de jazz, un clarinete agudo e inquieto sobre los bronces enmudecidos y los agitados tambores –. Estará dentro de un minuto; es en esta estación.

–Estará dentro de un minuto… –Estuvo a punto de caer mientras bajaba del taburete –. ¿Entonces son las diez y catorce?

No esperó respuesta. El suelo pareció inclinarse ligeramente mientras se dirigía hacia la puerta abierta. Sólo unos pocos pasos y estaría en la estación. Podría alcanzarlo; realmente podría alcanzarlo. De repente era como si no hubiese bebido una sola gota y su mente estuviese despejada como el cristal, al margen de que sus pies trastabillaran. Y los trenes rara vez partían al minuto exacto y Walter pudo decir «en un minuto» refiriéndose a tres, dos o cuatro minutos. Existía una posibilidad.

Cayó en los escalones pero se levantó y continuó, perdiendo unos pocos segundos. Pasó junto a la taquilla – podría comprar el billete en el tren – y atravesó las puertas de atrás hasta el andén, las vías y el farol trasero rojo de un tren que se alejaba a pocos pero irremediables metros de distancia. Diez, cien metros. Se perdía.

El jefe de estación estaba al borde del andén y miraba el tren que se alejaba.

Debió de oír las pisadas de Haig; dijo por encima del hombro:

–Es una pena que lo haya perdido. Era el último.

Súbitamente Haig vio el lado gracioso del asunto y empezó a reír. Simplemente era demasiado ridículo para tomarse en serio la estrechez del margen por el cual había perdido ese tren. Además, habría uno temprano. Lo único que tenía que hacer era volver a la estación y esperar hasta que… preguntó:

–¿A qué hora sale el primero de mañana?

–Usted no lo entiende –respondió el jefe de estación.

Se volvió por primera vez y Haig vio su rostro contra el cielo carmesí y flameante.

–No lo entiende –repitió–. Ese era el último tren.

Historia breve de Thomas Bernhard: Tren de la mañana

Sentados en el tren de la mañana, miramos por la ventanilla precisamente cuando pasamos por el barranco al que, hace quince años, cayó el grupo de colegiales con el que íbamos de excursión a la cascada, y pensamos en que nosotros nos salvamos pero los otros, sin embargo, están muertos para siempre. La profesora que llevaba a nuestro grupo a la cascada se ahorcó inmediatamente después de la sentencia de la Audiencia de Salzburgo, que fue de ocho años de prisión. Cuando el tren pasa por ese sitio, oímos, con los gritos del grupo, nuestros propios gritos.

El imitador de voces (1978), trad. Miguel Sáenz, Madrid, Alfaguara, 1999, pág. 33.

Cuento de Juan José Arreola: El guardagujas

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

–Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

–¿Lleva usted poco tiempo en este país?

–Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

–Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros –y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

–Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

–Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

–¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

–Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

–Por favor…

Juan José Arreola

–Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

–Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

–Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

–¿Me llevará ese tren a T.?

–¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

–Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

–Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…

–Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…

–El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

–Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

–Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

–¿Cómo es eso?

–En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera –es otra de las previsiones de la empresa– se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

–¡Santo Dios!

–Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

–¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

–Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

–¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

–¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

–¿Y la policía no interviene?

–Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

–Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias?

–Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

–Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

–Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

–¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

–Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

–¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

–Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

–En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

–¿Y eso qué objeto tiene?

–Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

–Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

–Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

–¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

–¿Es el tren? –preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

–¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

–¡X! –contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

Confabulario, 1952

Narrativa completa, México D.F., Alfaguara, 1997, págs. 200–206

[Véase del mismo autor y en esta sección, LA MIGALA]

GALLETITAS, un cuento de Jorge Bucay

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.
Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer cuenta de que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.
Por toda respuesta, el joven sonríe… y toma otra galletita.
La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. “No podrá ser tan caradura”, piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

–¡Gracias! –dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.

–De nada –contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: “Insolente”.

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas… ¡Intacto!

Imagen destacada: Pixabay

cuatro relatos franceses

4 relatos cortos franceses

La tienda del sombrerero Gobichon está pintada de color amarillo claro; es una especie de pasillo oscuro, guarnecido a derecha e izquierda por estanterías que…
Leer más
cuentos judíos

Cuentos judíos

Nos hemos centrado en aquellos autores judíos que, entre otros géneros, incursionaron en el relato corto. Estamos seguros de que la selección, sin ser completa…
Leer más